Manguel, entre dos bibliotecas

Pablo Gianera
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22 de julio de 2018  

La historia de la biblioteca de Alberto Manguel es conocida, pero nadie la contó mejor que él mismo en Packing My Library. An Elegy and Ten Digressions (publicada por Alianza como Mientras embalo mi biblioteca). Es esa biblioteca que entonces alojaba treinta y cinco mil volúmenes en un presbiterio de piedra al sur del valle de Loira, en Francia. La elegía queda justificada: la casa se vendió en 2014 y ahora esos miles de libros duermen en cajas numeradas. Con los libros, es un poco uno mismo (el lector) quien también duerme. "Con frecuencia he sentido que mi biblioteca explicaba quién era yo -cuenta Manguel-, me otorgaba una personalidad cambiante que se transformaba constantemente con el correr del tiempo". Ciertos libros (no solamente las letras que los forman, sino también el objeto mismo) nos dan alivio. Por eso aquellos más queridos tienen que estar cerca nuestro como talismanes. Por eso, también, uno no es dueño de la biblioteca sino que la biblioteca ejerce su señorío sobre nosotros.

"Si toda biblioteca es autobiográfica, embalarla se parece, en cierta manera, a hacer la necrológica de uno mismo". El obituario se repitió hace poco más de dos semanas, cuando se supo lo que intuía desde tiempo atrás: que Manguel dejaría su cargo como director de la Biblioteca Nacional. Los dos hechos (la biblioteca francesa y la Nacional) están conectados. En Mientras embalo mi biblioteca, Manguel habla largamente de su tarea en Buenos Aires. Entre muchas cosas, se aseguró la actualización del catálogo, se avanzó en la digitalización y se aceptaron encargos de digitalización de las bibliotecas provinciales. Con este ordenamiento, Manguel pagaba la deuda por la organización caprichosa de su biblioteca francesa. "La pérdida ayuda a recordar quiénes somos", se lee. En su caso, eso que se es tiene una relación directa con el tiempo amortiguado, de apariencia infinita, de los libros.

Desde luego, apenas conocido el alejamiento de Manguel, emergió además la ruindad de algún funcionario del régimen kirchnerista que, en la espesura de su galimatías (¡enturbiemos el agua para que la fuente parezca profunda!), dejaba entrever resentimiento. En el fondo, según la definición exacta de un escritor argentino, aquello que algunos no le perdonan a Manguel es que su erudición no es de segunda mano.

Me gustaría volver a citar el testimonio de Edgardo Cozarinsky el día mismo en que Manguel anunció su alejamiento: "Su amor por los libros, su respeto por el lector, su desdén por toda demagogia lo hicieron el director ideal para una Biblioteca Nacional maltratada por el terrorismo financiero que hoy domina en el mundo. Su paso por ella fue un momento de lujo para una Argentina desquiciada".

El alejamiento de Manguel prueba además las extremas dificultades de un intelectual para imponer un proyecto en el ámbito de la política, cada vez más alérgico al mundo de las ideas. Para decirlo con sus propias palabras: ahora, como antes en Francia, Manguel quizás guarde la llave de una puerta que jamás volverá a abrir.

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