No hay mal que por bien no venga

25 de julio de 2018  

Nadie en su sano juicio dará gracias por los malos días, por los puñetazos de la vida, por los duelos, por las penurias o por esos inconvenientes de poca monta que, no obstante, nos hacen recitar varias estrofas irreproducibles. Pero los golpes cumplen una función. Varias funciones, me atrevo a decir.

La primera es, posiblemente, la más importante, al menos en el gran mapa. El sufrimiento nos enseña la empatía. Desde la desgracia shakespeariana hasta el contratiempo trivial (trivial, claro está, si lo comparamos con una tragedia), el dolor nos permite ponernos en el lugar del que sufre. Porque ¿cómo saber por lo que está pasando el prójimo si nunca lo experimentamos?

Durante años intenté que mi auto, que ya cargaba con un extenso currículum, siguiera marchando como un cero kilómetro. De puro testarudo, y por haber nacido en una época en la que los coches duraban para siempre, me obstiné en no cambiarlo. Así, en sus últimos años, me dio toda clase de disgustos. Me dejó camino al trabajo; a avanzadas horas de la noche en una calle tenebrosa; en la ruta, y, por supuesto, en varias ocasiones se negó a arrancar. Me quejé, como cualquier hijo de vecino, y fue un calvario. Pero hoy, cuando paso al lado de alguien al que se le quedó el auto, sé exactamente lo que está sintiendo. Si no me detengo a darle una mano es porque lo que en realidad necesita es un remolque. Fue mucho más valiosa esta lección que la gravedad de aquellas enojosas desventuras mecánicas.

Las bofetadas de la existencia nos dejan también otro aprendizaje, casi tan crucial como la empatía. Si llegan en el momento correcto, y no nos enlodamos en sentir lástima de nosotros mismos (no lo hagan, por favor), depuran nuestro porvenir, vuelven a calibrar la brújula vital.

Cuando me convocaron para la Guerra de Malvinas, mi proyecto de vida era muy conservador. Amaba las letras y el periodismo, pero otros caminos parecían más seguros. La carrera académica, tal vez, o algo por el estilo. Sabía, íntimamente, que no era lo que quería hacer. Pero en aquellos tiempos la palabra vocación no tenía mucho valor. Sin darme cuenta, había elegido sobrevivir, en lugar de vivir.

Cuando vivir se puso entre paréntesis, cuando estuve a punto de perder lo que realmente importaba, entonces, y solo entonces, me di cuenta de la locura que estaba a punto de cometer. Cuando terminó la contienda y volví a vestirme de civil, era una persona por completo diferente de la que había entrado al cuartel casi dos meses antes. Tempranamente, había aprendido que solemos vivir como si fuéramos eternos. Y que no lo somos.

Tenía 21 años y era el momento de correr todos esos riesgos que antes me paralizaban. Más tarde sería demasiado tarde.

Las penurias son buenas maestras en otro sentido, del que se habla mucho, pero que ejercemos poco y nada. Nos enseñan a no juzgar. Muchos de los errores que cometemos suelen estar motivados por el miedo y el sufrimiento. Es fácil no equivocarte cuando no hacés nada, cuando no te das ningún porrazo, cuando te mantenés neutral. Si aprendemos esta lección, con el correr de los años cambiaremos el juzgar por la comprensión. No siempre es posible, entiéndase bien. Hay actos imperdonables. Pero la mayoría de las veces lo más imperdonable es ser incapaz de perdonar.

Y quejarnos. ¡Ay, cómo nos gusta quejarnos! Si pudiéramos convertir la queja en algo útil; no sé, en electricidad, por ejemplo. Sería una maravilla, porque a veces da la impresión de que no sabemos hacer otra cosa. Pero un poco por mi historia y otro poco por mis orígenes, he conocido muchas personas que la estaban pasando de verdad mal. Cuyas vidas eran difíciles en grados que muchos quejosos no podríamos siquiera empezar a imaginar. Recuerdo sus nombres, sus rostros y sus oficios, y recuerdo todavía algo más: nunca los oí quejarse. Por el contrario, con frecuencia, los oía cantar.

TEMAS EN ESTA NOTA