Polémica objeción a la ley Justina

Fuente: LA NACION
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19 de julio de 2018  

Recientemente se aprobó por unanimidad la llamada "ley Justina", referida a la donación de órganos, que establece que toda persona es donante salvo que manifieste su disconformidad. Hasta la presente ley, se asumía que cada persona no es donante salvo que exprese su deseo explícito de serlo. El Incucai debía trabajar duro para convencer a potenciales donantes, y una dificultad común era que mucha gente retrasaba una decisión tan trascendental. Este sistema era cómodo para los indecisos, para quienes dejaban la decisión para más adelante y para aquellos que no querían definirse activamente por una alternativa quizá vergonzante. Si alguien no decidía, simplemente se asumía su falta de disposición a donar.

La ley Justina cambia de raíz esta lógica y ahora los indecisos y procrastinadores estarían, por defecto, del lado de la donación de órganos. Si bien la sanción tuvo un componente emocional (Justina es el nombre de una niña de 12 años que falleció esperando un trasplante), la principal razón para promoverla fue un sesgo humano. Mucha gente suele relegar las decisiones que no la afectan de manera directa y en el corto plazo. La donación de órganos no es el único caso: cuando al privatizarse la seguridad social quienes aportaban debían elegir su AFJP, miles simplemente se dejaron estar, y debió ser el Estado quien definiera su filiación. Hay variada evidencia científica de que las opciones por defecto son las más "elegidas", y la razón no es cultural ni política. Sencillamente, pocos se toman el trabajo de decidir.

Para sorpresa de algunos, Richard Thaler, Nobel de Economía y famoso por estudiar estos sesgos psicológicos, reaccionó a la ley Justina con total desacuerdo. Escribió en Twitter categóricamente: "No sé si me enoja más que se apruebe esta ley o que digan que yo la respaldo". Pero esto no refleja una incoherencia de su parte: ya había establecido su opinión hace 20 años en su libro Nudge, donde también instituyó el concepto de "paternalismo libertario". De acuerdo con esta filosofía, el Estado debe sugerir, pero no obligar, a los individuos a tomar decisiones "correctas".

Aunque la ley Justina permite cambiar fácilmente el consentimiento presumido, Thaler plantea algunos problemas. Uno es de infraestructura, y se pregunta si las nuevas donaciones pudieran superar la capacidad de trasplante. Otro es de implementación: asumir consentimiento implica que la decisión quizá no fue deliberada, y algo que podría pasar es que los médicos quieran "confirmar" la donación con la familia. En tal caso, son los parientes (y no la persona en vida) los que terminan eligiendo en un contexto fuertemente emocional. Finalmente, Thaler se preocupa por la legitimidad: como a nadie le gusta que se asuma una decisión que no tomó, la ley tendría un costado coercitivo. ¿Qué propone Thaler? Algo parecido a nuestro sistema anterior: que se consulte por la donación, pero con la obligación de elegir, idealmente acompañando con campañas publicitarias.

El problema es que ese sistema aquí no funcionaba, y en la práctica los problemas planteados por Thaler son menores comparados con el bien social que podría traer esta ley. La infraestructura difícilmente colapse, pues hoy tenemos menos órganos que capacidad de trasplantar. La consulta a los familiares podría evitarse instruyendo a los médicos al respecto. Por último, la legitimidad de una donación "por defecto" no parece ser un dilema en la Argentina. Recordemos que Thaler vive en un país donde, por ejemplo, obligar a la gente a votar es considerado coercitivo, mientras que aquí el voto obligatorio es percibido como una virtud cívica.

Richard Thaler es un académico brillante que contribuyó a cambiar paradigmas en las ciencias económicas y a comprender nuestros sesgos cognitivos y cómo atenuarlos. Su postura simplemente exhibe su posición personal, reflejando el costado "libertario" de su ideología, en un tema donde pareciera existir una tensión entre preservar libertades individuales y mejorar la salud pública. Por otro lado, muchos países han optado por implementar leyes similares a la nuestra, aumentando la donación de órganos y salvando miles de vidas. Dejando de lado paranoias y objeciones morales por falta de libertades, lo que hace nuestra flamante ley es anteponer la solidaridad y la salud pública a la "molestia" de hacer un trámite para aquellos individuos que eligen no donar.

Por Joaquín Navajas y Pablo Mira

Navajas es profesor-investigador en la Escuela de Negocios de la Universidad Torcuato di Tella y Mira, profesor de la UBA e Investigador del IIEP-Baires

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