El costo laboral. ¿Van a quedarse los autómatas con todos nuestros trabajos?

Ariel Torres
Ariel Torres LA NACION
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23 de julio de 2018  • 11:05

Todos los expertos consultados durante los últimos cinco años por LA NACION coinciden en algo: los trabajos que tienen una mayor probabilidad de ser tomados por la inteligencia artificial y los robots son los repetitivos, rutinarios, que requieren precisión, pero no creatividad, intuición ni empatía.

La Radio Pública Nacional de Estados Unidos, basándose en el trabajo de dos científicos de la Universidad de Oxford, Carl Frey y Michael Osborne, creó un sitio en el que se puede estimar qué posibilidad existe de que la IA se quede con un empleo en particular, expresado como un porcentaje. No parece ninguna sorpresa que la conducción de vehículos, los recolectores de residuos y los albañiles estén cerca del 90 por ciento. Sin embargo, los electricistas y los pilotos aerocomerciales no llegan al 20 por ciento.

El empleo que, según el estudio de Frey y Osborne, tiene más posibilidades de quedar en manos de la IA es el de telemarketer (99%), pero, a la vez, se considera que tal destreza sería inviable en otras condiciones. Así, la actividad con la posibilidad más baja de ser automatizada es la del asistente social con orientación a adicciones (0,3%).

Aunque Frey y Osborne reconocen que su trabajo -publicado en 2013, pero todavía una guía muy usada en los análisis sobre el futuro del trabajo- bien puede fallar en varios aspectos, sus resultados están en línea con la realidad que el mundo del empleo experimenta un lustro después. Sin embargo, hay un detalle sutil y al mismo tiempo fundamental que Ben Pring pone en primer plano en este artículo de CIO, una publicación de International Data Group: una cosa son los empleos y otras las tareas.

La distinción es importante porque la inteligencia artificial y los robots son capaces de una precisión y una eficiencia sobrehumanas, pero, como agudamente observa Kevin Kelly, fundador de la revista Wired, en esta conferencia TED, hay ciertas tareas fundamentales para la civilización que son, por definición, ineficientes. Pone como ejemplo las ciencias. Carece de sentido pensar la ciencia o cualquier otra forma de creación intelectual de primera línea desde el punto de vista de la eficiencia. "El arte no es eficiente, las relaciones humanas no son eficientes", observa, con agudeza, Kelly. Su planteo es prístino: ni siquiera tenemos una buena definición de qué es inteligencia, así que es imposible anticipar cómo sería una inteligencia superior. Tal es el fantasma que han agitado Bill Gates, Stpehen Hawking y Ellon Musk, entre otros.

Para Kelly, la IA está poniendo en marcha una nueva Revolución Industrial. A las máquinas les delegaremos la productividad. Los humanos nos quedaremos -dice en su conferencia- con aquello en lo que somos buenos, perder el tiempo y ser ineficientes de forma brillante y creativa.

Dato adicional: la IA, al menos por ahora, es muy buena haciendo algo en particular. Por ejemplo, jugar al fútbol. Pero esa capacidad no puede ser usada para explorar en busca de petróleo. Los humanos, por el contrario, tenemos una inteligencia enteramente diferente, más general, más parecida a una constelación de destrezas que a una habilidad fácil de delimitar.

En este sentido, la previsión de que se avecina una nueva Revolución Industrial es casi tan preocupante como la alternativa planteada por James Cameron en Terminator. Si el empleo va a cambiar de forma fundamental, si nuestra inteligencia (holística, intuitiva) va a ser aumentada por otra de una precisión y una velocidad de cómputo inalcanzable, y si eso va a ocurrir en los próximos años, gran parte del debate político y económico al que asistimos aquí y en el resto del planeta podría haber quedado ya enteramente obsoleto.

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