Copa Argentina: cuando golear es un acto de responsabilidad, no de humillación

Claudio Mauri
Claudio Mauri LA NACION
Festejo de Independiente
Festejo de Independiente
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22 de julio de 2018  • 21:06

La Copa Argentina está en una etapa en la que ofrece partidos entre equipos a los que solo los une el fútbol, porque en todo lo demás están en extremos opuestos. Un club superprofesionalizado puede cruzarse con otro amateur, en el que sus jugadores viven de un trabajo que les quita horas y energías para entrenarse. Son días en los que proliferan historias de hombres sacrificados, que se definen más por sus oficios y ocupaciones que por lo que hacen dentro de una cancha. Y compiten contra rivales que tienen cuerpo y mente consagrados en exclusividad al fútbol.

Las diferencias serían siempre inevitables si no fuera porque el fútbol es uno de los deportes más propensos a la sorpresa. Esta salvedad explica en parte que, disputados 21 encuentros de los 32os de final, en ocho de ellos, un equipo de categoría inferior eliminó a otro de una superior.

Hubo resultados inesperados que dejaron a algún equipo al borde del ridículo, como cuando Sarmiento de Resistencia le ganó 1 a 0 a Racing. Esa noche, Eduardo Coudet hizo una autocrítica que sonó a una flagelación: "Le tenemos que pedir perdón a la gente de Racing. Tiramos seis meses a la mierda. No rescato nada positivo". Hace un año, Nelson Vivas renunció a Estudiantes tras perder contra Pacífico de General Alvear (Federal B)

La contracara de esos batacazos fue la aplastante superioridad que ejercieron algunos equipos en las últimos días, como ocurrió en el 8-0 de Independiente a Central Ballester (primera D) y en el 7-0 de River a Central Norte Salta (Federal B).

Un dilema se abrió a partir de esta diferencia abismal. No faltaron los que plantearon que Independiente y River deberían haber tenido cierta contemplación, que lo razonable habría sido levantar el pie del acelerador una vez que el triunfo estaba asegurado. Se los señala por abuso de posición dominante.

En realidad, River e Independiente se respetaron ellos mismos, al rival, a la competencia y al público que pagó una entrada, porque impusieron una supremacía que no cedió a la tentación de la humillación ni al regodeo por la debilidad del adversario. Hicieron su trabajo con responsabilidad y seriedad. Dieron lo mejor sin ornamentos provocadores ni artificios que implicasen un menosprecio por el contrario.

Esta percepción es compartida por quien fue víctima de la goleada. El plantel de Central Ballester no siente que Independiente les haya faltado el respeto. Les quedó la sensación de impotencia, no de ser objeto de burla. Asumieron la realidad de enfrentar a un equipo que está cuatro categorías por encima. Desde el club bonaerense cuentan que vivieron dos días en un contexto de profesionalismo cuando lo cotidiano para un plantel sub 23 es el amateurismo y tener un ingreso económico ínfimo por el fútbol.

Hay un dato que certifica que tanto Central Ballester como Central Norte no intentaron evitar la desigualdad por vías antideportivas: en ambos partidos hubo solo dos amonestados, uno de cada conjunto perdedor. No hubiese sido la primera vez que un equipo que se ve arrollado desate una cacería de piernas a modo de freno. "En el entretiempo insistimos en que no saliéramos a dar patadas", comentaron desde Central Ballester, que si tiene un reproche para hacerle a Independiente es que no todos sus jugadores pudieron intercambiar camisetas. "Vamos, no podemos quedar como mendigos", le dijo el presidente Donato Lanzilotta a los jugadores que esperaban en vano en la puerta del vestuario del Rojo.

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