Sheila Jordan: la mensajera del jazz

A los 89 años, la legendaria vocalista admirada por Charlie Parker llega por primera vez a la Argentina para cantar junto al quinteto de Mariano Loiácono y ofrecer una clínica en La Usina del Arte
A los 89 años, la legendaria vocalista admirada por Charlie Parker llega por primera vez a la Argentina para cantar junto al quinteto de Mariano Loiácono y ofrecer una clínica en La Usina del Arte
Humphrey Inzillo
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22 de julio de 2018  

Un millón de dólares. Eso valían los oídos de Sheila Jordan para Charlie Parker. Esa fue la cotización que el saxofonista les adjudicó luego de escucharla cantar por primera vez, a fines de los 40, en plena efervescencia del bebop. Sheila era por entonces una jovencita. "Conocí a Bird [así le decían a Parker] cuando vino a Detroit para dar un concierto. Yo estaba con dos amigos con los que teníamos un grupo vocal", recuerda, siete décadas después, en su casa de Nueva York. "Cantábamos canciones de bebop, la mayoría composiciones suyas. Uno de los músicos más viejos le dijo a Bird que tendría que escucharnos, así que nos pidió que cantáramos para él. Y eso hicimos. Apenas terminamos, me miró y me dijo «Nena, vos tenés unos oídos de un millón de dólares». Yo quedé shockeada. Años después me mudé a Nueva York y me casé con su pianista, Duke Jordan. Nos hicimos amigos muy cercanos con Bird. Él fue como un hermano mayor hasta su muerte, en 1955".

Shordan fue testigo del cénit y también del ocaso de uno de los máximos exponentes del bebop, el estilo malabarístico, acelerado y explosivo que revolucionó el jazz a mediados de los 40. Solían pasar mucho tiempo juntos, escuchando música y conversando. De hecho, ella lo acompañaba la noche que, por su estilo desaliñado, le negaron la entrada al Birdland, el club de Broadway y la calle 52 que había sido bautizado en su honor. Parker moriría unos meses más tarde, a los 34 años, como consecuencia de una vida intensa, llena de excesos, especialmente por su adicción a la heroína.

RODEADA DE GRANDES. Dizzy Gillespie (foto), Charlie Parker Bud Powell, Thelonious Monk, Max Roach son algunos de los músicos con los que compartió escenario en plena efervescencia del bebop. Además, se casó con Duke Jordan, pianista de Parker
RODEADA DE GRANDES. Dizzy Gillespie (foto), Charlie Parker Bud Powell, Thelonious Monk, Max Roach son algunos de los músicos con los que compartió escenario en plena efervescencia del bebop. Además, se casó con Duke Jordan, pianista de Parker

Pero su importancia trasciende, desde ya, el vínculo con Parker. Más allá de su sensibilidad y virtuosismo, que la transforman en una referencia ineludible para cualquier cantante de jazz, Sheila Jordan ha colaborado con músicos notables, como Carla Bley, Steve Swallow, Bob Moses, Roswell Rudd, y Steve Kuhn. Se trata, indudablemente, de una de las leyendas vivientes más importantes en la historia del jazz, que llega por primera vez a la Argentina. Ofrecerá cuatro conciertos en Thelonious Club (Nicaragua 5549, Buenos Aires), en doble función el viernes 27 y sábado 28, junto a un quinteto integrado por el trompetista Mariano Loiácono y su hermano, Sebastián, en saxo tenor, además de Ernesto Jodos (piano), Jerónimo Carmona (contrabajo) y Eloy Michelini (batería). Un verdadero seleccionado que será la plataforma para una de las voces indispensables en cualquier historia del jazz moderno. Luego, viajará hasta Rosario para ofrecer un concierto el domingo 29 en el Complejo Cultural Atlas (Mitre 645). Y finalmente, regresará a Buenos Aires para ofrecer un workshop intensivo de dos días, el lunes 30 y martes 31, en La Usina del Arte. "La mayor motivación para hacer un viaje tan largo hasta la Argentina es mantener viva la música de jazz, y llevarla a cualquier parte del mundo donde sea posible", explica esta octogenaria de energía imparable. "Siento que soy una mensajera del jazz y respondo a ese llamado".

Mariano Loiácono, que será el anfitrión, explica que tiene una debilidad especial por Jordan. "Sheila es una de mis personas favoritas en este mundo, sin dudas", explica entusiasmado. "Nunca toque con ella en Nueva York, pero sí hemos pasado varias horas juntos. Suelo ir a comer a su casa y charlar de jazz. Sobre todo de Parker y Sonny Rollins. Me ha contado muchísimas historias increíbles y mucho de su vida. Es una persona que transmite una energía increíble y un ser humano de excepción. A sus 89 años sigue viajando por el mundo transmitiendo música. Es un ejemplo a seguir".

Dueña de una memoria prodigiosa, Sheila recuerda su primer encuentro con la música de Charlie Parker. "Yo era una adolescente. Estaba cursando la secundaria en Detroit, Michigan, y un día, en la hora del almuerzo, crucé a comprar un sándwich. En el bar tenían una rocola y ahí vi por primera vez una grabación que decía «Charlie Parker and His Reboppers»", describe. Parafraseando al célebre poema de Raúl González Tuñón, Sheila echó cinco centavos por la ranura y lo que escuchó fue la vida color de rosa. "La canción era «Now's the Time». Por algún motivo me resultó muy interesante, así que inserté una moneda y la seleccioné llena de curiosidad. Escuché apenas cuatro notas de esa canción y allí apareció tocando Bird. Me quedé enganchada. A tal punto, que me dije: «Esa es la música a la que quiero dedicar mi vida. Ya sea cantándola, ensañándola, promocionándola.». Me tocó en un lugar muy profundo, lo recuerdo como si fuera hoy", celebra.

EL PIROPO DE BIRD. Sheila recuerda que Parker se impresionó muchísimo con su voz la primera vez que la oyó cantar: "Apenas terminamos, me miró y me dijo «Nena, vos tenés unos oídos de un millón de dólares». Yo quedé shockeada"
EL PIROPO DE BIRD. Sheila recuerda que Parker se impresionó muchísimo con su voz la primera vez que la oyó cantar: "Apenas terminamos, me miró y me dijo «Nena, vos tenés unos oídos de un millón de dólares». Yo quedé shockeada"

A comienzos de los 50 se mudó a Nueva York. ¿Cómo recuerda la vida en esos años?

Era muy consciente de que Nueva York era el lugar ideal para la música que me gustaba: el bebop. Bird, Dizzy Gillespie, Bud Powell, Thelonious Monk, Max Roach y todos esos maravillosos músicos tocaban cada noche en alguna parte. Después de los conciertos, íbamos para Harlem, a Minton's, que era un after donde íbamos los fines de semana a escuchar a todos esos grandes músicos que venían a zapar después de sus actuaciones pagas. ¡Qué gran momento fue! A veces subía a cantar con ellos una o dos canciones. Fui muy privilegiada de poder colaborar con estos grandes músicos. Trabajaba todo el día tipeando y haciendo trabajos de oficina para poder ir a los clubes por la noche... Bueno, con ese trabajo también pagaba el alquiler y compraba mi comida. En esa época hacía música solo por diversión y obtuve algo de dinero, pero no lo suficiente para pagar mis cuentas. No me importaba eso. Me comprometí a apoyar la música hasta que pudiera apoyarme con el entendimiento de que quizás nunca lo lograría.

Por esos tiempos comenzó a estudiar con Lennie Tristano. ¿Qué recuerda de esas lecciones?

Fueron Mingus y Max Roach los que me hablaron de Lennie, porque ellos sabían que yo estaba buscando estudiar con alguien. Lennie me dio el coraje para ser yo misma. Me ayudó a encontrar mi propia voz y cantar lo que escuchaba, pero, sobre todo, lo que sentía. Aunque eso es lo que yo venía haciendo, Lennie reafirmó mi dedicación al jazz. Él organizaba unas jam sessions para nosotros, sus estudiantes, después de las lecciones. En una de esas juntadas fue cuando probé cantar acompañada solo por el contrabajo por primera vez. Lennie fue un gran músico y, además, un gran maestro.

El scat y el vocalese son sus especialidades, ¿Tuvo que desarrollarlas o son parte de un talento innato?

Empecé a hacer scat porque la mayoría de las canciones de Charlie Parker no tenían letras, o debería decir que ninguna, a menos que fueran las que tenían cambios de acordes de canciones populares. Yo empecé a cantar sobre las grabaciones de Bird. El scat y el vocalese vinieron a mí naturalmente. Estaba acostumbrada a cantar líneas y líneas de bebop desde el principio. No los estudié. Diría que obtuve todo eso de mi propio talento y, por supuesto, del amor por el bebop.

Su primer disco como solista fue para el sello Blue Note. ¿Qué recuerda de esa experiencia?

Grabé mi primer disco para Blue Note en 1962. El gran George Russell entró al pequeño club en el Greenwich Village donde cantaba un par de noches a la semana. Porque al mismo tiempo yo seguía con mi trabajo regular en la oficina. Él me escuchó cantar y quedó movilizado, así que me invitó a grabar un demo y lo llevó a Blue Note. En el sello les gustó y querían que grabara para ellos, aunque no hubiera grabado nunca antes en toda mi vida. Eso fue gracias a Alfred Lyon y Francis Wolff. Grandes tipos. Fue una gran experiencia. George Russell también arregló para que acompañe con una guitarra, bajo y batería. Sin piano. Él insistió en que hubiera una guitarra, aunque en ese momento no era demasiado popular como acompañamiento de cantantes. Esa grabación fue muy bien recibida, y todo eso se lo debo a un hombre maravilloso: George Russell.

Una embajadora de lujo

Su visita implica un sacudón para la escena local. "Desde que era una nena escucho jazz", dice Marta Bellomo, una de las mejores voces del ámbito local y notable docente. "Al principio no sabía el nombre de esa música. Luego le puse nombre a muchas cosas y descubrí a Billie Holiday, a Sarah Vaughan, a Ella Fitzgerald. Pero un día me explotó el cerebro y el corazón cuando escuché a Sheila Jordan.«¡Yo quiero eso!», me dije. Canta como un instrumento. Es diferente a todas. ¡y tiene todo el jazz! Y a partir de entonces buscaba sus grabaciones como el gran alimento de la creatividad y fraseo que una cantante pudiera tener. Sheila se transformó en una traductora o en una médium entre el instrumento y la voz como instrumento. Sus improvisaciones y fraseo original y único sobre los standards son una obligación en el estudio de un cantante de jazz".

Otra de las grandes cantantes de la escena vernácula, Eleonora Eubel, comparte la admiración por Sheila. "Creo que lo más impactante es el modo en que transmite el jazz, el pop de su época, esa música que la vio crecer. Proveniente de una familia de muy bajos recursos y con problemas de alcoholismo, su dedicación a la música fue un modo de contrarrestar esa cruda realidad. Dice haberse sentido identificada con el sufrimiento de los afroamericanos por esa circunstancia precisamente. Habiendo sufrido bullying de chica, por cantar como lo hacía, esa identificación la llevó a acercarse a la comunidad afro en una época en que aquello te podía costar la vida; y casi la pierde por una de esas circunstancias. Su voz es el instrumento que la ayudó a alejarse de los problemas de su tiempo, de los prejuicios raciales, de la ignorancia del que no comprende y solo ve las diferencias", sostiene, entusiasmada.

Desde hace cuatro décadas, Jordan desarrolló su veta docente. Y ese será otro de los grandes atractivos de su visita."Dicté por primera vez un workshop en una escuela de Nueva York en 1978", recuerda. "Fue por una invitación del gran John Lewis, pianista del Modern Jazz Quartet. John trabajaba en una escuela y yo había ido a ofrecer un pequeño concierto. Me pidió que me quedara a enseñarles a los cantantes, porque hasta ese momento solo habían tenido clases de canto lírico. Le expliqué que no tenía idea de cómo se hacía para enseñar y él me pidió que les contara lo que yo hacía. Así que le hice caso. Enseño escuchando música, aprendiendo sobre música y sobre todo cantando desde el corazón y desde el alma. También enseño algunas buenas canciones de jazz", explica. De algún modo, sea en el marco de una clase o sobre el escenario en un concierto, Sheila Jordan es esa clase de artistas que hacen de su vida una cátedra permanente.

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