El mejor destino para llevar una vida slow está en Costa Rica

23 de julio de 2018  

"¡Pura vida!". El saludo popular da una pista del ánimo colectivo. Cuando uno se cruza con un tico, la manera cariñosa que tienen de llamarse a sí mismos los costarricenses, el buen augurio es compartido. "¡Pura vida!", dice uno. "¡Pura vida!", contesta otro. Acá se toma mucho café (entre volcanes, las plantaciones de Costa Rica producen un grano admirado en todo el mundo), pero, aunque se diga que la infusión acelera el pulso o provoca ansiedad, el efecto entre los ticos parece el contrario: en un país que tiene costas sobre el Caribe y el Pacífico, parecen tener el tiempo para desayunar viendo salir el sol por una playa y merendar observando cómo se oculta por otra.

En Puntarenas, al oeste, se hace honor al nombre del océano. La arena es clarita, casi blanca, y lo único que interrumpe la vista del horizonte es una palmera o un cocotero, sin balnearios ni chiringuitos con música ruidosa. De los días que pasé ahí recuerdo especialmente uno, aquel en que hice la plancha sobre el mar fumando un cigarro que había comprado en la ruta. De cara al sol sobre el agua templada, y a pesar de que cualquier julio sea para nosotros lo más lejano que tenemos de la playa (nadie piensa en el verano cuando cae la nieve, dice el poeta), conservo ese momento en que tuve plena autoconciencia de la calma: no se puede hacer más lento ni estar más pacífico. En cada traición del tránsito maldito, o en cada amansadora interminable en la sala de espera de un consultorio, vuelvo mentalmente a Puntarenas y un reflejo pavloviano me desacelera.

Ahora sé que Costa Rica es el paraíso latino de la vida slow, ese movimiento voluntarista que nació como una reacción al ritmo enloquecido que llevamos: tan pequeño, el paisito centroamericano que no tiene ejército, pero que sí tiene quinientas mil especies de flora y fauna, estimula la contemplación y el goce. Es fácil colgarse admirando la trabajosa faena de unas hormigas rojas que tienen casi el tamaño de un perrito pequinés, observando los árboles de cacao antes de que sus frutos viajen a Europa para ofrecer consuelo calórico en las meriendas nórdicas o estirando hasta lo imposible el producto de Tarrazú, la zona cafetalera más exquisita; aún tibiecito, el espresso dura media hora en la taza, eternizando lo que para mí es sinónimo de felicidad: conversación y café.

La playa serena tiene su propio mantra en el runrún de las olas. Si alguna vez mi libro de cabecera fue Elogio de la lentitud, del periodista canadiense Carl Honoré, un pionero en cultivar la idea de vivir lento para que el momento perdure, ahora pienso que toda Costa Rica es un país de autoayuda: sin subirme a ningún avión, viajo hasta allá con la mente cada vez que se me infla una vena del cuello por el apuro en el compromiso o la impotencia del piquete. En el buen augurio de los ticos hay hospitalidad, pero también sabiduría: ¿de qué vale vivir mucho si esa vida no es pura vida?

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