Grace Cosceri: la coach de Spinetta que se inició en el Parakultural y que admiran gigantes como Ron Carter

La cantante Grace Cosceri prepara un nuevo CD y lo anticipa en próximos conciertos
La cantante Grace Cosceri prepara un nuevo CD y lo anticipa en próximos conciertos Crédito: Adrián Llamosas
Mauro Apicella
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24 de julio de 2018  • 00:15

La cantante Graciela Cosceri pasó conviviendo con el dolor más de la mitad de su vida. Pero no en el sentido artístico (el artista que sufre porque no hay paz en el mundo) sino real. Óseo. Afortunadamente su voz nunca se vio afectada. Por eso cantó. Fue (y es, en cierto modo) la Grace veinteañera de los ochenta en el Parakultural; la Mescalina al lado de Batato Barea, Humberto Tortonese y Alejandro Urdapilleta; la voz jazzera vernácula del sótano de Oliverio; la coach de cantantes, la educadora de los que no pueden sacar su voz hacia afuera; la de las canciones de Luis Alberto Spinetta ; la que acudía a los llamados de los productores cuando le pedían que abriera los shows locales de Ricky Lee Jones o Ron Carter; la que preparó pacientemente (y lo sigue haciendo) un nuevo disco que está por venir, quizás en noviembre, luego de un par de conciertos que dará desde el próximo fin de semana. La cantante de voz cristalina, a veces aniñada, que se autodesafía.

Graciela Cosceri es "Mescalina", en Cemento, en la década del 80
Graciela Cosceri es "Mescalina", en Cemento, en la década del 80

Su rol de educadora de la voz no la llevó únicamente al encuentro de cantantes sino a todos aquellos que, como ella, vieron en el obstáculo la oportunidad de superación. Y probablemente se haya sentido identificada en ellos. "Sí, por supuesto -dice Grace, y se explaya-. Y es de una manera muy consciente porque hace tantos años que estoy en manos de profesionales para el trabajo muscular y la movilidad, que, por supuesto, esto tuvo mucho que ver. Pude ver más en lo profundo. El tipo de alumnado se fue modificando. Lo que hago es aplicar el método Speech Level Singing. Con el tiempo empezaron a venir médicos, antropólogos, gente que trabaja con la voz, chicos con patologías congénitas de las cuerdas vocales y otras que no las resuelve la fonoaudiología. Son casos para los que hay que puntualizar en la salud de la voz, no en el coaching. En un momento dado se me hizo cada vez más simple "leer" a una persona por su manera de mirar, de hablar, por su postura. La forma de enseñar ha mutado".

El tipo de artritis que la afecta desde los 22 años es crónica, incapacitante y progresiva. "Pero en los últimos años tuve la bendición de dar con un tratamiento que me permite vivir un romance muy particular con mi cuerpo porque no tengo dolores. Soy una paciente de ateneos. Mi nombre y apellido está en la mesa de las juntas médicas. Se sabe quien soy respecto de esta patología. Desde hace cuatro años mi vida cambió completamente, si bien la limitación sigue, porque es irreversible, no hay dolor".

-Se podría decir que sos un bicho particular para las juntas médicas y para la música también. Por un lado, muchos recurren a vos, por otro, hay cierto misterio detrás de la poca exposición pública que tenés.

-Puede ser, sí. Y es interesante verlo de esa manera porque, para empezar, no es una postura ni una impostura. No es algo que yo decidí de manera snob. Es lo que me sale y como me sale. Cuando alguien me llama para cantar siempre estoy donde haya armonía. La armonía en la música define mucho al artista. Un acorde puede tener un nombre pero se puede tocar de cinco maneras diferentes. Cuanto más sofisticado, es cuando me llaman. A veces es gente que está en mi palo y otra que no. Últimamente colaboré en el proyecto Aiqú, de Quintino Cinalli y Jorge Araujo. Mariano Otero le compuso una canción a Luis [Alberto Spinetta] y me pidió que la cantara, y lo hice desde ese lugar emotivo, como para extender mi voz, más allá del duelo de no poder volver a poner mi voz en un disco de Luis. También participé en Raiz Spinetta, con versiones de aires folklóricos. O la devolución que Ron Carter me hizo del show en el Gran Rex, cuando fui telonera suya, para mí es un shock de los buenos, muy lejos de lo que yo pudiera pensar.

-¿Cómo empezó tu relación con la música?

-Creo que me choqué con la música. Antes de la enfermedad era una chica simple y común, que le gustaba ir a bailar, que era la última en irse de la pista. Me gustaba la ropa, comprarme zapatos. Me gustaba leer. Trabajaba en agencias de publicidad. Mi grupo de amigos tenía que ver con ese medio. Siempre canté y era muy afinada pero mi vida no estaba tan vinculada a la música. Al ser hija única y al haber vivido con dos padres que si bien me cuidaban un montó la casa era un caos porque se peleaban mucho, la música pasó a ser algo más interesante. Un amigo un día me trajo un disco que era un compilado que tenía un tema de Aretha Franklin. Y no tuve vuelta de eso. Supe que algún día iba a cantar. Empecé a probar; mi mamá me llevaba a algunos bares que se abrían en Buenos Aires, y cuando me quise acordar ya estaba metida con eso. Un día probé estandars con un músico de jazz. Canté en clubes hasta que salí porque el lugar que ahí tenía la mujer era un clisé. Por eso terminé en el Parakuntural. Ahí me dejaban hacer lo que yo quería. Creo que sin darme cuenta tuve un lenguaje propio; impreciso, pero desenmarcado y que despierta empatía en cierto núcleo de gente.

-¿Tenías veintipico en ese momento?

-25. Tenía episodios de dolor y desaparecía de los lugares donde estaba cantando. Pero cuando la enfermedad remitía, me volvía a sumar. Eran los 25 años de antes.

-¿Qué significa eso?

-Que no éramos millennials. Las cosas se hacían sin tantos rodeos. El deseo, el lugar, la acción. No nos importaba donde. Ahora hay muchos pruritos y recaudos. Los chicos son más sensibles a los espacios, a cómo cantar. Hay conflicto en la manera como se quieren mostrar. Nosotros. Quiero decir: el tiempo con Batato (Berea), Torto (Tortonese) y con Urda (Alejandro Urdapilleta) era hacer, con método y estudiando, lo que verdaderamente queríamos hacer. Sin tanto prejuicio del otro.

-Aunque se describa a Milennials y Centennials como gente de generaciones que, entre otras cosas, no piensa al largo plazo, muchos de los que llegan a un escenario o suben un video a YouTube lo hacen más por el deseo de triunfar que por el simple hecho de cantar y vivir el momento. Por un éxito cuantitativo.

-Sí por supuesto. El tema de las vistas y los seguidores está muy en juego. Antes no. Mirá, cada encuentro en Oliverio, el local de jazz, era mi placer de poder compartir una canción con gente como Luis Salinas. O con gente que ya no está, como el pianista Horacio Larumbe. Hubo noches en las que subíamos el glorioso Fats Fernández, Salinas, el Mono Fontana, Larumbe y yo que era la piba. Yo recibía esa magia de ellos y sabíamos que al día siguiente teníamos la misma oportunidad. Parecía infinito. No somos los que tenemos la mayor cantidad de seguidores, pero en nuestro ADN está puesta la música. Todo eso te para en un lugar distinto al momento de encarar un proyecto. Voy cambiando, porque el artista debe ir cambiando y probando. Pero me acompaña toda esa pulsión de la que me impregné en ese tiempo.

Graciela Cosceri con Javier Malosetti y Fats Fernández, en Oliverio Always, en 1989
Graciela Cosceri con Javier Malosetti y Fats Fernández, en Oliverio Always, en 1989

-Y hoy, ¿cómo es un show de Graciela Cosceri, como el próximo que pensás hacer en Virasoro?

-Sentí una necesidad legítima de cantar en mi idioma. Ese fue un regalo de Luis Alberto. Desde su partida pude resignificar la poética de sus canciones. Y empecé a componer un poquito. Hice canciones no tan alejadas de lo que es el jazz. El nuevo disco, Equals se va a llamar, que voy grabando muy de a poco, tiene canciones mías, de Gismonti, el tango "Nada" y estándars tocados de manera distinta, con arreglos de Mariano Agustoni. Me gusta producir mis trabajos y no trabajar con un productor.

-¿Por qué?

-No es por desmerecer como pueda producir otro. Pero es difícil, porque te tuercen la muñeca y te quieren llevar a otro lenguaje. Es como la cantante metida en un molde. Y así no puedo funcionar. Para eso me voy a cantar a un barco. Me voy a un crucero, la paso bomba un año y me vuelvo con dólares y ropa comprada en el duty free. Mi laburo es el del albañil. Meto la mano en el cemento. Termino agotada, pero no herida. Algo así vendría a ser. Es un laburo de locos que no te deja dinero. Ahora vamos a mostrar todo en formato de dúo pero el disco, que esperamos que esté listo para fines de noviembre o diciembre, tiene otros formatos. Mariano construye universos hermosos con su piano. Hay que estar a la altura para cantar con él. Pero bueno, como ya te decía, si fuera todo tan de taquito ya estaría en el crucero Princess.

Grace Cosceri anticipará temas de su próximo disco en Virasoro Bar, Guatemala 4328, los domingos 29 de julio y 5 de agosto, a las 20.30

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