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Viajes

Las 10 etapas que superamos para decidir dejar la ciudad y vivir en el agua

Constanza Coll
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25 de julio de 2018  • 17:07

Tomamos la decisión de navegar, de viajar a vela, de tomarnos el tiempo para hacer lo que queremos y estar juntos, en familia, ver de cerca cómo crece nuestro hijo de dos años, Ulises. Siempre nos gustó viajar , pero la náutica nos llegó de grandes, no la heredamos. Tampoco somos hijos de nómades, pero sí fuimos juntando referentes viajeros a lo largo de los años. Hoy tenemos 33 años y elegimos dejar la vida que llevábamos en Buenos Aires, una buena vida, para apostar por más: tiempo y libertad.

Antes de tomar la decisión, estas fueron algunas de las etapas que atravesamos.

Aceptar que sólo se vive una vez

Constanza y su hijo Ulises navegando en Belice
Constanza y su hijo Ulises navegando en Belice Crédito: Constanza Coll

Este viaje no es un escape, una huida, una salida posible ante una crisis. En este sentido, tomar la decisión de dejar todo y zarpar fue bastante difícil. Había que renunciar a buenos trabajos, estables y fundamentales para cubrir las necesidades del día a día. Había que dejar la comodidad de nuestra casa, con los espacios de cada uno y todo lo que se acumula a través de los años. Y mucho más importante aún, tomar distancia de la familia, los hermanos, los abuelos, los amigos más queridos. Pero somos dueños de una sóla vida y, aunque suene a galletita de la suerte, hay que hacer valer sus días.

Entender que se pueden tener mil vidas en una vida

Si para nosotros siempre fue prioridad viajar, ¿entonces por qué hacerlo una o dos veces al año? Y esta posibilidad de volantear vale tanto para un gran viaje, como para un cambio de trabajo u oficio, o para empezar algo totalmente nuevo, de cero. Estamos convencidos de que se puede vivir varias vidas en una vida, que es posible cambiar, que no está todo dicho.

Ir de a poco: pasito a pasito

Ya navegaron por distintos destinos del mundo, como Nueva Zelanda
Ya navegaron por distintos destinos del mundo, como Nueva Zelanda Crédito: Constanza Coll

Este proyecto no surgió de un día para el otro, lo pensamos mil veces, por muchos años. La idea se encendía de tanto en tanto, en las vacaciones, en los fines de semana: hubiese sido masoquista tener el sueño siempre presente. Pero sin darnos cuenta, como quien no quiere la cosa, fuimos dando los pasos necesarios para que apareciera la oportunidad, para que todo se precipitara y nos encontráramos cara a cara con el viaje. Navegamos cada vez un poco más lejos, al principio con barcos que nos prestaron, y mucho más tarde con el nuestro.

El momento del click

Hace tres años pudimos comprar el Tangaroa2, un velero de acero de 9 metros, al que había que hacerle mucho, pero que tenía el potencial de una máquina para viajar. Con más esfuerzo (y amigos) que plata, lo fuimos poniendo a punto: le lijamos y pintamos el fondo, le mandamos a coser unas velas nuevas, cambiamos el motor por uno más potente, y sacrificamos la heladera para hacer un pequeño camarote para Ulises. Como un alpinista que llega a la cumbre y ya piensa en la siguiente, estando en Florianópolis, ahí sí, sentimos que era posible pasar del sueño al hecho. Ya no quisimos volver.

Aprovechar la oportunidad

Una gran parte de la decisión de hacer este viaje tiene que ver con la posibilidad. "Porque podemos", contestamos con Juan al unísono una vez que nos preguntaron el por qué. Somos clase media, y como tal, no siempre podemos tener lo que queremos, en el momento que queremos. Entonces, si queremos y podemos, ¿qué esperamos?

Armar la lista de pendientes

Hicimos una lista de las cosas que precisábamos sí o sí para seguir el viaje, para no tener que volver de Florianópolis y seguir hacia el norte. Y fuimos resolviendo una por una: seguro médico, instrumental náutico, un ingreso fijo mínimo, conectividad a bordo, vacunas. Al principio las preocupaciones eran muchísimas, no nos dejaban dormir, pero en la medida en que avanzamos, y dejamos nuestros trabajos, y pusimos en alquiler el departamento, y le dijimos a nuestra familia, fuimos despejando lo que de verdad importa: estar cada vez mejor. Todo lo demás tiene solución.

Surfear los impedimentos de tener un hijo

Al principio, puede parecer un problema pero pensándolo bien se convierte en un plus
Al principio, puede parecer un problema pero pensándolo bien se convierte en un plus Crédito: Constanza Coll

Cuando quedé embarazada , la mayoría de las personas insistía en que ahora empezaba la etapa "aburrida" de la vida, que ya no íbamos a poder viajar como veníamos viajando, y que la historieta del barco iba a quedar postergada hasta nuestra jubilación. Decidimos que no, que íbamos a seguir, por nosotros, pero sobre todo por Ulises: ¿Que por su culpa habíamos dejado de lado nuestros sueños?

Disfrutar las ventajas de tener un hijo

Hay que tener cuidados con los chicos a bordo, pero no son un impedimeento
Hay que tener cuidados con los chicos a bordo, pero no son un impedimeento Crédito: Constanza Coll

Está claro que cualquier madre / padre quiere darle lo mejor que tiene o que puede a sus hijos, ¿por qué íbamos a privar a Ulises de una vida de aventuras? No por nada, le dimos el nombre que lleva. Así que a los pocos días de nacer, ya estaba navegando en el Tangaroa2. Muy lejos de limitarnos, nuestro hijo potenció nuestras posibilidades, nuestra iniciativa. Fue por él, en gran parte, que nos animamos a tomar esta decisión.

Reconocer las fortalezas y debilidades de la pareja

Cada persona, pareja, familia, tiene sus puntos fuertes y sus puntos débiles. Es importante identificarlos, aprovechar todo lo que suma y ser consciente de los talones de Aquiles. Una fortaleza nuestra es que nos conocemos desde el jardín de infantes, y estamos juntos hace 15 años, así que sabemos bien con qué bueyes aramos; hacemos equipo, sin dudas nos animamos y queremos estar juntos 24/7. Por otro lado, una gran debilidad es nuestra ansiedad: a vela se viaja lejos pero muy despacio (unos 10 km/h), y el principal riesgo al navegar es estar apurado, hay que saber esperar buenos pronósticos para no exponerse.

Conocer las contras de la vida a bordo y tenerlas presentes

Uno lleva su casa a cuestas, pero es una casa pequeña, con muy poco lugar de guarda y casi ningún espacio de privacidad; se viaja barato, con la fuerza del viento, pero hay ciertos gastos que son ineludibles, como ser el seguro médico, la comida y algunas amarras para poder reabastecer al barco de agua y refugiarse las noches de mal tiempo. Otra debilidad es que Ulises no sabe nadar, pero al reconocerla podemos enfrentarla con un buen arnés, mucha atención a bordo y clases intensivas en el mar.

Sí, probablemente hubiese sido más simple seguir con la vida que llevábamos en Buenos Aires, que, insisto, era buena, teníamos "todo resuelto". Pero el esfuerzo y el desafío pagan con aventura, imprevisibilidad, novedad, anécdotas, tiempo y libertad. Si la apuesta es fuerte, se gana fuerte también. Al menos, esa es nuestra apuesta.

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