Los experimentos de la vida eterna

Verónica Chiaravalli
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30 de julio de 2018  

¿Cuál es el precio de la inmortalidad? En Silicon Valley, la empresa Ambrosia (clara referencia a la ambrosía, manjar de los dioses) ensaya una respuesta posible: la transfusión de un litro de plasma proveniente de personas menores de 25 años, que promete -aunque no haya evidencia- el rejuvenecimiento de cuerpo y mente, cuesta 8000 dólares. No es el único emprendimiento en el "valle del futuro" volcado a la biotecnología. Jeff Bezos, de Amazon, ha invertido en investigaciones sobre la ralentización del envejecimiento celular y Larry Ellison, de Oracle, ha donado centenares de millones de dólares con un fin similar, en tanto que Google ha desembolsado cifras ingentes para crear Calico, su propio instituto para el estudio de la extensión de la vida humana.

Los anima una filosofía (además de la expectativa de un negocio formidable, claro): rechazan la "ideología de la ineluctabilidad de la muerte", final de juego que consideran "una realidad inconcebible", y trabajan en un porvenir "al estilo de Star Trek, en que las personas no se mueren de enfermedades evitables y la vida se comporta con lealtad". Lo curioso, más allá del pintoresquismo utópico, es el descubrimiento que hizo el sociólogo Nils Markwardt y que explica en un breve ensayo para la revista Philosophie: los nuevos cruzados de la vida eterna, que hoy dan batalla desde el corazón del capitalismo tecnológico, son herederos cuasi directos de los "inmortalistas" y los "biocosmistas" soviéticos de los años veinte. También ellos querían la vida eterna para el "hombre nuevo", como garantía del triunfo definitivo del comunismo.

Leyendo el trabajo realizado por Boris Groys y Michael Hagemeister ( La nueva humanidad. Utopías biopolíticas en Rusia a comienzos del siglo XX), Markwardt pudo trazar la línea que une ambos polos opuestos atravesando la centuria. Las transfusiones de sangre joven (Drácula lo supo primero) habrían sido experimentadas con éxito por el dirigente bolchevique Alexander Bogdanov, médico y escritor. En su texto "El combate por la vitalidad", cuenta el caso de un revolucionario de más de 50 años al que se transfundió la sangre de un veinteañero. Parece que inmediatamente el mayor aumentó su capacidad de trabajo, comenzó a ver mejor y a cansarse menos. Con el tiempo, Bogdanov sería víctima de sus propios experimentos, al inocularse la sangre de un estudiante enfermo de tuberculosis y malaria. El inmortalismo condujo al biocosmismo, centrado en la colonización de otros planetas, puesto que si el hombre iba a vivir para siempre (y aun resucitar) pronto necesitaría más y nuevos espacios.

El inspirador de estas búsquedas habría sido el pensador Nikolai F. Fedorov, cuyas ideas, desarrolladas hacia fines del siglo XIX encontraron seguidores como Dostoievski y Tolstoi. Markwardt recuerda lo que Fedorov sostenía: la humanidad debía emprender un esfuerzo tecnológico común para controlar totalmente la naturaleza, lo que significaba, sobre todo, que la muerte debía ser eliminada. Entre los científicos e intelectuales rusos, estos principios daban sustento filosófico al materialismo soviético. Dios, en su papel de salvador del alma humana, sería reemplazado por un Estado todopoderoso capaz de garantizarle al cuerpo una eternidad fabricada por la tecnología.

Vuelta de tuerca paradojal de la historia, quienes han tomado la posta de aquella lucha en el siglo XXI son las principales espadas científicas del capital. Algo une, sin embargo, a las viejas vanguardias soviéticas de la ciencia con los pioneros de Silicon Valley ("delgados, alimentados con semillas de chía y cócteles saludables", ironiza Markwardt): la fe en el progreso, y una certeza que -si se permite el anacronismo- encendería una polémica apasionante entre Platón y Aristóteles: la muerte ha dejado de ser un problema metafísico para convertirse en un problema tecnológico.

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