13 de noviembre, terror en París: el terrorismo bajo la lupa de un documental abierto y honesto

Hernán Ferreirós
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21 de julio de 2018  

Muy buena / Documental en tres partes dirigido por Jules y Gédéon Naudet / Disponible en: Netflix.

Durante la noche del 13 de noviembre de 2015 sucedió la peor masacre en territorio francés desde la Segunda Guerra Mundial: nueve jihadistas, armados con fusiles de asalto y explosivos, se lanzaron a un raid asesino por las calles de París, que dejó 130 muertos y más de 400 heridos. El ataque comenzó con tres detonaciones suicidas en las cercanías del Stade de France, en Saint Denis, y continuó en el distrito 11 de París.

Un grupo de terroristas atacó a tiros las terrazas de varios restaurantes, repletas en esa noche de viernes, y otro se parapetó en el teatro Bataclan, donde tocaba la banda Eagles of Death Metal, ante unas 1500 personas. Allí, los terroristas descargaron varias veces sus fusiles Kalachnikov sobre la multitud, tomaron rehenes y cuando llegó la policía, detonaron las cargas explosivas que llevaban en el cuerpo: dejaron 90 muertos amontonados en el piso de la sala de conciertos, una visión apocalíptica que fue descripta como "la colina de cadáveres" por uno de los sobrevivientes.

Estos son los eventos que reconstruye el nuevo documental producido por Netflix, 13 de noviembre: terror en París, de Jules y Gédéon Naudet, autores también de 9/11, film sobre los bomberos que realizaron las primeras tareas de rescate en el World Trade Center. En este nuevo trabajo, los realizadores registran el relato en primera persona de sobrevivientes golpeados de modo directo por la masacre: personas que vieron morir a familiares y amigos o que fueron rehenes de los terroristas. También hablan policías y bomberos y algunos funcionarios, como la alcaldesa de París Anne Hidalgo o el expresidente Hollande. Pero es en los testimonios de los sobrevivientes donde este documental (construido solo con talking heads y algunas imágenes tomadas con celulares en los momentos de los ataques) alcanza una potencia inesperada. Resulta imposible no conmoverse ante el relato de estas personas normales tocadas por una circunstancia extrema. Cada uno de los narradores/víctimas de estos horrores llega a un momento de quiebre durante su relato, y nosotros con ellos.

Como ya fue señalado por varios analistas, entre ellos el filósofo Jean Baudrillard, encontramos una familiaridad desconcertante en el relato de los ataques terroristas, que acaso se deba a que nos recuerdan a películas de acción de Hollywood.

Por esto, cuando los sobrevivientes cuentan los tiros despiadados sobre la multitud o la toma de rehenes, alentamos la vaga esperanza de que llegue un clímax cinematográfico en el que alguien haga frente a los terroristas, que algunos se organicen para arrebatarles un arma o que irrumpa la policía para reducirlos. Nada de eso sucede. Todos aquellos que no obedecieron instantáneamente las órdenes que les eran dadas fueron fusilados. No hay catarsis, no hay final feliz más allá de la resiliencia de los sobrevivientes.

Este documental es una celebración de esa capacidad de recuperación, pero, a la vez, es una demostración cabal de que los terroristas, que no tenían demandas ni esgrimían proclamas políticas, lograron exactamente lo que querían: llevar el miedo, el horror y la muerte al centro de la seguridad y el privilegio occidentales.

La operación más notable que realiza este film es que elimina cualquier referencia a un contexto: no hay ni una mención de la situación política, social o internacional del momento, nunca se nombra a EI ni se llama a los perpetradores por su filiación religiosa o étnica, ni siquiera por nombre: siempre son "los terroristas". Los realizadores explican que tomaron esta decisión para que su película no sea apropiada como una herramienta de propaganda por el jihadismo. A la vez, el "contexto", siempre invocado por las voces pretendidamente "progresistas" suele ser usado como una relativización barata del mal absoluto que encarna un terrorista.

En su libro El espíritu terrorista (escrito poco después de los ataques del 9/11), Baudrillard afirma que el terrorismo es consecuencia de la globalización, un anticuerpo generado por el mundo, que se resiste a ser plenamente colonizado por la cultura occidental, como si fuera una última trinchera ante el imperio (por esto, nunca es del todo repudiado por la izquierda que se pretende revolucionaria).

El terrorismo islámico se presenta como la alteridad total a la hegemonía de Occidente: no está ceñido por su moral, por su razón, no juega con sus reglas. Baudrillard lo llama una "singularidad" que provoca una disrupción en el sistema del mundo que no puede ser normalizada. Aunque esto debía ser cierto en 2002, el tiempo parece haberlo desmentido: según se cuenta en el documental, el primer domingo tras los ataques, se viralizó el hashtag #jesuisenterrasse y los mismos patios donde sucedieron los atentados se llenaron de parisienses. Aunque por sus características parece imposible prevenir todos los atentados terroristas, para la mayor parte de la gente ya fueron asimilados como una vicisitud más de la vida en las ciudades, como el delito o los accidentes de tránsito.

El argumento que intenta establecer 13 de noviembre es que el terrorismo siempre será monstruoso, siempre podrá provocar miedo, dolor y muerte, pero nunca podrá cambiar nuestro modo de vida.

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