El fantasma de un bandido rural

Daniel Gigena
Daniel Gigena LA NACION
Crédito: Gza. Serrano Propiedades
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19 de julio de 2018  • 22:01

En el campo circulaba la leyenda de que el fantasma de un bandido rural acechaba a los conductores nocturnos que andaban por la curva del camino apenas cruzando el río seco. Le decíamos así porque el lecho del río estaba completamente seco; no corría ni un hilo de agua a menos que durante la noche anterior hubiera llovido de manera copiosa en las sierras. Desde la ventana, cuando veíamos relampaguear para el lado de Alpa Corral, sabíamos que no iríamos a clase. Nunca se podía cruzar del otro lado si había llovido fuerte. A medida que el agua bajaba, se animaban primero los tractores, luego las chatas y después los sulquis. La escuela quedaba del otro lado del río seco y los que vivían de ese lado (entre ellos la maestra, que llegaba desde Río Cuarto en un micro polvoriento) tenían asistencia perfecta. No era nuestro caso.

El primero que había hablado del fantasma del ladrón de estancias y cooperativas rurales había sido nuestro primo mayor, al que considerábamos casi un tío. Su padre había muerto en un accidente cuando era chico y había crecido con nuestra tía paterna, al mando de la chacra. Les daba órdenes a las vacas, a los caballos y a los cerdos cuando se amontonaban para comer y sabía manejar. Con eso solo se había ganado nuestra admiración.

Muchas veces por semana en el campo la luz se cortaba y teníamos que iluminar el caserón con velones y faroles de gas. Si todavía era temprano para acostarse, y además era imposible leer lo que en ese entonces hubiera caído en nuestras manos, nuestro primo deslizaba alguna frase a modo de anzuelo. "Ayer don Héctor se cruzó con el Bandido cuando volvía con los hijos de cazar vizcachas", decía. O: "El Bandido impidió que los Pereyra atropellaran a una liebre". Faltaban décadas para que se hablara con fervor en defensa de la ecología y el medio ambiente, pero en nuestro interior simpatizábamos con las intervenciones del Bandido a favor de las criaturas de cualquier especie. No sería la primera vez que nos pusiéramos del lado de un perseguido por la ley. Parte de los libros que habíamos leído o de los que nos habían hablado nos daba la razón: Robin Hood, el gaucho Martín Fierro y el conde de Montecristo habían sido víctimas de los poderosos.

Sin embargo, también temíamos. ¿Andar a caballo sería considerado una afrenta a las leyes naturales forjadas por el Bandido? Habíamos cazado pájaros y en un crepúsculo echamos a correr detrás del zorro que robaba gallinas. Aunque la curva del río seco estaba a unos kilómetros, evitábamos aventurarnos más allá de los canteros hechos con ruedas inservibles de tractor y si la luz volvía antes de la medianoche sacábamos las historietas de abajo del colchón. Por algún motivo, nuestros padres las censuraban.

Una noche de esas quisimos saber quién había puesto fin a los días del Bandido o, mejor dicho, le había dado el pasaporte a una existencia intangible que se nutría del susto ajeno. Mi primo respiró hondo y, a la luz de las velas, contó que no había sido la venganza de ningún chacarero de la zona ni el "exceso" en cumplimiento de la ley de algunos oficiales, sino que el Bandido, cansado del trajín del día, se había echado a dormir a la orilla del río seco. Estaba tan profundamente dormido, contó mi primo, que no había escuchado las alertas de los bichos del campo en la oscuridad. Esa noche había llovido en las sierras y la fuerza de la crecida se lo llevó a mejor vida. Aunque él fue más poético y dijo: "En el agua torrentosa se ahogaban las estrellas".

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