Está todo por hacer y nadie posee el juego completo de respuestas

Tapia y Sampaoli, cuando el entrenador fue presentado como entrenador Fuente: Archivo
23 de julio de 2018  • 23:30

Los argentinos vivieron Rusia 2018 en dos mitades perfectamente discernibles. La inicial, sufriendo con la selección argentina, primero para que se clasificara a la segunda fase y para que avanzara luego; la complementaria, tratando de encontrarle un significado a esa -para algunos increíble, para otros cantada- catastrófica eliminación.

Durante esos últimos 15 días del Mundial, con Bronnitsy vacío de compatriotas y otros privilegiados devorándose el banquete, fueron elaboradas múltiples teorías para poder aplicar las presuntas enseñanzas del torneo a la necesaria reconstrucción del seleccionado. Desde la pelota parada como iluminada autopista al éxito, hasta el reniego de la posesión como ineludible filosofía a abrazar, nunca faltó la comparación con cualquier combinado que ganara un partido en octavos o en cuartos, para tratar de descubrir porqué ellos sí y nosotros no.

Aquel fue un intento colectivo de expiación: el Mundial tenía que ser útil para algo más que para exhibir de manera impiadosa las llagas del fútbol argentino. Un intento tan candoroso, además, como infructuoso.

Diez días después de la final que consagró a Francia, la desorientación en torno al seleccionado es absoluta. El fútbol no posee indefectiblemente -ni siquiera la vida- un sentido positivista. Aunque las lecciones se sirvan en pantalla HD, las enseñanzas no resultan inexorables.

En una asociación dominada por el personalismo, a su vez sesgado por el ascenso, cuesta depositar ciegamente la fe. Al mejor técnico del mundo acabaron tratándolo como al peor de los empleados. El desgaste a largo plazo duró una quincena.

Las condiciones objetivas para la reconstrucción son muy distintas a las que existían en 1974, cuando se inició la era moderna de la selección, que produjo dos títulos mundiales en los 12 años siguientes y seis coronas mundiales juveniles entre 1979 y 2007. Son peores. La diáspora del fútbol argentino conspira contra ello como no ocurrió aquella vez. En aquel momento, los jugadores le escapaban a la selección; ahora son los entrenadores más reclamados los que la gambetean. Para colmo, mientras Europa suma técnica a la dinámica, acá todavía se argumenta que si Messi o CR7 harían sapo si vinieran a jugar a nuestras canchas: otra muestra de que, si el Mundial enseña, no siempre se aprende.

Pero por algún lado hay que empezar. Está todo por hacer. Y nadie -nadie- posee el juego completo de respuestas.