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Humor e ironía

EL PERSEGUIDO Por Daniel Guebel-(Norma)-188 áginas-($ 9)
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23 de mayo de 2001  

No es casual que en El perseguido , la última novela de Daniel Guebel, se hable de Arthur Rimbaud. Guarro e irreverente para con el poeta francés, el que lo nombra y lo cita es el doctor Húnico, un especialista en clonación humana, cuando Leonardo Ferreti solicita la asistencia del galeno, desesperado porque lo buscan los servicios de inteligencia. "Arthur Rimbaud decía: ÔYo es otro´", le explica Húnico. Y agrega: "¡Qué ilusión! Yo querría ser otro, pero no puedo".

La conversación define una temática, un tono, un procedimiento, porque la novela no hace más que expandir la famosa frase de Rimbaud y explorar sus posibilidades narrativas, creando para eso situaciones francamente desopilantes. Guebel, que aspira a ser un escritor legible, transforma su erudición en un juego y cruza sus saberes literarios, teóricos y filosóficos con fenómenos y preocupaciones actuales para escribir una novela que resulta una indagación en clave cómica sobre la problemática de la identidad, al tiempo que mira con distancia e ironía las luchas políticas de los años setenta, la pretensión de cambiar el mundo y la idea misma de revolución.

Ferreti, un revolucionario acosado por las mujeres y perseguido por los aparatos de inteligencia del Estado, acude al doctor Húnico para clonarse con el objetivo de despistar al Poder (y de paso a sus amantes) mediante la multiplicación de sus simulacros. No es una cuestión nueva en la literatura: la novela policial y la de espionaje lo utilizaron aun antes de la existencia de las cirugías estéticas, haciendo que el criminal cambiara de figura o de fisonomía, o utilizara sosías. Sin embargo, el asunto cobra nueva vigencia en una época en que parece haber disponible un menú de identidades (al margen de las posibilidades que ofrece el mundo virtual para camuflarse, el cambio de sexo y la manipulación genética han dejado de ser patrimonio de la imaginación literaria).

A tono con los tiempos, Guebel hace sufrir a Ferreti todo tipo de transformaciones y alteraciones del cuerpo y de la identidad, y cada cambio exige un nuevo escenario al perseguido. Impulsado por su paranoia, Ferreti consume drogas junto a los indios para operar una transformación de su conciencia y su apariencia. Transformado en mujer gracias a una cirugía, se enamora de uno de sus clones con quien viaja al Artico. Varón otra vez operación mediante, adopta la identidad falsa de un buzo y trabaja como tal en los mares del norte. Unico sobreviviente de un maremoto, se convierte en el protagonista de una película en la que un actor encarna a Ferreti como personaje. Una nueva mutación lo vuelca a armar una familia, pero la normalidad le dura poco y pronto vira en dictador nazi. En la novela hay otro tipo de multiplicaciones: resurrecciones, estatuas vivientes, máquinas que actúan como humanos, transformaciones cosméticas.

Pero en esta catarata de situaciones desopilantes (la imaginación de Guebel es fecunda), la motivación que desencadena el relato se va debilitando. Si al comienzo la persecución y la huida constituyen un motivo fuerte, la alusión al fantasma de los aparatos de inteligencia cada cierto número de páginas parece funcionar apenas como un eslabón que sirve para sumergir al personaje en una nueva situación y en otro escenario deliberadamente inverosímiles. Las peripecias dejan de apoyarse en la causalidad para desplegarse en una pura sucesión temporal. Jugada a la debilidad de la motivación, la huida de Ferreti deviene en nomadismo.

Atravesada por la ironía y el humor, esta novela que destruye la ilusión de la identidad y de la revolución mediante la proliferación de situaciones que tienen el brillo fulgurante del dibujo animado requiere de lectores dispuestos a entregarse a esta deriva narrativa y a la engañosa liviandad con que se encaran algunos de los temas más candentes y complejos de estos tiempos. Después de Arnulfo o los infortunios de un príncipe (1987) y La perla del emperador (premio Emecé 1991), Guebel había indagado en este tipo de escritura en los relatos de El ser querido (1992) y en las novelas Los elementales (1992), Matilde (1994), El terrorista (1998) y Nina (2000).

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