Por qué le gritamos a nuestros chicos y algunas estrategias para evitarlo

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27 de julio de 2018  • 16:50

Por más que sean lo que más queremos, a veces los hijos son los que más caras largas reciben de nuestra parte. Y en la calle, shoppings o plazas, es bastante normal escuchar a los padres levantar la voz para disciplinar a sus retoños.

El problema es que, aunque pueden llamar su atención e incluso hacer que dejen de portarse mal de forma inmediata, nuestros gritos y las expresiones faciales que los acompañan, pueden ser recibidos por los chicos como duros o agresivos. Entonces, como todo padre o madre sabe, si pasan a portarse bien, en muchas ocasiones no será porque hayan aprendido algo o porque lo hayan decidido, sino porque están asustados.

¿Por qué les gritamos?

"Esto tiene que ver con lo demandante que es la tarea. Dependen tanto de nosotros que la energía que depositamos ahí es enorme. A veces, no podemos mantener la calma ni colmar sus necesidades emocionales, porque no tenemos las nuestras cubiertas, o porque no tenemos resto", explica Belén López Medus, psicóloga especializada en terapias parento-infantiles.

Además, en ocasiones los padres nos enojamos por un tema de expectativas, que pueden estar alejadas de la realidad. Muchas veces esperamos que hagan cosas que no pueden, o que razonen de formas que todavía no aprendieron.

"En esos momentos en los que se portan mal, es muy importante mantener la calma para poder poner el límite de forma correcta, porque es cuando más nos necesitan. Requiere un trabajo y un hábito, pero rinde sus frutos", dice la psicóloga.

El grito, ¿es efectivo?

Investigaciones científicas demostraron que gritarles a los hijos no tendría un efecto positivo en su desarrollo. Por ejemplo, un estudio publicado en 2013 en la revista científica Child Development, concluyó que, en el caso de los preadolescentes y adolescentes, la disciplina verbal muy severa podría incluso volverlos más propensos a mentir, a obtener malas calificaciones en la escuela y a pelearse con sus pares.

Para López Medus, el poner límites tiene dos objetivos: "A corto plazo, que se porte mejor hoy; y a largo plazo, que adquiera habilidades para el día de mañana, como por ejemplo respetar al otro".

Para el objetivo a largo plazo, gritar no sería efectivo, explica. "Lo que brinda el grito es desconexión. El niño aprende a cortar sus acciones por temor, las inhibe".

"El comportamiento que muestra es expresión de lo que siente. Si yo le grito y él detiene lo que está haciendo por miedo a que yo siga gritando, pasan dos cosas: 1. Va a cortar el mal comportamiento porque se asustó, pero no va a aprender a regularlo y 2. Me voy a perder la oportunidad de entender qué le estaba pasando y por qué hacía eso", advierte.

Estrategias para evitar el grito

Incluso cuando tenemos la intención de no levantar la voz, no siempre es fácil mantener la calma. Pero estas herramientas podrían ayudar:

1. Resignificar el "tiempo afuera". La idea es que no sea un castigo para el niño, sino plantearlo como un descanso para que ambos puedan serenarse, antes de dar el límite. Se le puede decir: "Ahora mamá está muy enojada así que se va a ir a tomar un vaso de agua mientras vos te quedás acá tranquilito sentado. Vamos a tomarnos un momento para estar más calmos los dos".

Al cabo de ese pequeño descanso, nos va a ser más fácil marcar el límite de forma clara. Un beneficio: vamos a mostrar al niño que nosotros también nos enojamos, pero que esperamos a serenarnos antes de actuar. Esto les enseña a adoptar también esta herramienta, señala López Medus.

2. Informarnos. ¿Por qué hace eso que está mal? ¿Es normal que lo haga? "Lo más importante es el cambio de mirada de la lectura que hacemos del comportamiento del niño. Si leo que es un malcriado, que me lo hace a propósito. es más difícil no gritar. Pero, si en cambio, lo leo como una conducta esperable de un niño de esta edad, que necesita de mi guía para aprender a hacer las cosas, es más fácil mantener la calma", dice.

3. Ocuparnos de estar bien. Para poder ser pacientes con nuestros hijos, y atravesar situaciones difíciles con la cabeza fría, necesitamos ser amorosos también con nosotros mismos. Es importante esforzarnos por mantener vínculos positivos, y nutrirnos con actividades que nos hagan bien.

"Ya grité, ¿y ahora?"

Además de padres somos humanos, y los chicos tienen la infinita capacidad de sacarnos de nuestras casillas. Por eso, es normal que alguna vez no logremos leer lo que necesitan nuestros hijos y por qué se portan mal, y se nos escape un grito.

Si esto ocurre, podemos capitalizar la experiencia utilizando una herramienta de reparación, que enseña López Medus en los talleres "Círculo de seguridad".

"Les proponemos tomarse un tiempo para reparar, cuando los dos ya estén tranquilos. Hablar de lo que pasó, preguntarle al niño qué sintió cuando mamá o papá les gritó, y pedirles perdón. Es una oportunidad enorme de demostrarles que los vínculos humanos son complejos, que me puedo pelear y puedo pedir perdón, y que después de la tormenta puede venir la calma", concluye.

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