Paraíso terrenal: de convento a casa-atelier de un artista en Córdoba

20 de julio de 2018  

Después de nuestra visita hace unos años, volvemos a admirar la casa de Carlos Martín, que nos abrió su mundo alejado del mundo, rodeado de una serranía que se levanta junto al camino, en el corazón de Cruz Grande, a unos pocos kilómetros de La Cumbre. Aquí eligió vivir tras pasar sus primeros tiempos en El Paraíso, la célebre residencia de Manuel Mujica Lainez.

Después de una larga búsqueda, llegó Mburucuyá junto con el artista Leo Menna. Él la llama su "casa-atelier", porque además de estar poblada de obras de artistas de la zona, muchos de ellos amigos, aquí está la mayor parte de su trabajo, maravillosamente expuesto, y también su taller.

El living es pura quietud y luminosidad. Aquí reina la austeridad decorativa, quizá para no distraer la atención del encanto del cielo raso y de los ventanales de madera. La mesa frente a la ventana fue hecha artesanalmente por Carlos. Crédito: Daniel Karp

Construido en los años 20, el lugar fue originalmente propiedad de un médico inglés que llegó con el ferrocarril. Años más tarde, la compró una orden francesa de hermanas para hacer de ella una casa de retiros espirituales: construyeron una capilla en el interior y la reformaron para adaptarla a la vida de claustro. Cuando la orden tuvo que abandonar la zona, Carlos vio en ese pequeño convento su morada ideal.

La idea desde el principio fue mantener el estilo, pero sumándoles a los espacios más luminosidad y calidez. La capilla se convirtió en un gran living y los varios claustros concatenados se transformaron en dos amplias habitaciones. Todo lo sobrante se recicló: las puertas pasaron a ser ventanas o postigos, las sillas abandonadas se restauraron, una antigua bañadera hoy es fuente y el viejo garaje, en el fondo del parque, es su lugar de trabajo, que tiene más alma de carpintería que de atelier.

En detalle a la der., obra conceptual de la serie “Industria Argentina”, de Carlos Martín. Crédito: Daniel Karp

"Originalmente, donde hoy está el living, las hermanas de la congregación tenían ubicada su capilla, su lugar de oración". Un dejo palpable de esa devoción sigue flotando en este rincón de la casa, que los propietarios acompañaron con sillones especialmente colocados para sentarse a contemplar el jardín por las ventanas. En los techos, altísimos, perduran las vigas de madera lustrada.

Sobre la arcada, una hornacina para imágenes indica que debajo de ese sitio estaba el altar. Hoy, dos esculturas de Manuel de Francesco que miran al cielo con los brazos abiertos rinden homenaje a su signifi cado. Detrás de la arcada, donde solía estar la sacristía, una mesa hecha con la tapa de mármol que perteneció al altar sostiene obras del dueño de casa.

Cuando le preguntamos cómo definiría su obra, Carlos lo hizo con una frase de William Blake: “Si se abrieran las puertas de la percepción, todo se vería tal como es: infinito”. Crédito: Daniel Karp
El artista, dando vida a una obra con pequeñas piezas de madera. Crédito: Daniel Karp

"Uno de los rincones donde más disfruto trabajar es sobre la mesa de sastre del living, junto a la ventana que mira al molle, bien temprano".

El mueble se compró en un remate y recorre casi toda la pared del living. Allí se expone el mundo creativo del artista, poblado de óleos, pinceles y obras en proceso.

El gran ventanal fue un agregado de Carlos, hecho con sus propias manos con la parte superior de las puertas ventana de las habitaciones del convento, que eran de vidrio repartido. Crédito: Daniel Karp
En la cocina, cada centímetro de pared fue trabajado a mano por Carlos y Leo Menna. Crédito: Daniel Karp

Este ambiente merecería un capítulo aparte. Las tapas de las mesadas fueron hechas con estucado de cemento, también a mano, y con los tableros de las puertas del convento, se construyeron los muebles bajo mesada.

Idílico, en este ambiente deslumbran los detalles: porcelana antigua sobre los estantes o relucientes fuentes de plata junto a pavas materas bien generosas. Crédito: Daniel Karp

En la cocina económica se siguen elaborando riquísimos platos, que se sirven en la mesa central que hace de único comedor, con la distinguida compañía de una araña de caireles y cuadros con importantes marcos.

Donde en el pasado había una galería techada, hoy se ubica el baño principal, de un estilo perfectamente asociado con el del resto de la casa. Crédito: Daniel Karp

En lo que solía ser un claustro, hoy está uno de los dormitorios. A la arquitectura original, se le agregaron aberturas medianas para sumar luminosidad, con postigos realizados con puertas sobrantes. Sobre la cama, cuelga un tapiz familiar. Una mesa pintada a mano por el dueño de casa hace de colorida mesa de luz y antiguas colchas bordadas visten la cama.

Afuera, un sector para sentarse a disfrutar del aire de las sierras con mesa baja, sillas de distintos juego y sillón de madera. Crédito: Daniel Karp
Fuentes de hojalata junto a pequeñas obras de arte creadas por Carlos adornan las paredes del exterior y dan gracia a la fachada, que, de a poco, se va cubriendo de enredaderas. Crédito: Daniel Karp

Alguna vez escuché un antiguo proverbio que dice: ‘El que hace un jardín, se salva’. Bueno, eso es lo que yo intenté hacer con el mío
Carlos Martín

Un muro de pirca con una puerta de hierro rodea el antiguo molle junto a la cocina: un jardín provenzal en medio de la inmensidad del parque.

Reminiscencias del pasado de la casa en el jardín. Crédito: Daniel Karp
La fachada, anteriormente de un color amarillo pálido, fue cambiada por un verde seco inspirado en las plantas junto a la entrada. Crédito: Daniel Karp

Poco queda de la monotonía del jardín dejado por el convento. De a poco, se lo fue poblando de rosales, enredaderas y fuentes, y nutriendo de vida con rincones donde sentarse a disfrutar del paisaje que regalan las sierras.

De cómo Carlos llegó a su paraíso

Uno de los ventanales de vidrio repartido del living, visto desde el jardín. La mayoría de estos ventanales son originales y fueron restaurados por el artista. Crédito: Daniel Karp

Durante 60 años, la casa perteneció a la orden de hermanas Nuestra Señora de la Compasión y fue bautizada por ellas "Mburucuyá", nombre con el que también se conoce a la pasionaria. Si bien hoy no está presente en el jardín, esa enredadera silvestre, que da una bellísima flor azulada, fue el símbolo que representaba la devoción religiosa de la orden.

La congregación utilizaba esta propiedad como lugar de retiro en verano, y el resto del año, para alojar a enfermos, ya que se decía que en este rincón de las sierras se curaban con su aire fresco y clima prodigioso. Fueron ellas quienes le vendieron la propiedad a Carlos Martín, que se enamoró de ella apenas la conoció. Justo antes de cerrar la operación, apareció otro comprador ofreciendo más dinero, pero la madre superiora no accedió: había dado su palabra al artista y vio en él una persona que iba a amar la casa tanto como ellas. Y así fue como Carlos Martín, que ya vivía en La Cumbre, encontró su paraíso y jamás dejó de honrarlo.

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