Los pasos más importantes, los senderos más pequeños

Francis Mallmann
Francis Mallmann PARA LA NACION
Crédito: Ilustración: Kalil llamazares
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29 de julio de 2018  

El paso de los años es un camino que parece largo cuando somos niños, pero un día nos despertamos y nos vemos rodeados por los recuerdos que relatan nuestra crónica de vida; propia y única, acariciada por abrazos, adversidad y las más bellas voces de la historia.

Ya bien encaminado en la suma de mis años, a veces me pregunto cómo fue que llegué hasta aquí. En qué momento crecí tanto, cómo pasó tan rápido el tiempo.

Parece que fue ayer cuando todo comenzó entre el consejo arraigado de las montañas y la fineza de susurros de un olfato visceral, rebelde y obcecado que siempre me habitó. Desde muy niño sentí una emancipación enorme sobre todo lo establecido, y si bien fui un niño más, ya a los trece nadie lograba convencerme de lo que debía hacer.

Si intento recoger de mi memoria los gestos que me trajeron hasta aquí y que formaron estas décadas, reconozco que quizás mis mejores compañeros de ruta fueron el amor, el optimismo y la intuición. No puedo omitir el lenguaje silencioso de la Patagonia, que sumado a los perros con los que pasé largas horas de cada día echado entre los pastizales del sol de mi niñez, me nutrieron de armonía. Ellos me enseñaron a vivir, lejos de los libros y el rigor de una educación que nunca acepté. Mirando el mapa que contiene el relato completo, puedo asegurar que los pasos más importantes fueron dados en los más pequeños e insignificantes senderos, lejos de las autopistas, aviones y palacios.

Entonces fueron quizás más los gestos geográficos de esta región de nuestro planeta, la Patagonia, que me dio mis más grandes enseñanzas cobijadas en la dicción del viento, la lluvia, la nieve y las nubes. Fueron ellos quienes nutrieron mi esencia, magnánimos y gallardos maestros, que lejos de las clasificaciones escolares dejaron dentro mío la guía que me acompañó -muchas veces sin saberlo- en cada decisión. Bertrand Russell, sobre sus ochenta años escribió: "Gradualmente haz que tus intereses sean más impersonales hasta que las paredes del ego se retraigan, logrando que tus días se fusionen con una vida universal. La existencia de un individuo debiera ser como un río: primero pequeño, estrechamente contenido por sus paredes, corriendo estrepitosamente sobre rocas y cascadas. Lentamente el río se hace más ancho, las paredes abruptas desaparecen y las aguas se vuelven más calmas y casi sin esfuerzo se entregan al mar. Sin dolor pierden su individualidad".

Todo esto me hace pensar en si somos verdaderamente respetuosos de la creatividad y sueños de los niños, o será que simplemente por una inercia de comodidad vamos adaptando la vida de ellos a lo que las culturas regionales nos ofrecen. Un niño debe ser muy fuerte para luchar por su independencia y sueños. Sí, los libros nos dicen que debemos decidir por ellos hasta su mayoría de edad. Pero debiéramos escuchar más lo que cada uno tiene adentro. Seguramente muchos de ellos no sientan un llamado desde tan corta edad para luchar por algo que no saben qué es, pero debiéramos incitarlos a descubrir esa voz interna que les habla, una mezcla de intuición y deseo que comienza a reunir los elementos que luego formarán una vida de trabajo, familia y amigos.

Quizás fue Antoine de Saint-Exupéry quien, a través de su libro El principito, mejor retrató la aguda sensibilidad de los niños que con enorme aliento de frescura muchas veces superan las ideas y conceptos arraigados de los adultos:

-Adiós -dijo el zorro-. He aquí mi secreto, que no puede ser más simple: solo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible para los ojos.

-Lo esencial es invisible para los ojos -repitió el principito para acordarse.

-Lo que hace más importante a tu rosa es el tiempo que tú has perdido con ella.

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