El Parque Pereyra

24 de julio de 2018  

En mi adolescencia iba al Parque Pereyra -así lo llaman en el barrio, sin el nombre Leonardo- a retratar árboles. Llevaba carbonillas y un gran block de hojas gruesas de papel rugoso. El predio, obra del paisajista Carlos Thays, es de una belleza deslumbrante, pero sufrió el castigo, el vandalismo y el abandono durante décadas. El lago artificial, de muy poca profundidad, en la plaza central, justo delante de la imponente basílica del Sagrado Corazón, estuvo seco durante años. Hoy está de nuevo lleno de agua mansa; aunque lo dudo, tal vez hayan vuelto los renacuajos y las larvas de las libélulas.

Alrededor, habita el sector más bajo y más desatendido del barrio de Barracas, en el que viví durante 46 años. Está repleto de antiguos caserones y no hay edificios de más de cuatro pisos. Como solía ser hace siglos, la construcción más alta sigue siendo esa iglesia cuyo Cristo podía ver desde la terraza de mi casa, a seis cuadras de distancia. Una antigua foto que conservo lo retrata en contraluz a la hora del crepúsculo. Ahora, la Comisión Nacional de Monumentos propone crear un área de amortiguación visual y preservar la zona adyacente a esa plaza gloriosa. Y con entera franqueza, me alegra. Era hora.

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