La tecnología nos quitó la atención, ahora nos toca recuperarla

24 de julio de 2018  • 03:20

Hace algunos días en una mesa de discusión acerca del futuro de la democracia, uno de los temas que se repetía era el del rol de la tecnología en nuestra cotidianidad. La conversación, por demás animada, volvía frecuentemente al problema de la participación política en la era de la distracción.

Tanto se discutió recientemente sobre adicción a la tecnología que incluso antes de que estuviera claro en qué consiste pasó a considerársela un hecho. Sin embargo, no hay mucha controversia en reconocer que nuestra interacción con dispositivos digitales está diseñada para secuestrar nuestra atención sin que quede del todo claro cuál es el precio del rescate. Eso está claro, ahora tenemos que avanzar la conversación para ver cómo vamos a rescatarla.

Inaugurando la temporada de disculpas y promesas por arreglar todo lo que pudo haberse perdido en el fuego, en enero Mark Zuckerberg marcó lo que sería el objetivo para el resto del año: "Asegurarnos de que el tiempo que pasamos en Facebook sea un tiempo bien empleado." El compromiso parecía un eco directo del propósito detrás de Time Well Spent (ahora el Center for Humane Technology), una organización con un fin muy claro: alinear el desarrollo de tecnología con el bienestar humano.

Tristan Harris, fundador del Center for Humane Technology, ciertamente no fue la primera persona en problematizar la relación entre humanos y máquinas. La obsesión por adelantarse al efecto, tanto positivo como negativo, que la incorporación de tecnología podría tener en la vida cotidiana es tan antigua como la tecnología misma. Pero sí es mérito de Harris haber empujado esta agenda crítica en el seno de Silicon Valley.

Harris, cuando aún trabajaba en Google, de algún modo dio el puntapié inicial en una presentación interna en febrero de 2013. Allí detallaba su preocupación por comenzar un movimiento al interior de la empresa que aprovechara su impacto sin precedentes en la vida de las personas en vistas del cuidado del bien más preciado: el tiempo.

La presentación más que enfocarse en propuestas concretas marcaba un campo de trabajo que no ha perdido un ápice de vigencia en estos cinco años. En resumen, las empresas de tecnología antes que aprovecharse de las vulnerabilidades humanas deben actuar para evitar que sean usadas en su perjuicio. Indudablemente, no estaríamos hablando de la "era de la distracción" si esto hubiera sido realmente tomado en serio.

Lo que Harris llama vulnerabilidades (o sesgos cognitivos) son las que nos inclinan a calcular mal el tiempo que nos tomará cierta acción ("Sólo voy a mirar un video más"); a dejarnos llevar por la gratificación de la novedad (el efecto tragamonedas de revisar los mails, Twitter, Facebook, etc.); a seguir conectados para no perdernos de algo ("fomofobia", o miedo a quedarse afuera); a reaccionar impulsivamente si no hay suficiente fricción que nos obligue a detenernos y pensar en lo que hacemos; o a reaccionar de forma distinta dependiendo de si estamos tranquilos o bajo estrés.

No cuesta leer el párrafo anterior como una especie de ayudamemoria para diseñar cualquiera de las apps con las que interactuamos a diario: es casi como una checklist de todo aquello que podemos aprovechar para que nuestros usuarios no quieran despegarse de la pantalla. Después de todo, son trucos bastante viejos.

Si bien las ideas de Harris tuvieron un profundo impacto al interior de Google, este no pudo hacerse visible hasta hace relativamente poco. Eran muy buenas pero fueron presentadas en un momento muy particular. Google por entonces buscaba capturar usuarios en su cuasi-fallido intento de lograr una red social para competir con Facebook y la propuesta de invitarlos a desconectarse parecía tan buena estrategia como dispararse en el pie justo antes de una carrera.

El bienestar de los usuarios, sin embargo, no es un asunto puramente teórico o siquiera técnico. No nos sorprende que las empresas de tecnología estén atendiendo esta preocupación porque efectivamente es algo que inquieta cada vez más a quienes consumen sus productos. Lejos de ser una atinada observación, quizá adelantada a su tiempo, lo que Harris describía en 2013 puede leerse como un diagnóstico certero de los motivos por los cuales hoy nos preguntamos si tenemos un serio problema con la tecnología.

Hace algunos meses Google presentó su programa de "bienestar digital", incorporado a la próxima versión de Android y apuntado a reducir el tiempo que usamos el celular, haciendo visible lo poco saludable de nuestros hábitos digitales. Apple, por su cuenta, también ofrecerá una serie de soluciones análogas en la próxima versión de su sistema operativo móvil. Instagram, siguiendo la iniciativa de Zuckerberg, ya indica hasta dónde hemos revisado las fotos de nuestros contactos.

En la discusión acerca de la tecnología digital y su impacto en nuestro bienestar la etapa del diagnóstico quedó atrás. Pero lejos de concluir que la culpa es de los usuarios y de nadie más, hoy se hace más claro cuál es la responsabilidad de los fabricantes y desarrolladores en todo el asunto.

Los humanos somos máquinas de supervivencia por demás imperfectas y particularmente sencillas de aventajar usando los trucos correctos. Esto puede haber servido para que la industria tecnológica creciera sin precedentes, pero cuando el costo es el empeoramiento de nuestras vidas el negocio empieza a encontrar sus límites. Afortunadamente estamos frente a los primeros pasos del larguísimo camino que nos queda por delante.

Sin embargo, lejos de volver a ubicarnos como pasivos espectadores del despliegue de las empresas de tecnología en su autorregulación y patológico reconocimiento de errores que dan pie a nuevas soluciones, podemos ubicarnos como quienes exigen el cuidado su bienestar. La tecnología, dice Harris, debe desarrollarse poniendo a las personas primero.

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