El papel de estos alimentos en la salud

29 de julio de 2018  

Frutas y verduras tienen en común su origen vegetal, pero no son iguales. Las primeras son más ricas en azúcares y las segundas, en fibra y almidón. Ambas son fuente de incontables micronutrientes, y de vitaminas B y C, cuyos efectos conjuntos son bienvenidos. Después de comerlas, su poder antioxidante y alcalinizante de la sangre neutraliza de forma positiva los efectos excesivamente acidificantes de la alimentación basada en cereales y alimentos animales.

El espectro de sus fortalezas se completa con el reciente conocimiento de su efecto sobre el desarrollo de una microbiota intestinal. No obstante, estos beneficios son de difícil comprobación cuando la población no es carente de ellos. Su mayor debilidad, que es su relativa pobreza en nutrientes esenciales, y su relativamente baja concentración de almidón y azucares comparada con la de farináceos, cereales y legumbres, puede transformarse en fortaleza en el momento de sustituirlos en la mesa de una población sobrealimentada.

Se han escrito numerosos artículos acerca de la importancia de frutas y verduras en la alimentación, pero es preciso aclarar que una recomendación tan amplia y poco especifica no puede ser vista inexorablemente como una garantía de salud. Los argumentos a favor más fuertes provienen de poblaciones que por motivos religiosos, convicciones nutricionales o bien porque sólo disponen mayoritariamente de vegetales en su entorno sufren menos frecuentemente algunas de las enfermedades características del mundo occidentalizado.

También la OMS afirma que una ingesta inferior a los 400 gramos por día se asocia con mayor morbimortalidad. Sin embargo, queda un espacio para dudar si los beneficios atribuidos a frutas y verduras no se deben -al menos en parte- a que estas integran un modelo alimentario libre de comestibles ultraprocesados, hoy sentados en el banquillo de los acusados de las llamadas enfermedades crónicas no transmisibles.

Yendo más allá, se debe ser prudente a la hora de hacer apología de un componente alimentario sin tomar en cuenta el resto de la alimentación cotidiana, otros factores ambientales, las características del sujeto (género, edad, momento evolutivo), clima y geografía, trabajo que realiza y estado de salud.

Las frutas y las verduras tienen en común su origen vegetal, pero no son iguales. Las primeras son más ricas en azúcares y las segundas, en fibra y almidón. Ambas son fuente de incontables micronutrientes, y de vitaminas B y C, cuyos efectos conjuntos son bienvenidos. Luego de comerlas, su poder antioxidante y alcalinizante de la sangre neutraliza de forma positiva los efectos acidificantes de la alimentación basada en cereales y alimentos animales.

El espectro de sus fortalezas se completa con el reciente conocimiento de su efecto sobre el desarrollo de una microbiota intestinal.No obstante, estos beneficios son de difícil comprobación cuando la población no es carente de ellos. Su mayor debilidad, que es su relativa pobreza en nutrientes esenciales, y su relativamente baja concentración de almidón y azúcares comparada con la de farináceos, cereales y legumbres, puede transformarse en fortaleza al sustituirlos en la mesa de una población sobrealimentada.

Se han escrito numerosos artículos sobre la importancia de las frutas y las verduras en la alimentación, pero es preciso aclarar que una recomendación tan amplia y poco específica no puede ser vista como una garantía de salud. Los argumentos a favor más fuertes provienen de poblaciones que, por motivos religiosos, convicciones nutricionales o bien porque solo disponen mayoritariamente de vegetales en su entorno, sufren menos frecuentemente algunas de las enfermedades características del mundo occidentalizado.

La OMS afirma que una ingesta inferior a los 400 g por día se asocia con mayor morbimortalidad. Pero queda un espacio para dudar si los beneficios atribuidos a las frutas y las verduras no se deben -al menos en parte- a que integran un modelo alimentario libre de comestibles ultraprocesados, hoy sentados en el banquillo de los acusados de las llamadas enfermedades crónicas no transmisibles.

Se debe ser prudente a la hora de hacer apología de un componente alimentario sin tomar en cuenta el resto de la alimentación cotidiana, otros factores ambientales, las características del sujeto (género, edad, momento evolutivo), clima y geografía, trabajo que realiza y estado de salud.

La autora es representante por la Argentina ante la Sociedad Mundial de Obesidad

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