Reconciliar mercado interno y exportaciones

Bernardo Kosacoff
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22 de julio de 2018  • 17:21

El desarrollo del aparato productivo y su transformación hacia un patrón de especialización más "intensivo" en el uso de trabajo formal calificado, en esfuerzos tecnológicos domésticos y de mayor valor agregado y bienes diferenciados, es ineludible para lograr un proceso de amplia inclusión en términos sociales, con la creación de nuevos puestos de trabajo y el desarrollo económico en el largo plazo.

Estos ecosistemas productivos de generación de valor deben fortalecer las economías de escala de las grandes empresas en forma simultánea con el encadenamiento de pymes proveedoras de bienes de servicios y clientes, que se caracterizan por sus economías de especialización y permiten generar bienes altamente diferenciados. La posibilidad de acceder a niveles crecientes de productividad y mantenerlos en el largo plazo no puede circunscribirse a la acción de un agente económico individual. La competitividad sistémica es el producto de un proceso colectivo y acumulativo a través del tiempo. A su vez, son fundamentales los servicios de apoyo en transporte y logística, financiamiento, consultoría especializada, entre otros, para contar con un entorno favorable a la producción. La cooperación pública-privada juega un papel clave. Deben tener como objetivo central la construcción de confianza (trust) y alargar los horizontes de certidumbre en la toma de decisiones de inversión y el desarrollo de las bases de negocios. Esto debe articularse en un proceso de coevolución de la producción y la institucionalidad y en la construcción permanente de un nuevo marco, con la participación de las organizaciones empresariales, de los trabajadores, del Sistema Nacional de Innovación y el ámbito educativo.

Debemos partir de potenciar los procesos evolutivos de largo plazo que se han desarrollado en el país, apoyándonos en los logros, sus capacidades y los activos competitivos existentes, superando sus limitaciones y creando condiciones para su difusión y ampliación. Su consolidación debe considerar un ejercicio colectivo de la sociedad para favorecer una interacción virtuosa entre empresas, mercados e instituciones. La empresa es el ámbito en el cual se desarrolla el valor agregado y debe contar con mercados con ámbitos de competencias y con instituciones que les den el marco innovador y competitivo. Simultáneamente, su desarrollo tiene una expresión local en el territorio y las regiones que requieren una atención específica a sus competencias e idiosincrasias.

Al pensar el patrón de especialización, tenemos que resolver el falso dilema de mercado interno y exportaciones. El mercado interno es el caldo de cultivo para desarrollar las bases de los negocios y donde se desarrollan las capacidades. En términos de tamaño, somos el tercer mercado de América Latina y estamos entre los diez mercados más grandes de los 170 países fuera del área de la OECD. No hemos aprovechado plenamente esta expansión del mercado doméstico para generar nuevas áreas de exportación y nuevos sectores con más valor agregado, que tengan un impacto con externalidades positivas en la generación de empleo de calidad. El país tiene las condiciones para ser optimistas en este objetivo. El primer punto son los recursos naturales: el sector agroindustrial, la minería, Vaca Muerta, el sector forestal, la pesca. Se requiere aumentar sus volúmenes físicos y avanzar hacia los productos diferenciados. Sin biotecnología, semillas, fertilizantes, maquinaria agrícola, productos de la metalmecánica, y un entramado industrial y de servicios especializados, es imposible pensar que podemos avanzar en esa línea. El segundo punto son las plantas de insumos básicos de calidad mundial en una gran cantidad de sectores como siderurgia, aluminio y petroquímica. El tercer punto es el notable dinamismo de los servicios basados en el conocimiento (software, diseño, contenidos de medios), que está exportando más de 7.000 millones de dólares anuales. Finalmente, una amplia cantidad de actividades como las pick ups, productos farmacéuticos, nucleares, vinos finos, cajas de cambio, con expresiones de una sofisticada complejidad.

Un desafío adicional a tener en cuenta son las nuevas condiciones planteadas por la denominada industria 4.0. Los cambios iniciados hace más de dos décadas en electrónica, biociencia, nanotecnología, Internet, energías renovables y otras áreas, han convergido en cambios radicales en los métodos de producción, comercialización y consumo. La difusión de la digitalización y la conectividad, con tecnologías de automatización y robótica para crear valor en cadenas de producción inteligentes, están rodeadas de nuevos conceptos como inteligencia artificial y Big Data, que están transformando a la sociedad. Sus impactos en la productividad y la equidad son enormes y replantean nuestra normalidad. En particular, sus efectos sobre el mercado de trabajo y los requerimientos de competencias y habilidades requieren de esfuerzos de primera magnitud.

El autor es economista (UTDT)

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