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Ser gay y ser goy, esa es la cuestión

Gran trabajo de Luis de Almeida
Gran trabajo de Luis de Almeida
Gabriel Isod
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23 de julio de 2018  

Goy, el musical. Dramaturgia y dirección: Sebastián Kirszner. Intérpretes: Sebastián Aldea, Julián Calarco, Luis de Almeida, Daniel Ibarra, Mariela Kantor, Sebastián Marino. Vestuario: Mariela Rey. Escenografía: Lola Gullo. Iluminación: Lucrecia Peralta. Música: Sebastián Aldea. Coreografías: Fabiana Maler. Sala: La Pausa Teatral, Corrientes 4521. Funciones: Lunes y jueves, a las 20. Duración: 60 minutos. Nuestra opinión: muy buena

En La metamorfosis, de Kafka, Gregor Samsa despierta con forma de insecto gigante. Ese devenir animal modifica su vida y la de su entorno. Una de las cosas más notables del texto kafkiano es que, a pesar de eso, la vida sigue y se consigue organizar una nueva cotidianeidad ante este cambio. Algo similar sucede en Goy, el musical.

La escenografía, lejos del realismo, propone una pensión en el barrio de Constitución. La obra no se regodea en lo escatológico sino que encuentra riquezas y fuentes de risa en lo mucho que esa pensión contiene: hay banda de música, tragos de todos los tipos y múltiples posibilidades de una fiesta embriagadora.

La trama gira alrededor de Dani Garber (Luis de Almeida), un personaje que ha vivido siempre de acuerdo con lo que se espera de él. Casado, con hijos, contador en la empresa de su suegro, todo hace pensar que está en una etapa tranquila. Y, sin embargo, un instante de duda sobre su orientación sexual se encarga de echar eso por la borda. Dani sabe que no puede seguir viviendo como antes y toma una resolución drástica. Acepta, no sin dolor, que su mujer y sus hijos lo rechacen, que sus amigos se aparten, que su religión lo condene y se zambulle en ese mundo nuevo en el que tiene una cucaracha (Daniel Ibarra) a la que trata como a un perro y un grupo de seres que no le piden explicaciones. El conflicto se establece cuando aparece Federico (composición brillante de Sebastián Marino), un amigo suyo que quiere tentarlo con volver a su antigua vida. Mefistofélico, busca atraerlo con recuerdos que lo llevan a un universo de usos y costumbres del judaísmo de clase media alta que Kirszner viene investigando en sus últimas producciones ( El ciclo Mendelbaum, La shikse).

Hay madurez y riesgo en la dirección, cada vez menos preocupada por el efecto y más por contar una historia. Para eso, el espacio se transforma varias veces y consigue hacer que la pensión se vuelva el club náutico Hacoaj o un consultorio de psicóloga. Están las marcas de un autor que repite las referencias shakespeareanas, los actores-músicos, los animales a escala humana y otros motivos de piezas anteriores.

Goy... es una comedia y un musical. La parte musical, compuesta por Sebastián Aldea, mezcla klezmer, cumbia, reggae y otros géneros. Más allá de las canciones, son pocos los momentos que no están acompañados por la melodía sin que esta sea disruptiva con la acción dramática. La parte cómica es muy graciosa, pero tiene, como las mejores comedias, un trasfondo doloroso con un tema en el que el teatro no ha abrevado tanto: el descubrimiento, en edad madura, de una nueva opción sexual y cómo se relaciona esto con la religión. Como Moisés, Dani debe dejar todo atrás en busca de su libertad. Cómo organizará su nueva cotidianeidad, cómo seguirá la vida ante este evento es algo a explorar. Dani es un héroe por su resistencia, porque se mantiene en una postura en la que cree, aunque todo alrededor suyo se desmorone. La actuación de Luis de Almeida deja en claro que se trata de un heroísmo módico, uno en el que podemos creer en estos tiempos. Goy... encara un tema difícil con respeto, nobleza y humor. No está por encima de sus personajes, los mira en pie de igualdad y recorre este camino de incierto destino junto a ellos.

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