Con su propio estilo, en el centro de la escena

Fuente: LA NACION
19 de julio de 2018  

A Mauricio Macri no hay que pedirle que sea un remedo de Cristina Kirchner . Nunca hay en sus apariciones un sentido épico de la historia que le tocó. Ni una convocatoria al fanatismo de sus seguidores, que carecen de fanatismo. Esas condiciones construyen un contraste enorme con su antecesora. En la conferencia de prensa más anunciada desde que es presidente, Macri se limitó a señalar lo que es su programa fundamental de gobierno: dejar un país mucho mejor que el que recibió.

Tal vez sin saberlo, ha hecho suyo el viejo axioma de Felipe González: la gestión de un presidente se mide solo, al final de su mandato, según si el país es más rico o más pobre que el que le dejaron. El estilo de Macri no es tan divertido como el de los grandes oradores de la democracia argentina (Raúl Alfonsín y Cristina Kirchner, sobre todo), pero seguramente es mucho más realista en el manejo de las cosas concretas de la administración.

La aparición de ayer tuvo dos objetivos claros. Uno fue volver a ocupar el centro del escenario político, ocupado últimamente casi monopólicamente por los que vaticinan un apocalipsis por semana. Los voceros del dramatismo no son solo sus opositores, cuya misión es el constante dramatismo, sino también quienes fueron cercanos a él. El "círculo rojo", en definitiva.

El otro objetivo fue reinstalar la idea de que él expresa un futuro mejor. Trató ostensiblemente de recuperar las buenas expectativas de los argentinos sobre el destino personal y del país, que conformaron su gran capital político, y que cayeron en las encuestas posteriores a la crisis cambiaria. Repitió varias veces que la tormenta que azotó (y todavía azota) al país es pasajera y que él imagina una Argentina exportadora y creativa, como la imaginó desde el primer día de su gestión.

Párrafo aparte merece la predisposición del Presidente a someterse a una conferencia de prensa, en la que pudieron preguntar periodistas que no creen en él y que, en algunos casos, militan en su oposición. Debería ser lo normal en un país normal. Pero venimos de donde venimos; es decir, del país del monólogo cristinista, que Macri exhibe sin exhibirlo. ¿Podría haber dicho lo que dijo en un discurso desde la Casa de Gobierno, aun sin cadena nacional? Sí, desde ya. Pero la conferencia de prensa abierta (solo limitada en el número de preguntas para evitar que sea interminable) es lo que subraya la comparación con su némesis, Cristina. Sin cadena nacional, sin discurso. Solo respuestas a preguntas puntuales. Corto y preciso. ¿Hay algo más diferente del viejo estilo de la expresidenta? Quizás él no lo sepa todavía, pero Macri ya está en campaña.

Y lo está no solo porque se diferenció de Cristina en las formas, sino también en el contenido. Macri ha dicho siempre que él les dirá la verdad a los ciudadanos de su país. "No estamos bien", comenzó señalando ante la primera pregunta, para aceptar luego: "No nos fue fácil bajar la inflación". Es obvio que no le fue bien, pero es raro que un presidente argentino (no solo Cristina, en verdad) acepte públicamente que hay cosas que le salieron mal.

Reconoció que hay un tercio de la población bajo la línea de la pobreza. Esta aceptación es un golpe a su promesa de campaña electoral de que lograría "pobreza cero". Nadie esperaba que la cumpliera dos años y medio después de acceder al poder; la novedad es que admitió que la pobreza tiene el mismo tamaño que la que recibió. Podría ser mayor aun, porque la devaluación modificó la inflación y los parámetros de medición de la pobreza.

Política exterior

Uno de los tramos más interesantes de la conferencia de Macri fue el que le dedicó a la política exterior del país, como respuesta a la oportuna pregunta de una corresponsal extranjera. Extrañamente, los periodistas argentinos no preguntan sobre las relaciones internacionales. La respuesta mostró a Macri muy distinto de Donald Trump, aunque nunca lo dijo con esas palabras. Remarcó que la integración con el mundo había hecho ricos a los países que decidieron esa política en los últimos 20 años y anunció que esa, la apertura al mundo, será su política y su posición como presidente argentino, como miembro del Mercosur y como titular pro témpore del G-20.

Aunque ratificó la prioridad de la alianza comercial con Brasil, se mostró predispuesto a la apertura con otros países y bloques, como la Unión Europea (con la que dijo que podría haber novedades en los próximos días), con Japón y con China. Es la contracara de la política aislacionista de Trump y de su beligerancia con los socios históricos de los Estados Unidos, como Canadá, México y Europa. Es también una contracultura respecto de la histórica economía cerrada de la Argentina, que tuvo en Cristina Kirchner a su exponente más destacada. Cristina nunca estuvo sola en esa cultura del aislamiento; gran parte del empresariado industrial argentino piensa lo mismo que ella, aunque disienta de sus métodos políticos.

Surfeando sobre esos temas de política comercial, aterrizó en la soja. Desde hace tiempo, es frecuente la versión de que el Gobierno frenaría el plan de baja de las retenciones a la soja para llegar al déficit del 1,3% el año próximo. Macri lo desmintió varias veces, pero el rumor vuelve cada tanto. Incluso, se sabe que el peronismo le planteará esa opción (y la de reinstalar, en parte al menos, las retenciones a la minería) para moderar los efectos de los ajustes presupuestarios.

Macri se limitó ayer a subrayar su opinión: ningún país con ideas de crecimiento penaliza sus exportaciones. "No creo que las retenciones sean un impuesto inteligente", indicó, como un concepto general. Pero no dijo taxativamente que el plan de baja de retenciones a la soja continuará. Es probable que ese tema sea motivo de negociación con el peronismo, que el Presidente dio por comenzada, para lograr un presupuesto coherente con los acuerdos firmados con el Fondo Monetario.

Gran parte de la conferencia estuvo dedicada, por las preguntas de los periodistas, a los aportantes presuntamente falsos de la última campaña electoral de Cambiemos. Macri derivó el problema hacia dos direcciones. Una fue la gobernadora de Buenos Aires, María Eugenia Vidal, que justo ayer echó de su gobierno a quien fue la contadora de la campaña bonaerense de la coalición gobernante. También depositó parte de la culpa en el peronismo, aunque no lo nombró, porque traba en el Senado la ley de reforma electoral y la de financiamiento de la política.

Al final, volvió al principio. La crisis es una tormenta que pasará. El país del crecimiento volverá antes del próximo año. Hay una Argentina que trabaja y crece lejos de los reflectores del micromundo político, es decir, del mundo de la Capital y el Gran Buenos Aires. El país no está en los umbrales de una megacrisis como las que sufrió en el pasado.

Este concepto lo repitió no bien saludó y fue, también, lo último que dijo antes de irse. Alguna medición de opinión pública le debió advertir que un sector de la sociedad, tal vez cercano a él, intuye que las cosas pueden terminar muy mal. Es probable que sea la consecuencia de la evocación permanente del apocalipsis por parte de expresiones destacadas del "círculo rojo" de la metrópolis. Ese discurso es, precisamente, el que Macri salió a desactivar ayer. Fue su intención axiomática, única y perentoria.

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