Macri huye de la pregunta maldita

29 de julio de 2018  

La política moderna es gestión y show: un equilibrio entre lo que se consigue y lo que se muestra. Sin moderación ni sutilezas, en la Argentina el juego se torció hacia un lado desde hace años. Viajamos hacia la decadencia entretenidos por relatos de hazañas imaginarias.

Cristina Kirchner encarnó la expresión máxima del exhibicionismo hueco, con sus alardes de progreso en un país que acumulaba miseria, cerraba sus fronteras, sufría inflación crónica, iba y venía de la recesión, falsificaba las estadísticas y toleraba la corrupción con la naturalidad de un fenómeno meteorológico.

La distorsión entre la realidad y el espejo cristinista potenció el hartazgo de la porción de la sociedad que elevó a Mauricio Macri al poder a fines de 2015. Era un candidato modélico para canalizar esa frustración; un hombre reacio al discurso, que quería terminar con "el verso" y prometía resultados rápidos.

La inercia del show kirchnerista le jugaba a favor. Incapaz de transformar al país a la velocidad que les había hecho creer a sus votantes, se aferró a un nuevo relato y navegó dos años de estrecheces económicas atado a una ilusión. Cambió "la potencia que somos" de Cristina por "la potencia que seremos si sabemos tener un poco de paciencia".

El gradualismo actuaba a su manera en el juego entre gestión y show. Un poco de sacrificio, mejoras a cuentagotas e inversiones revolucionarias que ya iban a llegar. Era eso o volver al kirchnerismo, con su cóctel de cepos, excentricidades y negociados. ¿Qué podía salir mal?

Pero la receta, efectiva en términos electorales y de paz social, se quemó con la crisis cambiaria que empezó a fines de abril. Macri transita el tramo final de su mandato con todos sus planes económicos desarticulados y no consigue encontrar el mensaje que alivie el desencanto de quienes confiaron en él. Ya usó en todas sus versiones la carta del aguante. Ni lo peor ya pasó ni quedan esperanzas para el segundo semestre. El año terminará con una inflación similar a la que había cuando asumió, el empleo cae, la pobreza cero suena a eslogan irónico, la inestabilidad financiera no invita a invertir y todavía no se hizo notar en toda su magnitud el freno de la actividad.

Enfrenta el trance ingrato de asumir las promesas incumplidas. Ya fuera traición, impericia o error de cálculo, ninguna explicación es tranquilizadora. Más comunicativo que en otros tiempos, el Gobierno intenta encontrar las palabras correctas y calibra el ajuste con el objetivo de que haya luz al final del túnel. Y que eso ocurra antes de que se instale la campaña presidencial.

La oposición los ha dejado solos en el escenario, con sus vacilaciones y contradicciones. Cristina dispuso un apagón del relato para no facilitarle a Macri el juego de la grieta. Ya habrá tiempo de apostar al desastre. El peronismo que se presenta como "racional" maquina una opción electoral lo más amplia posible que no parezca un Frankenstein.

Cerca de Macri creen que todo proyecto político de largo aliento atraviesa desiertos y a la larga sale fortalecido de esos trances. Aceptan el mal momento como algo reversible y centran su preocupación en el electorado propio. No es casual el excesivo énfasis del Presidente en mantener en medio del ajuste el esquema de bajada de las retenciones a la soja, una de las promesas que le garantizó la primacía en las zonas agropecuarias.

Para esa estrategia resulta alarmante la revelación sobre los aportantes falsos a la campaña de Cambiemos. La ética pública había sido el valor acaso más ponderado al constituir la coalición oficialista y en esta no vale el consuelo de que el kirchnerismo hizo cosas peores. Cristina y su gente jamás izaron la bandera de la transparencia.

Evitar escándalos, hablar "con franqueza", mostrar "humildad", apostar a una esperanza no muy lejana y exhibir esfuerzos para matizar el golpe al bolsillo integran el nuevo manual del Gobierno para reconectar con aquellos que confiaron en Macri y ahora dudan. No esperan resultados mágicos. La prioridad de momento es evitar que se hagan la pregunta maldita: ¿para qué los votamos?

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