Una de piratas, entre el chachachá y el buen humor

Fuente: LA NACION
Juan Garff
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28 de julio de 2018  

Sandokán, el pirata de las novelas de Emilio Salgari, fue la figura literaria recordada por una veintena de prestigiosos escritores de literatura infantil como protagonista de las lecturas que más habían marcado su propia infancia, en un seminario realizado hace unos cuantos años bajo la coordinación de Ruth Mehl, la crítica de LA NACION fallecida en 2010, a cargo entonces de esta misma columna. Una de las autoras que participó de ese encuentro fue Ema Wolf, quien abordó en varios de sus relatos peripecias de piratas, siempre desde el humor que caracteriza su escritura. Uno de ellos es La sonada aventura de Ben Malasangüe, que acaba de subir a escena en versión teatral, de Lionel Arostegui y Joaquín Salamero. Fue una de las diez seleccionadas el año pasado entre más de 500 en la Bienal de Arte Joven y la única destinada a público de todas las edades.

"Es un pirata que sale a destiempo buscando su suerte. Lleva adelante un sueño, aunque los pronósticos sean desfavorables", dice Arostegui, quien había leído el libro de Ema Wolf en su infancia: "Recuerdo de esa primera lectura la sensación de arrojarte a algo que no tiene un futuro cierto". Es que la acción se sitúa a mediados del siglo XIX, cuando la piratería ya había caído en desuso. Los barcos ya no llevaban tesoros a Europa, sino inmigrantes hacia los territorios americanos. Ben Malasangüe, cual Quijote de los mares, iza la bandera de la calavera impulsado por su sed de aventura, aunque el desfase temporal lo lleve a naufragar.

"Después de aventuras y desventuras terminan en la boca de un Riachuelo que olía a orégano, a pizza básicamente", señala Salamero, quien musicalizó la "sonada historia". Tomó la consigna literalmente. Los actores son a la vez músicos, o bien los músicos son los actores, los instrumentos generan música, pero también la escenografía. "Usamos la materialidad de los instrumentos como la materialidad del barco, del muelle, del espacio desde que zarpan de Nápoles hasta que terminan en la Malasia, pasando por América", dice Salamero. Así una trompeta puede ser también catalejo. Y suenan desde tarantelas y fanfarrias militares hasta ritmos de salsa, merengue y chachachá, entonados con saxo, trompeta, flauta traversa, timbales y congas, entre otros instrumentos.

La multifuncionalidad de los instrumentos es parte de un concepto de puesta para Arostegui: "Quedaron atrás algunos argumentos, algunas formas de hablar de las personas, de buenos y de malos, de roles encasillados, sobre todo con la forma de prestar atención a un material. Hoy por hoy tenemos otra manera de atender las cosas. El multitasking arrasó con todo. Si te intento trasladar una información de una sola forma en un tiempo prolongado te pierdo en el camino. Y a los chicos también. Se necesita hacer una relectura o revisita con la cotidianidad de hoy".

Frente a la tradición de propuestas más figurativas, Arostegui y Salamero apuestan a que el chico "complete una situación o un contexto de manera más virtual". "Trabajamos con las partes por el todo. Detrás del teclado construimos un balcón del salón, ahí estamos apelando a que la gente que lo ve nos preste un poco de su imaginación para completarlo, que los chicos nos ayuden a hacer la obra", explica Arostegui. Las luces y una pantalla también funcionan de ese modo: "Jugamos con mucha inmediatez en el cambio de colores, sin proyectar imágenes concretas, sino instalando un código, peligro rojo, mar azul, mar turbulento azul con verde -ejemplifica-. "Nos parece que eso ayuda a ubicar velozmente en tiempo y lugar".

Arostegui y Salamero no se perdieron la oportunidad de subir también ellos mismos a bordo. Uno es capitán y el otro, contramaestre en el barco pirata. Dos antihéroes que se lanzan a navegar con nuevos rumbos en la escena del teatro de los chicos. La sonada aventura... se puede ver hoy, a las 15, en Timbre 4, México 3554.

Por: Juan Garff

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