Suscriptor digital

Las cosas que llevamos de viaje

Héctor M. Guyot
Héctor M. Guyot LA NACION
(0)
28 de julio de 2018  

Es un comportamiento poco razonable, pero bastante frecuente. Al menos en mi caso. Dejo lo importante para último momento, quizá con la intención de ocuparme del asunto con la dedicación que merece una vez despejado el cúmulo de pequeñas tareas que siempre nos persigue. Pero el momento de sosiego no llega nunca, y acabo despachando aquello en lo que quería concentrar mis mejores esfuerzos en una carrera contra reloj y como sea.

Un ejemplo de este síndrome es la preparación de la valija ante un viaje importante. No es un asunto menor, como parece a primera vista. A fin de cuentas, vamos a estar cargando o arrastrando nuestro equipaje por aeropuertos, estaciones de subte, calles repletas de gente, pasillos de hoteles o casas particulares cuyas puertas se abren para recibirnos (a nosotros y a las cosas que hemos traído). Meter dentro de la valija lo justo y necesario es un arte tan difícil como preparar un buen cóctel: hay cosas que no pueden faltar y es mejor que nada sobre, porque viajar es de algún modo un intento de dejar atrás todo lastre, al menos por el tiempo que dure la travesía.

Mi hija mayor salió de viaje hace dos días. Habíamos acordado la salida de casa a las 11 de la noche, pero eran las 10.30 y todavía le faltaba hacer la valija. Cuando bajó con ella pensé que nos iba a costar cargarla en el auto. Traté de alzarla con una mano y sentí un tirón en la cintura. Le advertimos con mi mujer que le iban a cobrar unos cuantos pesos por exceso de equipaje. ¿Cómo decirle que es mejor viajar ligeros y lograr que liberara unos kilos sin crear una discusión justo cuando el tiempo apremiaba?

Aceptó con reticencia el consejo y abrió la valija en el piso para evaluar si había algo que pudiera resignar. Permanecimos alrededor de las entrañas de la valija como forenses que buscan, ante un cuerpo humano abierto, la prueba del crimen. Pronto dimos con la clave. Había allí dentro, ocultos entre la ropa, cinco pares de zapatos. Uno de ellos, para peor, tenía unas plataformas que más que suelas eran bloques compactos de madera. Mis esfuerzos para que se deshiciera de ese par encontraron una resistencia indoblegable. Pero al menos mi hija extirpó de allí unos zapatos negros de taco alto, un par de zapatillas, un suéter y una campera de jean. Todo eso junto produjo un cambio. Unas horas más tarde llamó desde el aeropuerto. Tras despedirse de su madre, quiso hablar conmigo: se había olvidado de cargar un libro y, desde la librería de Ezeiza, me preguntó por una antología de Raymond Carver que le atraía desde los textos de la contratapa. Le dije que la comprara sin dudar.

También yo llevo libros cuando viajo. Pero tengo una filosofía opuesta para el equipaje: cuanto más liviano, mejor. Solo hay que llevar lo imprescindible. El problema es que para determinar qué cosas revisten esa condición debemos hacer un ejercicio de futurismo: imaginar qué se puede encontrar uno en el camino. Y eso es difícil de anticipar, sobre todo en esos viajes en los que lo mejor, precisamente, es estar abierto a la sorpresa y tomar decisiones sobre la marcha.

En un viaje que hice por América del Sur más o menos a la edad que hoy tiene mi hija mayor partí con una mochila. Una cosa compré para llevar conmigo: el South American Handbook, una guía de mochileros con mucha información valiosa. Fue algo así como un compañero de viaje que me daba tranquilidad. Como ya estaba entrando el otoño, mis padres me compraron unas botas altas con corderito adentro. Al Handbook lo usé cada vez menos a lo largo del viaje, pero lo traje de vuelta. A las botas, bastante pesadas, las cambié en un mercado del Cuzco por un hermoso reloj Seiko que me duró dos semanas.

Años después, en un viaje por Canadá y Estados Unidos, decidí que lo mejor era viajar de tal modo que nadie al verme pudiera identificarme como un viajero o un turista. Llevé la ropa en un bolso Donnay, el mismo que usaba para ir al club a jugar al tenis. Así resultaría más fácil que me levantaran cuando hiciera dedo al costado de la ruta. Y así fue. Aunque la eficacia de ese bolso colgado al hombro fuera imposible de medir, a mí me gustaba atribuirle la buena suerte.

Además de lo que llevamos está lo que traemos de vuelta, acaso como una forma de prolongar el viaje. Porque en el camino vamos recogiendo cosas. De Canadá volví con tres discos, un libro de ensayos del poeta Gary Snyder y otro con láminas del ilustrador belga Folon, un regalo para mis padres. Mi madre después hizo enmarcar tres, que hoy visten una pared de su departamento. Podría apostar lo que sea que mi hija volverá con un equipaje mucho más pesado del que se llevó.

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.

Usa gratis la aplicación de LA NACION, ¿Querés descargala?