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El espía del mundo

Acaba de ganar el Premio Ciudad de Barcelona con Bartleby y compañía. Hoy se lo considera uno de los autores españoles más destacados de su generación
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21 de febrero de 2001  

Enrique Vila-Matas fue durante mucho tiempo el "raro" oficial de la literatura española: raro porque su obra no era muy abundante, pero "raro" también por inclasificable. Vive en pareja desde hace diecisiete años con Paula Massot, profesora de literatura, a la que él dedica sus libros como Paula de Parma. No tienen hijos por decisión mutua. Renuncia a toda solemnidad y aspira a no perder el sentido del humor. Le fascinan los boulevares periféricos y afirma que se sentiría triste en la Real Academia Española.

Años atrás, no llegaba a mucho público, a pesar de que siempre se lo consideró como uno de los escritores más originales, más precisos, más transgresores de su generación. Sin embargo, ahora es muy común verlo en presentaciones y como jurado de distintos premios (acaba de presidir el Casa de las Américas, de Madrid, que premió a un argentino); se lo entrevista y se lo cita a menudo. Su presencia no pasa inadvertida, su mirada llama la atención. Nunca se sabe si lo que cuenta es verdad o lo inventa. Siempre le pasan cosas extrañas, como si él mismo fuese uno de sus personajes.

Es un gran fabulador también cuando cuenta anécdotas y tiene una gran capacidad de fantasear sobre aspectos y hechos de su supuesta vida cotidiana. Le habían encargado traducir del inglés una entrevista de Julie Gilmore con Marlon Brando y, por no atreverse a confesar que no entendía palabra de ese idioma, optó por inventarse la totalidad de la entrevista. Vila-Matas contribuye a su leyenda: habla de policías que lo confundieron con el terrorista Carlos, de portugueses melancólicos que le cantan fados por teléfono, de ministros chilenos que insisten en casarlo con su querida Paula de Parma, de poetas malditos que tratan de secuestrarle para leerle sus poemas...

Dice estar más cerca de la libertad de los escritores latinoamericanos y de los centroeuropeos que de la tradición realista de los españoles. Acaba de ganar el premio Ciudad de Barcelona, que le otorgaron por su libro Bartleby y compañía. Enrique Vila-Matas nació en 1948 en Barcelona, "la Madame Bovary de las ciudades de este mundo", como afirma en su último libro, Desde la ciudad nerviosa , recientemente publicado por Alfaguara. Sus crónicas sobre la ciudad que lo vio nacer dan título a este libro, un guiño a Roberto Arlt que, en un viaje por el sur de España, contrapuso esas ciudades a las "ciudades nerviosas" como Londres, París o Berlín. Distribuido en cuatro apartados, el primero y el último recogen artículos periodísticos que pueden leerse como relatos, el segundo evoca los orígenes de su vocación literaria ("Soy escritor porque vi a Mastroianni en La notte , de Antonioni") y el tercero es una travesía por el antes y el después de Bartleby y compañía (Anagrama 2000), su última novela sobre los "Escritores del No" -como él los define-, los que han dejado de escribir, cuyo protagonista toma el nombre de aquel oficinista de un relato de Herman Melville que siempre respondía, cuando se le pedía algo: "preferiría no hacerlo".

En Buenos Aires sitúa el movimiento; en Barcelona, la quietud: "Buenos Aires es la ciudad más europea que conozco, más europea que las europeas, es la ciudad de una serie de escritores que me fascinan y que he mitificado, Arlt incluido. Es una ciudad que he visto guiado por la inteligencia aguda de Vlady Kociancich. Barcelona es otra cosa: es mi ciudad, pero apenas la veo porque me paso el día encerrado. Sólo hago incursiones nocturnas en algunas casas de amigos o en locales de toda la vida, donde no me pasa nada nuevo porque lo nuevo ya pasó hace mucho tiempo".

En sus últimos libros, apuesta por la estructura fragmentaria y el mestizaje de géneros porque, según él, "las editoriales siguen manteniendo el prestigio de la novela del siglo XIX, pero me he dado cuenta de que hay un tipo de lector que pide que a la novela se incorpore el pensamiento, el ensayo, y esa es una vía de futuro".

En realidad, Vila-Matas es un inconformista que investiga desde una postura auténtica y muy honesta nuevas fórmulas, nuevas voces narrativas, para plantear la historia que necesita contar, lo cual es evidente en Bartleby y compañía , "donde mezclo ensayo con ficción y busco un espacio abierto, de libertad, para dar a cada fragmento del libro el tratamiento de género que creo más adecuado: el cuento, el ensayo, la ficción, la experiencia, los recuerdos o la autobiografía ficticia". Al indagar en los motivos de cada uno para dejar de escribir, en este libro habla del mal endémico de la literatura contemporánea, de la pulsión negativa, del rechazo, mecanismo verdaderamente productivo para él como vía hacia otra clase de escritura venidera. El tema de los que abandonan la escritura, de Bartleby... , se ha convertido para Vila-Matas "en un callejón sin salida, del que dice estar saliendo airosamente con el libro que ahora escribe: la historia de alguien que está gravemente enfermo de literatura.

"Creo que voy en busca de estructuras cada vez más mestizas en las que se difuminan las fronteras entre los géneros y otras convenciones. Hay una serie de libros recientes que estarían en la línea de la literatura que en estos momentos más me interesa: Los anillos de Saturno , de W. G. Sebald, El arte de la fuga , de Sergio Pitol, Microcosmos , de Claudio Magris. Novelas como tapices que se disparan en muchas direcciones."

Un acto de felicidad

Desde hace veinte años escribe en un espacio muy pequeño, muy reducido, lleno de libros, el "cuarto oscuro" del que habla en La ciudad nerviosa , en el que ha reunido a todos sus autores favoritos: "No hay mañana en la que, a modo de lo que podríamos llamar calentamiento, no rescate al azar, en la oscuridad, un tomo y me ponga a releerlo en la cama hasta que me llegan unos deseos intensísimos de ponerme a escribir. Entonces, para mejor asegurarme de que todo irá bien, tomo un café, enciendo un cigarrillo y voy a esa ventana de mi casa desde la que puede verse toda mi ciudad. Allí fumo y pienso en la vida y en la muerte hasta que me llega la a veces engañosa sensación de que me encuentro ya definitivamente preparado para la escritura". Entre los escritores que más le interesan, cita a "Sebald, el Julien Gracq de las Lettrines , Piglia, Pynchon, Pessoa, Borges, Gombrowicz, Robert Walser, Georges Pérec, elbartleby chileno Juan Emar, César Aira, Sergio Pitol, Tabucchi, Monterroso..."

Su primera novela la escribió en Melilla, en 1971, en la trastienda de un colmado militar del que se le había pedido que cuadrara las cuentas. "Yo no empecé escribiendo para publicar. Escribía para no aburrirme. A lo largo de varios meses fui escribiendo Mujer en el espejo contemplando el paisaje . Vi que Juan Benet había escrito Una meditación en una larga frase compacta, sin un solo punto y aparte en toda la novela. Pensé que podía hacer lo mismo y que así disimularía mis defectos a la hora de redactar. Vi que Juan Benet -según se decía en la contraportada- acumulaba visiones como un pintor que, con los ojos vendados, fuera pintando paisaje tras paisaje en una misma tela. Decidí hacer lo mismo. En esa época, me dedicaba a dirigir cortometrajes. Tenía cierta imaginación visual y poca capacidad para contar historias. Lo de encadenar paisajes e imágenes, sin puntuar, ya me iba bien. Cuando en marzo de 1972 volví a Barcelona, le comenté a un amigo que había escrito una novela sin un solo punto y seguido. Con ese amigo nos veíamos casi todas las noches con Beatriz de Moura, que llevaba cuatro años dirigiendo la editorial Tusquets. Sin que yo tuviera nada previsto, ella me sugirió que le gustaría ver qué había escrito. Lo leyó y me dijo que le gustaría publicarlo en sus Cuadernos Infimos. Eso cambió mi vida. Publiqué el libro y de repente era escritor. Dejé de hacer cortometrajes".

Después se fue a vivir a París donde, en una buhardilla que le proporcionó Marguerite Duras, escribió su segunda novela, La asesina ilustrada , "un breve y enigmático texto semipolicíaco con el que empecé realmente a aprender a escribir. Necesité dos años para 50 folios. Otra chaladura. Hoy en día escribo para que me lean. Y sé que no tengo por qué justificar por qué escribo. Con toda seguridad se puede escribir sin preguntarse por qué se escribe".

Al levantarse de la cama, cada mañana lo motiva "que haya un día entero por delante. Los días son mucho más largos de lo que a primera vista parecen. En ese día siempre encuentro horas para escribir, que para mí es una gran pasión, sobre todo cuando alcanza momentos en los que uno parece estar comunicando con la felicidad misma. Me refiero a esos momentos en los que uno tiene la impresión de que, en toda la nulidad del hombre y de la vida, hay de todos modos unos instantes que hay que aprovechar. Escribir -decía Kis- es un don de Dios o del Diablo, poco importa, pero un don supremo".

Escribe siempre, "ni un solo día sin una línea". Las cosas (o fantasmas) que evoca con mayor insistencia y transforma en escritura son "la impostura, el tema de la identidad y del doble, la muerte de la literatura, la locura y el suicidio, las relaciones entre vida y literatura, la escritura comparada con el espionaje, todo esto animado por mis queridos personajes: los suicidas ejemplares, los hijos sin hijos, los shandys o portátiles, los viajeros verticales, los bartlebys. Hace tiempo que entre ellos intentan celebrar una fiesta para conocerse, pero no lo logran".

Riquezas de la contradicción

Sin duda, Vila-Matas mira y sabe mirar o, como él mismo ha dicho: "contemplar la vida como una gran sorpresa". Se suele hablar de su escritura lúdicamente poética, del extrañamiento, del humor que inquieta al lector y conmueve sus cómodas estructuras de ciudadano de la comunidad europea. Lo cierto es que enfoca desde una mirada que engloba la contradicción como mecanismo productivo, que ironiza sobre los castillos en el aire.

Se dice de él que es uno de los escritores que mejor espían lo que pasa por su lado, como el protagonista de su novela Extraña forma de vida , que espía a todo el mundo y también a sí mismo. El opina que las relaciones entre literatura y espionaje son endogámicas, que los escritores, además de espías, son voyeurs . Este vicio le permite concebir a sus personajes: "Uno va por la calle y se va cruzando con todo tipo de personas. A mí todas me interesan. Aunque para crear un personaje, yo también usaba un método estilo Raymond Roussel, pero desde luego mucho más modesto, que consistía en combinar tres cosas: a) elegía al azar una región de España, b) buscaba una frase de Kafka que me gustara, c) buscaba alguna causa por la que mi protagonista no tuviera hijos. Combinaba los tres factores en una especie de improvisado puzzle, y de ahí salía una historia nada autobiográfica. Por ejemplo, en "Volver a casa" (uno de los relatos de Hijos sin hijos ) mezclé tres cosas que en principio no tenían relación alguna: el clima maternal de un valle guipuzcoano, alguien que a veces cree que es un coleóptero kafkiano, y tercero: alguien que vende blusas a las mujeres de Tolosa y que no quiere casarse y tener hijos para no ser como su padre. De esta combinación salió la -para mí inesperada- historia".

A la violencia, opone el acto de la lectura, que implica el de la escritura. "Leyendo a los otros, o a nosotros mismos, poco margen veo yo para estallidos bélicos. Nada menos agresivo que un hombre que baja la vista para leer un libro que tiene en sus manos. Habría que partir a la búsqueda de ese recogimiento universal." Y concluye, parafraseando a Swift: "Nunca me sorprendo de ver hombres malvados, pero sí de ver que no se avergüenzan de ello".

Claves

Estilo: la originalidad de Enrique Vila-Matas radica en la mezcla de géneros que practica en sus libros. En sus ensayos, los personajes reales adquieren un aura de ficción, así como las reflexiones, en sus novelas, alternan con situaciones imaginarias.

Obras: Mujer en el espejo contemplando el paisaje, 1971; La asesina ilustrada, 1977; Impostura, 1984; Historia abreviada de la literatura portátil, 1985; Una casa para siempre, 1988; Suicidios ejemplares, 1991; El viajero más lento, 1992; Lejos de Veracruz, 1995; El traje de los domingos, 1995; Extraña forma de vida, 1997; Para acabar con los números redondos, 1997; El viaje vertical, 1999; Bartleby y compañia, 2000. Premio Ciudad de Barcelona. Desde la ciudad .

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