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Paradojas y epifanías femeninas

CERA NEGRA Por Andrea Rabih-(Simurg)-147 páginas-($14)
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7 de marzo de 2001  

Son diez los cuentos que Andrea Rabih reúne en Cera Negra , su primer libro. Cuentos de diversa factura y alcance, pero que perfilan un mundo propio atravesado por contradicciones y obsesiones recurrentes.

Sería fácil concluir que el tono de los relatos en su conjunto, en los que la primera persona alcanza mayor profundidad que la tercera del singular, es el de la omnipresente literatura femenina, esa simplista argucia para dejar a ciertas obras escritas en el cómodo desván de los guetos.

Las protagonistas de Cera negra , es cierto, son mujeres, pero mujeres que se enfrentan con la realidad y con su ridículo con una mirada atónita, cercana al absurdo, en que sobresalen los hombres y su probable inutilidad, la risa, la melancolía y las epifanías paradójicas.

Los mejores cuentos son aquellos en que Rabih logra explotar, al unísono, todos esos recursos.

En "El Polaquito", una chica joven encuentra que la enfermedad que la aqueja puede ser compensada por el amor del médico que la trata y que finalmente se esfumará como un fantasma que nunca existió. En el que da título al libro, es el ritual femenino de la depilación el que actúa de disparador.

Otros relatos ("La Chacarita", "Los corredores del cuerpo") no carecen de hallazgos de efecto cómico, aunque por momentos su efectividad amenaza con diluirse en los guiños para pocos o en bordear peligrosamente la difusa frontera entre la ironía y el simple lugar común.

También encontramos un cuento como "Inconfesable amor". No es el más logrado, pero permite echar una nueva mirada sobre la relación entre los sexos desde el otro lado, a través de un narrador que, tierno y despiadado, observa por última vez, entre daiquiris y ginebra, a la mujer que ama y está a punto de casarse con otro.

La prosa es rápida, directa, condensada, sin rodeos. Pero lo que más llama la atención es la pulseada permanente que Rabih entabla con el lenguaje coloquial y su interesante uso de diálogos sin estilización. Su confianza en que detrás de las palabras de todos los días, en su verborragia y en sus intersticios, el lector podrá descubrir el eterno ridículo de los dramas íntimos y de las contradicciones cotidianas.

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