Un paseo exquisito por la rue Bonaparte

Los secretos de una calle emblemática de París compartidos por Hugo Beccacece, de quien el autor traza una cálida semblanza
Jorge Fernández Díaz
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29 de julio de 2018  

PARÍS

Es una primavera radiante en París, aunque algunos días bordean el bochorno estival. En la terraza del Café de Flore, defendiendo una mesa con su persuasivo francés, nos espera Hugo Beccacece. Me caben las generales de la ley, porque somos amigos, pero la verdad es que le tengo tanto cariño como admiración. Traductor de Deleuze y de Magris, compilador de Thomas Mann, profesor de filosofía, crítico literario y cronista exquisito, escribió en la revista Sur y en el diario La Opinión, dirigió el suplemento cultural de la nacion de Buenos Aires y fue condecorado por Italia y por Francia. Ha publicado dos libros que son obras maestras: La pereza del príncipe y Pérfidas uñas de mujer. Allí compila algunos de sus artículos y reportajes narrativos más célebres; todavía quedan en sus cajones cientos de piezas magistrales, ejecutadas en la estela de Manuel Mujica Lainez y de Ernesto Schoo. Si alguna vez se confeccionara la Historia de la Literatura Periodística, Hugo tendría en ella un capítulo especial, porque ha elevado ese género al arte, a la erudición, a la creatividad, al descubrimiento y al preciosismo estilístico. Hugo Beccacece es uno de los más grandes escritores periodísticos de la Argentina, y debería ser estudiado en todas las escuelas de comunicación. Nos abrazamos y tomamos café. Y luego caminamos por la rue Bonaparte desde el boulevard Saint Germain hasta la ribera del Sena.

Beccacece hizo treinta viajes a Francia durante los últimos 35 años, y es testigo de lo que él llama "el París fantasma". Es cierto: nos señala casas anónimas y sin placas y nos cuenta que en ellas vivía tal actor, tal pintor o tal bailarín; que en determinado portal sucedió una escena amorosa o que un director de cine espiaba a su vecino en el fondo de un patio frondoso. Quedan, sin embargo, muchas maravillas que no son fantasmales. Nos muestra, por ejemplo, la librería Assouline, donde cada volumen es un monumental objeto de arte. Y donde sorprenden ejemplares enormes y brillantes que van desde el estilo Fred Astaire hasta Dior y Louis Vouitton, los autos imposibles, los relojes más raros, los cócteles de las celebridades y la vida de la esplendorosa María Callas, de la que Hugo tiene anécdotas secretas e irresistibles.

Beccacece en la plaza Furstenberg, próxima a la rue Bonaparte; la foto fue tomada por el escritor Isidoro Blaisten en abril de 1989
Beccacece en la plaza Furstenberg, próxima a la rue Bonaparte; la foto fue tomada por el escritor Isidoro Blaisten en abril de 1989 Crédito: Isidoro Blaisten

Seguimos por Bonaparte y nos señala otra librería curiosa: está dedicada a los autógrafos y a ciertos garabatos rápidos que produjeron personajes famosos de todos los tiempos. Venden allí esquelas, notas o mensajes breves, casi intrascendentes, pero siempre escritos a mano. Hay una nota banal de Cocteau que cuesta 3800 euros y otra de Freud que vale cerca de 4800, y que no es más que un aviso doméstico donde informa que se halla en momentáneo reposo. Hay una tarjeta manuscrita por De Gaulle, que cuesta 1700 euros, una de Delacroix (2000) y otra de Ravel (2200).

Más adelante nos detenemos en Venecia Studium, una tienda llena de tesoros e inspirada en el legado que dejó el grabador, pintor, diseñador textil y escenógrafo Mariano Fortuny. Este artista, que nació en Granada y murió en Venecia, hijo de un pintor español de enorme relevancia, fue decisivo para la moda: recuperó las viejas vestimentas griegas y creó su famosa túnica Delfos, un diseño que ahora vemos en la vidriera. Esa túnica está hecha con telas ligeras y con un complejo plisado; para conseguir un ondulado transversal, Fortuny tuvo que inventar una máquina con un sistema de poleas y rodillos. Revolucionó, a su vez, el tintado de las telas, con la idea obsesiva de reproducir los colores y texturas de la Antigüedad. Sus logros pueden verse en el Museo del Traje de Madrid, pero también en Venecia Studium, porque Lino Lando, un emprendedor italiano, investigó las fórmulas que Fortuny se llevó a la tumba y rescató su arte en Italia. Luego lo exportó con éxito a París.

Hugo habla con el encargado de esta tienda que homenajea a Fortuny, y nos quedamos encandilados por las lámparas que llevan su sello y que fusionan las culturas española, persa, islámica y griega con el Renacimiento y con el arte veneciano de los siglos XV y XVI. Son esculturas de luz. Beccacece nos recuerda que las telas de Fortuny son mencionadas por Proust, y que las damas de alcurnia se desesperaban por vestir la túnica Delfos.

Nuestro guía nos pide, unas cuadras después, que giremos a la derecha para ver el hotel donde se hospedaba Borges cada vez que venía a París. En el número 13 de la rue des Beaux-Arts quedan dos evidencias: una placa en el frente del edificio y el hall interno con aquella peculiar estrella negra de veinte puntas en el piso, sobre la que Borges se dejó fotografiar de pie; esa imagen cenital fue tomada por el argentino Pepe Fernández, y dio la vuelta al mundo. Borges fue conocido en Francia merced a los elogios del crítico francés Roger Callois, pero su fama tuvo en París un fuerte reflujo cuando Michel Foucault aludió a uno de sus textos breves en el prefacio de Las palabras y las cosas. Desde entonces la obra borgeana es seguida con fervor por los lectores más cultos de París.

Siguiendo la rue Bonaparte llegamos al Sena y regresamos, pispeando galerías y hablando de la vida. Disfrutamos de la mañana luminosa, y nos detenemos en La Rotonde, donde comían, bebían y discutían ardorosamente Picasso, Modigliani, Trotsky, Gershwin y Scott Fitzgerald. Almorzamos tartar de carne y salmón ahumando, delicias del lugar. No puedo resistir la tentación de sacar mi libreta y preguntarle a Hugo sobre su relación con esta ciudad. Me cuenta que comenzó en 1961, cuando salió del Colegio Nacional Buenos Aires y vino con sus padres a Europa. Un profesor lo había interesado por la historia del arte, y entonces anduvo paseando su joven curiosidad por los museos. En esos tiempos todavía la marabunta turística no había llegado, y no había que hacer cola para entrar en el Louvre, ni tampoco existía el museo de Orsay. Hugo visitó cada uno de esos días el Louvre, en cuyo último piso se amontonaban los impresionistas. También hizo un gasto que signaría su vida: compró los tres tomos de En busca del tiempo perdido y El mundo de Marcel Proust, que venía con fotos e ilustraciones. Leer la ficción de ese gran prosista universal, que está compuesta por siete novelas, le llevó dos años, puesto que Hugo no dominaba todavía el francés y debió armarse de paciencia y un diccionario. Años más tarde traduciría al español El abrigo de Proust, de Lorenza Foschini, obra irresistible para los proustianos.

Beccacece regresó a París en 1976. Pero el año de la revelación fue 1979, cuando vino solo y se instaló un mes en la casa de una amiga. Aquella Argentina gris y represiva de la dictadura militar contrastaba con los colores, el desprejuicio y la libertad de París. Conoció la noche parisina, sus discotecas, sus sótanos, sus cines, sus películas prohibidas. Su locura y su bohemia y también su lujo. Desde esa fiesta para los sentidos viajó casi todos los años a la Ciudad Luz, donde afirma que vivió su juventud tardía. Hablamos de gente con la que trató. De Victoria Ocampo, que se hospedaba en el Ritz. De Bioy y de Silvina; de Manucho, que vivió y estudió aquí en la década del 20. También de su amigo Bruno Gelber, que triunfó en París, y además de Piazzolla, que se alojó en el mismo atelier donde dormimos nosotros, en el corazón del barrio de Le Marais.

Flota alrededor de Hugo cierta melancolía, pero dos días después nos volvemos a reunir para una cena de despedida y ya ha recuperado su ironía punzante y sus recuerdos porteños, que están plagados de hechos novelescos: distintos personajes de Buenos Aires le han referido, en la intimidad y a lo largo de cuatro décadas, historias espectaculares, llenas de sutileza y humor trágico. Son infidencias profundas y divertidas, que Hugo jamás escribirá, puesto que es discreto y no traiciona, ni siquiera bajo los mantos de la ficción. Además de ser uno de los más grandes escritores periodísticos de la historia, Beccacece es un narrador oral irrepetible, un Macedonio de la anécdota, la descripción justa y el detalle inconveniente.

Nos abrazamos en el boulevard Montparnasse y volvemos caminando a casa. Sobre la ribera derecha del Sena, un adolescente francés está seduciendo a una chica oriental. Al pasar a su lado, escuchamos una sola palabra: Schopenhauer. Abajo, al borde mismo del agua verde, cientos de chicos comen foie gras y comparten vino blanco. Una multitud de jóvenes que, a pesar de la hora, se niega a levantar campamento. Unos pasos más allá, un viejo se asoma al balcón, nos sonríe y saluda: " Bonne nuit". Y cierra las persianas. Parece la única persona en todo París que va a dormir esta noche.

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