Estrategias para un proyecto productivo

Juan J. Llach
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22 de julio de 2018  

Desde el fin de las guerras civiles del siglo XIX -causantes de gran retraso- la Argentina tuvo dos proyectos productivos, plasmados en políticas de Estado y abrazados en sus comportamientos por buena parte de la sociedad y de la política. El de la Generación del 80 se centró en la integración al mundo, el agro, la educación y la obra pública. La crisis mundial de 1929 le asestó un duro golpe, evidenciando también una urbanización excesiva para las oportunidades de empleo, e impulsada en parte por la imposibilidad de acceso a la tierra. Entre 1930 y 1945 siguió una transición que, basada en los logros de la presidencia de Alvear, buscó armonizar agro e industria, con el Plan Pinedo de 1940 como su expresión más inteligente. Pero desde 1945 la Argentina optó por su otra alternativa, la hegemonía de la industrialización, con gran énfasis en los derechos y políticas sociales, con un marcado sesgo antiagropecuario y cerrando casi totalmente la economía. Esta fase duró hasta 1976 y luego se reeditó, con rasgos más modernos, en 1983-89 y, muy en línea con el modelo original, en 2002-15. Entremedio hubo dos intentos de apertura económica, el de la dictadura de 1976-83 y el de 1989-2001, este último con falencias, pero también valiosos logros anulados por los gobiernos siguientes, hasta 2015.

Lo cierto es que, al menos desde 1930, la Argentina no pudo encontrar un desarrollo económico inclusivo, sostenible y capaz de albergar el buen funcionamiento de las instituciones políticas. Destaco dos de sus causas. Una fue no haber encontrado una convivencia sostenible entre agro e industria, en buena medida por la tensión entre el consumo y las exportaciones de alimentos. Algo análogo ocurrió en Australia, Nueva Zelanda o Uruguay, pero ellos fueron encontrando, no sin costos, un proyecto productivo inclusivo, y nosotros no. La otra causa, que estudiamos con Martín Lagos en El país de las desmesuras, fue cometer los mismos errores que otros, pero en dosis desmesuradas. Así pasó con el déficit fiscal, el endeudamiento, los defaults, o los cierres y aperturas drásticos, todo esto resultante, entre otros males, en el récord mundial de inflación crónica, en ser el país más bimonetario del mundo y en una excepcional decadencia de niveles de vida relativos a otros. Ambos factores enraizaron en la creciente incidencia política y cultural del populismo, que condujo a maximizar el consumo a cualquier costo futuro.

Es condición necesaria para lograr el ansiado proyecto una macroeconomía sensata, con baja inflación y razonables balances fiscales y externos. Pero ella difícilmente perdurará sin acompañarse con incentivos genuinos, aptos para impulsar la inversión y el desarrollo del agro, la manufactura, la minería, la energía y los servicios. Lo más probable es que, a tono con los tiempos, el proyecto a construir, hoy en pañales, será más diverso que los anteriores. Pocos países pueden mostrar la diversidad del nuestro en productos competitivos, desde blockchains hasta aceite de oliva, de tubos sin costura a vinos, granos y carnes de los mejores y de válvulas para autos de alta gama a softwares increíblemente variados. En muchos casos, no hay masa crítica para incidir en la macro, y acá hay una amplia agenda de combate a la evasión, menor presión tributaria y desarrollo del mercado de capitales. Es crucial eliminar el 10,45% del PIB de impuestos distorsivos, rareza mundial que aumenta los costos y limita o saca de competencia interna o externa a muchos sectores. No hay razón para no exigir inversiones a quienes prosigan protegidos. Tampoco la hay para no adelantar la buena reforma tributaria en curso a quienes inviertan, licitando cupos. Muchos de estos temas se están tratando en las mesas sectoriales de competitividad, que deben continuar y extenderse a todos los sectores y regiones. Lo que nunca hemos intentado en serio es la productividad inclusiva, procurando en simultáneo una buena economía y una mejor sociedad. Para ello lo principal es volver a dar a la educación el lugar que tuvo y nunca debió perder, y a la ciencia y la tecnología, el que nunca logramos que tuviera.

El autor es profesor emérito del IAE- Universidad Austral

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