De la desolación al gozo, hay muchas maneras de estar solo

Santiago Kovadloff
Santiago Kovadloff LA NACION
No estamos en un páramo cuando nadie nos acompaña, ni acompañados, forzosamente, cuando hay alguien a nuestro lado
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29 de julio de 2018  

La idea de la soledad suele verse teñida por la descalificación cuando no por el rechazo. Sin embargo, vivenciarla puede ser placentero y, como tal, rotunda contracara de esa impugnación. Soledades convendría decir entonces, y ya no soledad. A veces, solo a veces, un íntimo vacío. Y, nada más que a veces, un no tener con quién. No siempre un sentimiento de abandono ni únicamente ineptitud para generar buenos vínculos. Sin duda y también, inmersión en el sinsentido, pobreza o el hielo del aislamiento involuntario. Porque hay, es cierto, horas en las cuales las pérdidas, el pesar que ellas deparan o la tristeza, nos arrinconan lejos de todos. En horas así ni siquiera pareciéramos estar entroncados en nuestro cuerpo; el alma vaga sin fijar residencia en nada que le brinde amparo. Y estar solos resulta abrumador.

Pero puesto que ninguna acepción de la soledad es única ni forzosamente la última, ella bien puede, asimismo, remitir a una forma posible de la alegría, del gozo, del buen trato con uno mismo y ser otra modalidad de un encuentro propicio, una emoción fecunda, una oportunidad en suma para desconocerse o reconocerse de manera inusual y grata.

No diría de mí que soy un solitario, si por tal cosa se entiende un hombre sin amigos o, menos hondamente, un hombre sin vida social. Lo soy en cambio y eso sí lo afirmo, porque tanto como estar bien acompañado me deleita estar solo. Y no en desmedro de nadie sino por afición a esos momentos venturosos y muy míos en que leo, escribo o dejo que la música se adueñe de mí y de todo lo que me atañe al convertirme en oyente absoluto.

Disfruto también de la soledad al caminar sin rumbo y sin compañía, anónimo y contento, sin ideas ni preguntas, sumido en un puro ver, en un puro andar, en un ir y venir que nada se propone, a no ser dejarse ganar por la emoción de esa errancia.

Hay que decir, por eso, que no necesariamente estamos en un yermo cuando nadie nos acompaña; ni acompañados, forzosamente, cuando hay alguien a nuestro lado.

Suele ser así: los que saben habitar su soledad son los que mejor disciernen qué significa estar en buena o mala compañía. De modo que, insisto, no hay soledad sino soledades.

Otro de los rostros de la soledad, no menos real que el de su expresión afortunada aunque amargo como pocos, es el que viene a decirnos qué lejos estamos a veces de significar para otros lo que nos agradaría. Es la soledad afincada, como una herida incurable, en aquel a quien lo desvela el recuerdo de alguien amado que lo dejó.

Y hay otras formas del abandono real o imaginario que se rozan con ésta. Nunca pude olvidar, por ejemplo, aquel episodio en el que la soledad fue, para mí, devastación. Tendría siete años. Salíamos de un cine céntrico mis padres, mi hermano y yo. Nos rodeaba una muchedumbre. De pronto, sin saber cómo, me encontré solo, envuelto en una marea de gente extraña, en mitad del gran vestíbulo que llevaba a la calle. Empezaba a anochecer. Miré hacia un lado, hacia otro, extendí los brazos, me volví hacia atrás con desesperación. Me ahogó la angustia, empecé a llorar. No veía a mis padres, a mi hermano; no me veían. Esa soledad era mi propia ausencia. Yo era ese que no estaba. Un gemido, un abandono, ese miedo, ese no ser.

¿Y cuántos no son los solos que en estos tiempos de conexión hiperbólica deambulan como espectros en las redes? ¿O los solos de todos los tiempos, sedientos de un instante de contacto que les permita ahogar su pena donde fuere? En un vínculo efímero en torno a un tema trivial, en cuerpos a su servicio que nunca llegan a ser suyos porque no los ilumina el encanto del encuentro. ¿O esos viajeros solitarios, no por elección sino a fuerza de no tener con quién? Conocí a una mujer que se desprendió de todos sus bienes y adquirió un suntuoso camarote en un transatlántico. Vivía a bordo y jamás bajaba a tierra.

Y como en todo, en ese caleidoscopio de contrastes cabe el amor que puede reunir dos soledades sin debilitar lo que cada una tiene de mejor, de más personal y provechoso, incluso para el vínculo cuando ese vínculo sabe nutrirse en la conciencia de que llegar a ser uno es lo peor que puede ocurrirle a dos que de veras se quieren.

Hay soledad en el secreto personal férreamente guardado y en el dolor inconfesable. La hay en el silencio que impone el miedo a decir lo que se piensa o el temor de ser incomprendido. Hay soledad en la necesidad de simular para no dar a conocer lo que se siente y se cree.

¿Y cómo llamar sino soledad al sentimiento tan difícil de compartir que se adueña de quien advierte, por el motivo que fuere -vejez, enfermedad o un peligro extremo-, que ya no anda lejos suyo la hora de la muerte? Ese desasosiego, esa intensidad, esa extrañeza, esa melancolía sin remedio -salvo para el creyente-, que se adueña del alma al sentir que, como dice el poema, "es llegada la hora del adiós".

Pero nadie está más solo que aquel que se ve como un ajeno absoluto al que nada sino la desesperación lo une. Es la soledad que aterroriza, la de ese desconsuelo sin atenuantes que lleva a preferir la muerte al dolor de seguir siendo ese que se es.

En tajante contraste con ella, se alza la soledad del que intuye emocionado el maravilloso enigma que encierra su singularidad, el de ser una presencia, una criatura; uno por una única vez. Es ésta la soledad del instante en que nos gana el estremecimiento de sabernos vivos y que tan bien pintó Fernando Aramburu: "Lo raro es vivir, figurarse la eternidad, estrenar una camisa".

La soledad puede ser también un resplandor que proyectan las cosas en ciertas horas del día. Cuartos, floreros, sillas, vasos a medio llenar que descansan de los ojos que usualmente los buscan y del uso que suele dárseles. Y advertirlo es acceder a ese repliegue de las cosas que es su modo de estar solas.

Yo disfruto de las calles solitarias de la ciudad en las horas matinales del domingo. O del paisaje al que dan forma esas figuras aisladas que se dejan ver en las plazas con un libro entre las manos. Y están los que desconsuelan y abruman, los solitarios que duermen arrinconados en una vereda, o despiertan al vacío de sus vidas sin pan y sin abrigo, cubiertos por la mugre y el abandono, a merced del olvido y la locura.

¿Y los buenos recuerdos que hemos perdido en la marea de los años, no nos dejan acaso un poco más solos? Nombres, sitios, un abrazo. ¿Y los otros, los malos recuerdos que no ceden y atormentan, no prueban que somos también seres expuestos, inermes, a merced de un íntimo tajo, seres muchas veces desolados? ¿Y cómo no advertir que hay entre las palabras desolado y solo un parentesco evidente; la referencia a un padecimiento común que las homologa?

Se ha dicho que las masas son multitudes integradas por solitarios que compensan su inconsistencia personal mediante el fervor de lo colectivo, disolviéndose en el vértigo de lo multitudinario. Es cierto, pero no solo es así. Hay también auténticas comuniones de almas bien perfiladas en esas manifestaciones de incontables que se agrupan en una avenida, en un estadio, en una marcha o en una procesión; encuentros que potencian mediante la confluencia en un gran conjunto, la propia presencia, la singularidad de cada uno, alentando la percepción del otro como un prójimo complementario, generando fraternidad. Cuando esto ocurre, es la soledad del individualismo, del egoísmo, del aislamiento, lo que se quiebra en el entusiasmo del encuentro, de la emoción compartida; en el alivio y la alegría de lo social. Y dígase de paso y para terminar que buena falta le hace, a un país como la Argentina, valorar esa convergencia y llevar a cabo ese triunfo del encuentro colectivo sobre la soledad del fragmento.

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