Aprender a esquiar: para las pistas, no hay crisis de los 40

Los expertos coinciden en que la edad no es un obstáculo para ponerse las tablas por primera vez, aunque recomiendan tomar clases para reducir riesgos
Los expertos coinciden en que la edad no es un obstáculo para ponerse las tablas por primera vez, aunque recomiendan tomar clases para reducir riesgos Crédito: Marcelo Martinez
Julieta Bilik
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21 de julio de 2018  

Animarse o no animarse, esa es la cuestión. La crisis de los 40 puede dispararse en múltiples direcciones. Una de ellas es el dilema que se presenta frente a la montaña nevada. ¿Vale la pena esquiar o subirse a la tabla de snowboard por primera vez cuando ya se transita la cuarta década? En esta nota, consejos, sugerencias y alguna que otra contraindicación para aquellos que quieran saldar una asignatura pendiente.

Más allá de los miedos y prejuicios, el bichito de la montaña puede picar en cualquier momento. Por eso, nada mejor que encontrarlos preparados. Punto número uno: estar en relativa forma.

Silvina Amengual, que tiene 45 años y aprendió a esquiar en el Club Andino de Bariloche y da clases desde los 19, aconseja llegar con el cuerpo "aunque sea mínimamente aceitado. Lo óptimo es haber entrenado en los últimos seis meses. Por ejemplo, en fuerza, en flexibilidad, en estado aeróbico. Que los que vengan hagan un acondicionamiento físico general".

Para Martín Bacer, presidente de la Asociación Argentina de Instructores de Esquí, Snowboard y Pisteros Socorristas (Aadides) y miembro de Challenge, una asociación que enseña esquí y trekking a personas con discapacidad, "el esquí requiere de mucha fuerza en las piernas y oxígeno. Correr, andar en bicicleta o cualquier otra actividad aeróbica que implique trabajo de piernas, acompañado de ejercicios de elongación, ayudan muchísimo porque los nervios y la tensión que uno tiene cuando está aprendiendo son grandes y eso consume mucha energía".

Por precaución, Amengual, que hizo sus capacitaciones para instructora de esquí en Bariloche y luego estudió Educación Física con especialización en actividades de montaña en la Universidad del Comahue, siempre les consulta a los nuevos alumnos si están en forma. "Uno se da cuenta, pero está bueno tener la referencia y que ellos mismos me expliquen cómo están llegando a pararse por primera vez frente a los esquíes. Más que nada para que disfruten la experiencia".

Y agrega: "El esquema corporal va a adecuarse al nuevo peso de las botas, a los esquíes y va a ser un mundo nuevo. Siempre es un gran desafío aprender un deporte, sea a la edad que sea. En la montaña tiene la dosis extra que implica la superación del límite personal porque es un contexto diferente y cambiante en el que a veces hay que enfrentar al clima".

Con respecto al precalentamiento, gran aliado para evitar lesiones, Amengual explica que más allá de ejercicios específicos cuando hace muchísimo frío, "desde el momento en que salimos del rental con las botas puestas y los esquíes debajo del brazo y recorremos unos 80 metros hasta la pista de principiantes se da una puesta en movimiento interesante".

Luego, vienen los ejercicios básicos de desplazamientos en el plano sobre los esquíes, que forman parte del acondicionamiento del nuevo esquiador. "Hay toda una progresión técnica. Es muy metódico y no hay nada que sea difícil de seguir. Es un aprendizaje accesible y dinámico", cuenta.

Nadie nace sabiendo

En Aadides el lema es Aprender siempre. Abiertos a recibir alumnos de cualquier edad, creen que los de montaña son deportes en los que hay que probar para saber cómo se siente cada uno.

Bacer explica: "No hay límite de edad. Más allá del miedo y de que uno piense que no lo puede hacer es un deporte en el que, como andar en bicicleta, todo el mundo tiene que dar los primeros pasos. Nadie nace sabiendo. Los de 40 o los de 4, todos tienen que atravesar el mismo aprendizaje: aprender a ponerse las botas, pararse en los esquíes, enfrentar la pendiente, trasladarse".

El sentido común indica que el deporte de montaña puede ser riesgoso. Pero los profesores intentan minimizar todas las amenazas. "Si viene uno descontrolado desde arriba u otro que no sabe esquiar e intenta hacer bowling con nuestra clase va a ser complicado. Siempre hay imponderables en la montaña, pero al elegir una pista adecuada siguiendo la progresión técnica del alumno se minimizan los posibles accidentes", cuenta Amengual.

Luego cuando el alumno "se larga solo" y tiene que tomar la decisión sobre qué pista elegir ya es su responsabilidad y la idea es haberle podido transmitir las herramientas para reducir los inconvenientes y protegerse de la mejor manera. Para ella, "la clave es respetar el nivel técnico que cada uno tiene a la hora de optar por una pista u otra". Además, recomienda el uso del casco porque colabora con la prevención.

Bacer acuerda. "Es un deporte para hacer con instructor habilitado ya que conoce las dificultades de la montaña. Autodidactas no hay, y los que quieren arriesgarse sí corren riesgos".

Otra cuestión en la que ambos están de acuerdo para evitar problemas es conocer la montaña o asesorarse, y estar atento a las condiciones climáticas. Sobre todo en relación a cómo afectan la nieve: si está blanda o no, si hay polvo o hielo y cómo está el viento. "Todos esos riesgos los prevé un instructor. Por eso recomendamos estar acompañado", explica Bacer.

Amengual tuvo varios casos de alumnos post 40, incluso bautismos de familias con padres, abuelos y nietos. Se acuerda particularmente de uno: Pablo, que es ingeniero, tiene 51 años y vive en La Plata. "Es un gran atleta, pero en el esquí empezó hace dos años y tiene un tema: es reticente a la bajada, es muy cuidadoso, pero al ser tan perseverante la idea es que este año, que será su tercera temporada, podamos bajar por las pistas azules. Ese es el gran desafío".

A la carga

Porque valientes hay por todos lados, hablamos con Gabriela Metzger, quien nos contó su experiencia. "Esquié por primera vez a los 43. Mi marido había esquiado toda su vida de soltero y cuando mi hija menor cumplió 8 años se animó a proponerme que fuéramos todos juntos a Chapelco. Eso fue hace dos años, y desde entonces repetimos el programa cada invierno".

Con el objetivo de ponerse a tono decidió tomar clases particulares. "Sentí que lo podía aprovechar mejor al ser personalizado e individual". Y confiesa que animarse fue una experiencia buenísima y superdivertida. "Siempre termino agotada, pero lo disfruto un montón. El primer año me estresaba muchísimo, transpiraba como loca y solo pude bajar El Caminito, que es una pista verde [con poca dificultad, para principiantes], pero a mí se me hacía eterno".

Aunque tuvo muchas caídas, nunca sufrió golpes fuertes y eso la anima a seguir practicando. A la hora de concluir, Gabriela es contundente. Para ella, "siempre hay que intentarlo. Es algo nuevo, divertido, con paisajes hermosos. Hice el esfuerzo de empezar por mis hijos, para que ellos también aprendan a esquiar en el marco de una actividad familiar y vean que siempre se puede. Aunque se rían un poco de mí y les parezca divertida la forma en que esquío porque me pongo muy durita y voy agachada". Y esta temporada espera seguir mejorando porque, para ella, 40 años no son nada.

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