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Murió María Concepción César: adiós a una actriz esplendorosa

La artista, de 91 años, se destacó en radio, cine, televisión y teatro
La artista, de 91 años, se destacó en radio, cine, televisión y teatro Fuente: Archivo
Marcelo Stiletano
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26 de julio de 2018  • 19:37

María Concepción César llegó en plenitud al final de su larga y fecunda vida, que acaba de apagarse definitivamente. Le faltaban apenas tres meses para cumplir 92 años. En 2014 confesó que se sentía "espléndida" y atribuyó ese estado de ánimo al camino elegido para llevar adelante un recorrido artístico que jamás supo de pausas o de obstáculos visibles. "Mi vida intelectual y emocional es muy intensa. Cuido mucho mi carrera y mi espíritu. Para vivir pasivamente como un vegetal es mejor irse antes", dijo por entonces.

Tenía mucho por hacer, por dar y por compartir. Lo hacía a través de entrevistas televisivas, homenajes y reconocimientos que nos ayudaron a construir el retrato de una de las mujeres más esplendorosas que tuvo el espectáculo argentino en toda su historia. Supo lucir en su apogeo una figura de admirable y voluptuosa belleza natural que se hizo imposible de alcanzar hasta para algunas de las más famosas vedettes que fueron contemporáneas suyas. Pero a pesar de ese perfil escultural, destacado sobre todo en la perfección de sus piernas, no fue el teatro de revistas el lugar en el que más se destacó. María Concepción César fue una estrella completa, pero el teatro era su lugar preferido en el mundo. "Del teatro no me fui nunca, nunca me bajé", le dijo a LA NACION en 2008, mientras estaba a punto de estrenar en el Payró Interviú, retrato de una gran diva del espectáculo que decide retirarse de un día para el otro de la actividad.

Parecía un papel escrito a primera vista para ella, pero solo en la ficción artística. En la vida real, según le reconoció a Alejandro Cruz en esa entrevista, su existencia estaba en las antípodas de esa suerte de símil de Greta Garbo. Se sentía bendecida por una vida plena e intensa de actividad constante en la radio, el teatro, el cine y la televisión. "Nunca quise quedarme en mis veinte años. La vida pasa. Soy una mujer que ama lo que hace, amo al teatro, amo todo lo que sea la expresión. Hce cosas muy hermosas en televisión, hice musicales, muchas comedias, cine. Ahora vivo mis momentos muy tranquilamente", contó. Aunque se detenía para aclarar que esa tranquilidad era relativa. "Ninguna actriz puede vivir tranquilamente si no trabaja", admitió.

Había nacido en el barrio porteño de Floresta el 25 de octubre de 1926 como Concepción María Cesarano. Estudió en el Conservatorio Nacional de Arte Escénico de esta ciudad, con la guía de Antonio Cunill Cabanellas, y debutó veinteañera en el cine con un breve papel en Pampa bárbara (1945), de Lucas Demare. Después llegaron, entre las décadas del 50 y del 70, El crimen de Oribe, Rosaura a las diez, La madrastra, La barra de la esquina, María Magdalena, Hotel alojamiento y Los chantas, en la que se animó a un desnudo completo con casi 50 años.

María Concepción repasa su carrera en el ciclo En Foco - Fuente: YouTube

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Le sobraba talento como actriz, cantante y bailarina, y supo ganarle siempre al tiempo entregando todas esas facetas, juntas o por separado, en personajes que atravesaron varias generaciones de su trayectoria. Pasó por obras clásicas de autores argentinos y extranjeros (De Seis personajes en busca de autor, de Pirandello, a Un guapo del 900, de Eichelbaum y de El enfermo imaginario, de Moliére, a El conventillo de la paloma, de Vaccarezza) y triunfó en comedias musicales tradicionales ( Can Can, Todos en París) y modernas como el Houdini que dirigió Ricky Pashkus en 2005.

Tuvo una destacada presencia radiofónica, cuando las emisoras porteñas se aseguraban la exclusividad de sus grandes figuras, como le ocurrió a ella con Splendid. Y conquistó buena parte de su enorme popularidad gracias a una presencia constante en la televisión, sobre todo de la mano de Alejandro Romay. Sus primeros pasos en la pantalla chica fueron a comienzos de la década del 60 con Esquina de tango, junto a Enrique Dumas, y tuvo en esa década su primer gran éxito como estrella de Tropicana Club, un musical convertido ya en clásico histórico de nuestra historia televisiva junto a Chico Novarro y Marty Cosens. Después llegaron innumerables participaciones en programas ómnibus y shows ( Sábados de la Bondad, Grandes valores del tango), especiales ( Alta comedia) y ficciones muy recordadas en clave de comedia ( Todo el año es navidad) o telenovela ( Vos y yo toda la vida, Amo y señor). Cada aparición de María Concepción César como figura permanente u ocasional era una nueva muestra de talento y versatilidad interpretativa. Ningún papel le quedaba chico, ningún personaje le parecía ajeno, distante, forzado o artificioso.

Sin embargo, con tanto prestigio ganado y tantos reconocimientos cosechados sin pausas, nunca quiso conservar en su hogar más que una pequeña muestra de ellos. "¿Sabés por qué está así la casa sin fotos ni premios? Porque quiero que cuando vienen mis hijos a visitarme vean a su mamá, que no vean a la figura. Quiero eso, porque bastante habré no estado con ellos. Querido mío: yo era una esplendorosa muchacha que salía de un contrato y se metía en otro. En un momento de mi vida tuve que trabajar mucho. Era para marcar pautas a mis hijos. Quedé viuda muy joven y no había otra posibilidad. En algún momento era una máquina más, no paraba", sostuvo en aquélla conversación con LA NACION.

Después de disfrutar de toda clase de éxitos, eligió consagrar la vida a sus dos hijos y a sus nietos, pero sin perder de vista nunca su identidad y su vocación. Alcanzó ese raro equilibrio que tantos artistas anhelan y no pueden alcanzar. Darse el gusto de seguir con la actuación mientras no dejaba de recibir premios (ganó el Konex, el Quinquela Martín, el Pablo Podestá, el Susini y un reconocimiento otorgado por el Congreso Nacional en 1999) y a la vez dedicar todo el tiempo que quiso a su familia y a otras cosas seguramente más personales y más sencillas. Allí debe haber encontrado el secreto que le permitió llegar al final sin perder nada de su admirable esplendor. Alcanzaba con verla en todas sus fotografías, las de su juventud y las de tiempos recientes, para comprobarlo: en cada una de ellas nunca dejaba de sonreír.

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