La conducta de los chicos cuando crecen

Maritchu Seitún
Maritchu Seitún PARA LA NACION
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28 de julio de 2018  • 00:29

Dije hace un tiempo que los más chiquitos no saben lo que significa portarse mal, necesitan recomendaciones más concretas como "hacéle caso a la maestra", "no revolees los juguetes" o "no le pegues al bebe". Entre los cinco y los seis años, con el surgimiento y la maduración de la conciencia moral, empiezan a darse cuenta de lo que se puede y, o, debe hacer, lo que está bien o mal, lo que es obedecer o portarse bien, y también sus contrarios, desobedecer o portarse mal.

Pero lamentablemente no alcanza con saberlo para que nuestros chicos al crecer tengan siempre una conducta adecuada. Además necesitan cierta fortaleza interna que los ayude a tomar las decisiones correctas. Por eso es que una y otra vez los retamos, nos desilusionamos, los amenazamos, los castigamos, y a la vez siguiente... se olvidan (¿será eso?) y vuelven a desobedecer.

Me resulta muy útil para la comprensión de las conductas de nuestros hijos un concepto del Dr. Donald Winnicott, quien en su libro Deprivación y delincuencia nos explica que cometer un delito, es para el niño un acto de esperanza de que alguien finalmente lo ataje, lo sostenga, lo frene, impida que siga actuando de esa forma. Dice que los chicos primero se portan mal en casa, si con eso no les alcanza, o si sus padres no logran contenerlos, o si sienten que dañan a sus padres con sus conductas, pasan a portarse mal en la escuela, y si aún así no logran sentirse contenidos, pasan a hacerlo en la calle hasta que van a la comisaría o a la cárcel, lugares que les ofrecen (o deberían ofrecerles) contención y cierta paz, porque no pueden delinquir estando bajo custodia policial.

Nuestros hijos no son delincuentes y seguramente tampoco lo sean cuando crezcan. Pero es muy interesante pensar en los problemas de conducta como intentos confiados, esperanzados de encontrar alguien que los frene, que los cuide de ellos mismos y de la realización indiscriminada de sus deseos. A ningún chico le gusta sentirse dañino, o malo, como Othar, el famoso caballo de Atila que, según cuenta la tradición, por donde pasaba no volvía a crecer el pasto.

El concepto de Winnicott nos permite ver confianza y esperanza donde antes veíamos desafío, testarudez, desobediencia, ganas de molestar, despecho, incluso maldad.

Hace unos años acompañé el proceso de adopción de un niño. Pasado el primer tiempo de "luna de miel" con su nueva familia, en el que ese portaba muy bien por miedo a perder ese paraíso recientemente conquistado, y también fascinado de tener una familia que lo elegía y lo quería, llegó una segunda etapa mucho más difícil en la necesitó comprobar que no lo iban a devolver, que lo querían a pesar de todo lo mal que pudiera portarse. Sólo después de un tiempo y de poner a prueba el amor, la fortaleza y la resistencia de sus padres pudo confiar en la incondicionalidad de ese vínculo y portarse como cualquier otro chico, a veces bien y otras no tanto.

No todos los niños necesitan poner a prueba la incondicionalidad de nuestro amor. Pero es importante comprender que todos los chicos necesitan saberse amados "a pesar de" muchas de sus acciones o palabras. Esta comprensión cambia radicalmente nuestra respuesta ante su desobediencia o su mala conducta.

Nuestros chicos no son malos, ni desobedientes, ni rebeldes, ni mal educados; les cuesta obedecer, dejar de jugar para ir a poner la mesa, a hacer la tarea, a bañarse, a ordenar, o dejar de molestar al hermanito. No siempre tienen suficiente fortaleza interna para hacer lo correcto, o lo que les pedimos. Nuestra tarea de padres consiste en lograr que hagan lo que les pedimos o que se atengan a las consecuencias por no hacerlo. Y el arte de la paternidad está en saber cuándo acompañar hasta que hagan lo que esperamos de ellos y cuándo en cambio dejarlos equivocarse, atenerse a las consecuencias de su conducta y aprender de la experiencia.

Recordemos que no está mal que un niño se enoje con su hermanito porque le sacó los marcadores de la cartuchera, lo que estaría mal es que le pegue. No estamos junto a ellos para enseñarles a pensar, sentir, desear, pedir, sino para que ellos, con nuestro acompañamiento y conectados con sus emociones, pensamientos y deseos aprendan a encontrar respuestas adecuadas para cada situación y a inhibir algunas conductas y, o, palabras inadecuadas, fuera de lugar o desproporcionadas.

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