Kive Staiff, el hombre que dejó su sueño de futbolista por su pasión por el teatro

Kive Staiff murió ayer, a los 90 años
Kive Staiff murió ayer, a los 90 años Fuente: Archivo
Alejandro Cruz
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19 de julio de 2018  • 16:03

No hay forma de pensar, analizar, desmenuzar a la producción escénica argentina de estos últimos 50 años sin reparar en el aporte de Kive Staiff . Y habría que reconocer que en ese recorrido en los cuales se articulan nombres de dramaturgos, actores, coreógrafos, directores de escena, bailarines y titiriteros como de ciertos acontecimientos colectivos él debe ser la única persona no vinculada directamente con la producción artística arriba de un escenario.

Kive Staiff (Akiva, según su DNI) fue y seguirá siendo sinónimo del Teatro San Martín . Impuso la marca de la gestión cuando, en 1970, pocos usaban ese término. Murió ayer, a las 20.30, por un paro cardiorrespiratorio. Ayer, en la sala Martín Coronado de este teatro que él dirigió por casi 30 años, se estrenó una obra de Matías Feldman llamada El hipervínculo. En el entreacto muchos de los presentes se enteraron de la noticia y la obra, cuentan varios de los presentes, fue adquiriendo otros significados, otras redes. Imposible no recordar aquellos espectáculos internacionales que él programó en ese espacio monumental cuyas huellas están en el ADN de la escena local.

Hombre de detalles, de previsión, había aclarado a su esposa, la actriz María Comesaña, que de ninguna manera admitiría ser velado en la sala. De hecho eso no ocurrirá. Tampoco mañana el cortejo fúnebre pasará por ese lugar que él dirigió durante dos gobiernos militares y diversos gobiernos democráticos porque la avenida Corrientes, a la altura del San Martín, está en plena obra y el caos impone sus lógicas.

Tuvo dos hijas: Eliana y Débora. Deby, así la conocemos todos a esta notable gestora, escribió ayer lo siguiente: "Era muy judío... pero también muy ateo. Su primer trabajo fue vender pastillas en la estación Constitución para comprarse los libros para el colegio recién llegado a Buenos Aires y con sólo 10 años. Nunca supo lo que era vivir sin trabajar. Para él ningún trabajo era indigno. Indigno era no tenerlo. Vivió intensamente, como quiso, haciendo lo que quería, lo que amaba, lo que le gustaba. Fue incisivo como crítico, temido y odiado. Lo llamaron Mefistófeles y mientras tanto le salvó la vida a muchos actores en los años de plomo. Su mejor amigo fue su caballo de la niñez, ese con el que cabalgaba de la colonia al pueblo a buscar correspondencia en su Entre Ríos natal. Quiso ser jugador de fútbol, llegó a la quinta de River, el club de sus amores y por un problema en la rodilla cambió los botines por los libros de Bernard Shaw. Sus ídolos fueron Perdernera, Pipo Rossi, Shakespeare, Distéfano y Brecht. Quiso ser director de orquesta, pero terminó dirigiendo un teatro. Era un hombre público al que no le gustaba figurar. Ese fue y seguirá siendo Kive Staiff, mi viejo".

Nació en octubre de 1927 en Escriña, Entre Ríos. Su padre había nacido en Ucrania que, por ese entonces, pertenecía a la Rusia zarista. Su madre era argentina de primera generación. Su mundo era la cosecha, los caballos. Siendo Kive joven, la familia se radicó primero en Villa Crespo. A los 11 años vendía lo que podía en el corso de la Avenida de Mayo. Se recibió de perito mercantil y luego ingresó en Ciencias Económicas. En ese época también era wing derecho. La lectura era su otra pasión, Bernard Shaw le ayudó a ordenar sus pensamientos. Se hartó de Económicas cuando apenas le faltaba un año. Por su trabajo como contador fue a dar con Cecilio Madanes en los tiempos en que Madanes dirigía el Teatro Caminito.

Así, de a poco, pasó de la dirección administrativa de esa cooperativa al trabajo periodístico, a la crítica teatral. En 1964 fundó la revista Teatro XX. En 1974 ya estaba en la redacción de La Opinión. El intendente Saturnino Montero Ruiz, durante la presidencia del general Alejandro Agustín Lanusse, le ofreció la dirección del Teatro San Martín. Duró un año y medio. Otro gobierno militar, el de la dictadura, lo volvió a llamar en 1976. Aceptó. Fue el director de la sala durante todos esos años de plomo, de una ciudad sitiada. En aquellos tiempos se hablaba del San Martín como una especie de isla. La apertura en 1979 del hall de la sala para espectáculos multitudinarios fue tanto un gesto artístico como político.

El gobierno de Raúl Alfonsín lo confirmó en el cargo. En ese período se produjo la llegada de los grandes nombres de la escena: Tadeusz Kantor, Pina Bauch, Marcel Marceau, Lionel Hampton, Susanne Linke, Kazuo Ohno, Philippe Genty, Lluis Pascual, Dario Fo, Mummenschanz, Foolsfires, Kabuki, Théâtre de la Complicité, Salvador Távora... Nombres que han dejado tal impronta en la escena local que nunca más se volvió a producir en un teatro público porteño. Y eso se producía mientras en la Martín Coronado Jaime Kogan montaba Galileo Galilei, en funciones en la que el público entraba en un estado de reflexión colectiva; o mientas en la sala Cunill Cabanellas Ricardo Bartís estrenaba Postales argentinas y en la Casacuberta Alfredo Alcón protagonizaba un Hamlet que interpelaba a la platea. Fueron tiempos en que se creó el Grupo de Titiriteros, el de Danza Contemporánea (actual Ballet), de un Elenco Estable con figuras como Elena Tasito, Alicia Berdaxagar y Alberto Segado, de la FotoGalería que curaba Sara Facio y, como siempre, la sala Leopoldo Lugones. Durante ese período icónico la Casacuberta tenía funciones de martes a domingo. En la Cunill se hacía una laboratorio teatral abierto al público. Había conferencias de artistas internacionales.

Con la llegada del menemismo Kive Staiff, trabajador incansable, pasó por otros sitios de la gestión pública como encargado de Asuntos Culturales en Cancillería y la dirección del Teatro Colón. En 1998, durante la gestión de Fernando de la Rúa como jefe de Gobierno, volvió a la dirección del San Martín que, con el tiempo, pasó a convertir en Complejo Teatral de Buenos Aires (organismo que nuclea al San Martín, De la Ribera y Sarmiento). Estuvo hasta 2010, durante la gestión del macrismo que también lo había reconfirmado en su cargo.

Fue admirado y temido. Cuando se acercaba a ver un ensayo general antes del estreno todos temblaban. El poder político sabía que, al convocarlo, él resolvía la gestión. "La casa estaba en orden", hubiera dicho Alfonsín. Con el paso del tiempo sus propuestas como curador perdieron la resonancia, el impacto, la trascendencia que había generado en los ochenta. También es cierto que la sociedad era otra. Durante sus últimos años a cargo del Complejo programó sus siete salas. Fue despedido de la gestión con honores, con premios, con aplausos. Cuando en mayo del año pasado se hizo la reinaguración del San Martín él estuvo en la platea de la sala Martín Coronado. Se hubiera merecido un homenaje, pero eso no sucedió.

Es imposible referirse a esa sala sin pensar en este señor lúcido, cascarrabias, inteligente. Las nuevas generaciones de artistas escénicos quizá no sepan de él, pero seguramente están siendo formados por gente a la que este señor tan judío como ateo los interpeló como espectadores.

"A mí me gustaría que el San Martín tome la bandera de militancia para llegar a convertir al teatro en una necesidad argentina. Para que alguien venga a golpear las puertas de este edificio a exigir: «Quiero ver teatro, quiero participar de una representación teatral [...] porque sin el teatro me voy a morir»", dijo este señor en un reportaje en 1986 cuando el San Martín tenía publicación propia, cuando el Teatro Alvear estaba con funciones.

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