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Hambre de futuro

Angie quiere ser maestra pero le cuesta ir a la escuela por problemas de distancia

Micaela Urdinez
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30 de julio de 2018  • 01:36

Angie Rocío Cheuquellán tiene 7 años, le encanta leer y escribir. También dibujar. "Esto es un perrito, esto una gallina, esto una plancha. No sé hacer ovejas", dice en la mesa de su casa. Su sueño es ser maestra. Pero se le complica. V, un paraje ubicado a 177 kilómetros de Bariloche. Allí, queda su escuela.

Angie quiere ser maestra cuando sea grande

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Su papá, Bernabé Cheuquellán, la lleva todos los días en un auto muy viejo que suele averiarse porque el camino es de ripio, agarra pozos, se congela o cae nieve. De hecho, el mes pasado estuvo 20 días sin ir al a escuela porque se rompió el y no había plata para arreglarlo. Sin movilidad, la familia está aislada.

"Cuando eso pasa tengo miedo de que me hagan una denuncia porque no está yendo a la escuela. Le tuve que pedir prestada plata a mi hijo mayor para el arreglo y se la voy a tener que devolver", dice su padre, vestido con una campera negra y una boina marrón.

La gran mayoría de los productores tuvieron que enfrentarse a este mismo desafío, y decidieron mudarse al pueblo o construirse una casa ahí. Por eso se considera a Laguna Blanca como una aldea escolar: es uno de los pocos parajes de la zona que creció en el número de habitantes en los últimos años.

"En la aldea se concentran muchas mujeres y todos los niños de la zona rural que por la escolarización terminan migrando del campo. Todas las familias van construyendo sus casitas como pueden para que los chicos puedan ir a la escuela, y el hombre se queda en el campo cuidando a los animales", explica Franca Bidinost, extensionista rural de INTA Bariloche.

A Angie le encanta leer, escribir y dibujar
A Angie le encanta leer, escribir y dibujar

Por eso, los padres de Angie le están pidiendo a la Comisión de Fomento de Laguna Blanca, que los ayuden a construir una vivienda en el pueblo, para poder vivir allí los días de semana. El padre, se quedaría en el campo cuidando a los animales. "Lo que queremos es una casa allá para que Angie pueda estudiar. Para nosotros es un presupuesto de nafta ir y venir todos los días, y si no se te rompe nada. No puedo estar vendiendo corderos para mandar a mi hija al colegio", dice Bernabé.

Para su mamá, Mónica Cañuenil, los desafíos cotidianos a enfrentar son el frío, la falta de leña y el no tener plata para la comida. "La leña nos dan de el Plan Calor y sino compramos. Nos acaban de dar 20 bolsitas de refuerzo pero no nos alcanza. Ahora con el frío se consume mucho", dice Cañuenil, poniendo en evidencia lo arduo que es pasar el invierno en estos rincones del país.

Ella cobra la AUH por sus dos hijas menores, y lo demás, es lo que saca su marido con las cabras y las chivas. "La asignación son $2500, nada. Tenés que pagar cuentas y te quedás seca", se queja Cañuenil. Bernabé agrega: "Ahora le tengo que comprar la campera de egresados a mi hija que me sale $1500. Tuve que vender un cordero para poder pagarla. Yo no tengo sueldo de nada, tengo que vivir de mí".

Vive en el campo, a 20 kilómetros de Laguna Blanca
Vive en el campo, a 20 kilómetros de Laguna Blanca

El aislamiento siempre marcó la vida de su familia. Su papá tiene que hacer kilómetros a pie o a caballo para cuidar a las 200 ovejas que tiene y a su mamá, siempre le costó quedarse sola. "Por eso a José, el más grande, no lo mandé hasta los 7 años a la residencia. "Me daba miedo. Acá en la ruta hay gente desconocida, que le puede hacer algo a una mujer sola. Y el muchachito era corajudo. A la noche lo hacía dormir conmigo" cuenta. Leticia, la segunda hija, ya arrancó a los 6 años la residencia, pero Angie no quiso ese régimen.

Ella también se crió con la preocupación de la soledad de las mujeres en el campo. A la pregunta de qué es lo que más miedo le da en la vida, Angie responde: "Es cuando viene un hombre de golpe. Porque por ahí me puede hacer algo. Un día venía una moto por el camino, me asusté y al final era mi hermano", dice entre risas.

Para que no se atrase con los contenidos, su hermana Leticia, de 17, la ayuda a hacer la tarea. "Me tiene zumbando con las cuentas", dice Angie entre risas. Es que los Cheuquellán tienen muy en claro que la educación es el vehículo más importante para poder tener una vida mejor. Ellos encarnan un fenómeno que es da en toda la zona: hijos de padres con nulo o bajo nivel educativo, siguen estudios terciarios o universitarios.

El papá de Angie nunca fue a la escuela. Sus padres murieron cuando era muy chico y se crió en el campo. "Andaba de una casa en otra, siempre trabajando", dice Bernabé, mirando al piso. Su mamá, sólo terminó la primaria. José, su hermano mayor que tiene 21 años, es policía en Comallo. Leticia termina este año el secundario y quiere seguir estudiando. Y Angie también.

Angie juega con sus gatos - Lucky y Precioso
Angie juega con sus gatos - Lucky y Precioso

De ladrillos y con techo de chapa. Una cocina con comedor, un estar y dos habitaciones. Así es la casa de Angie. La construyó su papá con sus propias manos a lo largo de los años, sumándole ambientes. "Hace falta un techo para la otra parte de la casa y un piso que está hecho así nomás. Primero hice un salón y el año pasado hice esta pared. Las dos piezas se gotean. Todavía le falta mucho", dice Bernabé.

No tiene luz, ni teléfono, ni gas. El baño es una letrina ubicado a diez metros de la casa. Hasta allá tiene que ir Angie con su campera abrochada, la capucha puesta, sobre la nieve. "A veces usa el baño de afuera, pero cuando hace frío menos. Corriendo se venir", explica.

El único ambiente calefaccionado de la casa es el comedor con la cocina a leña. Ahí pasa la familia todo el día. Como no tiene clase, - o con sus muñecos de peluche. "Si pudiera pedir un deseo sería un oso grande de juguete", dice Angie. También le gusta jugar al fútbol pero en su casa no tiene con quién. Tampoco tiene vecinos porque no vive nadie cerca. Tampoco tiene televisión. "Los chicos juegan con lo que tienen, con los muñequitos, con los animalitos, se manejan", dice su madre.

La comida preferida de Angie es la sopa de arroz. Para su último cumpleaños su hermana le regaló unos anteojos con luces y una tiara con luces. Sus padres, no le pudieron dar nada. Cuando sea grande, quiere irse a vivir a un pueblo grande como Comallo o Menuco.

"Lo que más me gusta de mi casa son mis perros, Facha y Fiel, y las gallinas. Ayer les estaba dando comida y me quisieron picar. Yo se salir a caminar solita por el campo. Y también con mi papá a buscar a los caballos", dice Angie, mientras escribe una frase en un papel: "Yo voy a estudiar para maestra".

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