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Ser inmigrante en la era Trump: la experiencia de una docente argentina

Adriana Briff
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30 de julio de 2018  

NO PENSAMOS QUE IBA A GANAR

"Vuelvo antes de Mount Shasta, para votar". Fue el mensaje del padre de mi hijo ese día, antes de las elecciones. No pensábamos que iba a ganar, pero la geografía engaña. Vivimos en el área de la Bahía, en donde en los años 90 estalló el boom del Silicon Valley. El lugar conocido como el centro mundial de innovación tecnológica, donde un departamento de un dormitorio cuesta 2.500 dólares por mes. El lugar de la diversidad cultural, donde el pensamiento liberal, abierto y pluralista es fuerte.

Entonces pensamos. "no puede ganar". La soberbia, la burla, el desprecio, el racismo abierto y desenfadado, el odio al semejante. "no puede ganar".

Fui a votar con eso en mente, segura de que no iba a poder ganarle a Hillary Clinton. La última amnistía para dar estatus legal a los inmigrantes fue en 1989 y la hizo Ronald Reagan. Por esa amnistía yo podía votar. Después de ese año, que marcó un antes y un después, la única manera de obtener la residencia legal en Estados Unidos es casándose con un ciudadano norteamericano. Si el Partido Demócrata no lo hubiera frenado a Bernie Sanders, habría ido a votar contenta. No lo hice, fui a votar simplemente para parar al "hombre naranja" y poder seguir con mi vida en paz. Ese día todo estaba tranquilo y ordenado como de costumbre, pero yo no podía olvidarme del mensaje del padre de mi hijo. "El interior de California está poblado de carteles apoyando a Trump". Sentí miedo, pero me dije: "No va a ganar".

Cuando al final del día supimos los resultados, acosté a mi hijo y me quedé sentada escuchando el silencio. Era un silencio igual al de todas las noches, pero algo se escuchaba, algo distinto. Las voces de toda esa gente que votó al odio, que votó a un cambio drástico y dramático para la sociedad americana, acostumbrada al confort y a creer que las desgracias sólo pasan afuera.

Pensé que había caminado muchas veces por las calles, donde la gente sonríe y dice "hi", y me saluda quizá porque nadie hasta ahora le había dado el derecho a odiar, a despreciar, a decir abiertamente a los extranjeros, a los negros, a los discapacitados: "desaparezcan".

"Make America great again" en esa noche se volvió una amenaza real, concreta. Habían tomado el poder y ahora desde adentro nada volvería a ser igual.

Fuente: Archivo

EMIGRAR

Me fui de Argentina antes de que subiera Menem al poder. Tenía 24 años, una carrera terminada, un trabajo muy mal pago y nada de futuro. Mi sueldo me alcanzaba para 4 kilos de pan. Yo quería tener una vida independiente de mis padres y no encontraba la manera.

Cuando el padre de mi hijo me propuso venirme a San Francisco con él, no lo pensé demasiado. Si bien Estados Unidos era el último país que hubiera elegido para vivir, me enamoré de California apenas llegué. El espíritu de Allen Ginsberg, de Lawrence Ferlinghetti, de César Chávez estaba en las calles, en la vida, en las montañas. El fascismo era algo que veíamos en el cine y si bien los republicanos eran jodidos y los demócratas bastante hipócritas, era todo como un juego acordado, un tira y afloje que, cada cuatro años, se ponía un poco más pesado o menos pesado, siempre con injusticias y guerras lejanas a las que no apoyábamos y contra las que protestábamos. Pero el odio desembozado, la abierta discriminación, la intolerancia al otro me resultaba algo de minorías. Nunca imaginé banderas fascistas tomando las calles, neonazis rugiendo como bestias en las calles.

ESA NOCHE RECORDÉ EL HORROR

En 1992, Clinton ejercía su primera presidencia. Yo tenía 27 años y empecé a trabajar nueve horas diarias como babysitter para cuidar a una recién nacida. La madre era oriunda del sur de Estados Unidos, de un pequeño pueblo de Atlanta. Su marido era un hombre que no había terminado la escuela secundaria y tenía serios problemas de adicción. Su padre le había puesto como condición para heredar la plata de la familia, que se casara y tuviera al menos un hijo.

Un lunes por la mañana, llegué como todos los días a mi lugar de trabajo. Cuando entré a buscar a la bebé, me quedé sin aire. Sentada mirando un programa infantil, la nenita estaba rodeada de al menos setenta y cinco armas de fuego. Revólveres, pistolas de todo calibre, rifles de repetición. Todavía puedo verla en medio de las armas y todavía puedo verme, como si el horror hubiera plantado una imagen imborrable en mi memoria.

Con los años y la convivencia con la familia fui viendo y escuchando la manera que tenían de ver la vida. Había una enorme caja fuerte en el comedor de la casa, de metal y color verde. Todas las mañanas, él trabajaba construyendo la casa, ayudado por un albañil irlandés y dos muchachos mexicanos que se encargaban de las tareas más pesadas. Muchas veces yo le traducía las indicaciones que él les daba a los chicos mexicanos para que pudieran entenderle mejor.

Antes de empezar con el trabajo, mientras tomaba su café y preparaba su sierra y otras herramientas, él escuchaba en la radio el show de Rush Limbaugh, un comentarista ultraconservador, del estado de Florida. En esos años, el país gobernado por Clinton según ellos iba camino a convertirse en Cuba. Las arengas diarias, el tono burlón y sobretodo el resentimiento social a esa clase media liberal era en esa casa, donde yo vivía tantas horas, el pan de todos los días. La gran discusión era la tenencia de armas y todos en esa casa, hasta la bebé, eran miembros de la NRA (National Rifle Association).

A falta de diploma de estudios, en las paredes exhibían con orgullo, enmarcados, los certificados que acreditaba ser miembros de la NRA (National Rifle Association).

Un lunes por la mañana, llegué como todos los días a mi lugar de trabajo. Cuando entré a buscar a la bebé, me quedé sin aire. Sentada mirando un programa infantil, la nenita estaba rodeada de al menos setenta y cinco armas de fuego. Revólveres, pistolas de todo calibre, rifles de repetición. Todavía puedo verla en medio de las armas y todavía puedo verme, como si el horror hubiera plantado una imagen imborrable en mi memoria. "No te preocupes, estuve limpiando mis armas y cuando termine yo las pongo de nuevo en la caja fuerte. No tenés que hacer ese trabajo", me aclaró.

Ese día pensé: "Cómo hago para seguir trabajando acá".

Hoy están en el poder y me pregunto todos los días cómo hago para seguir viviendo acá.

LAKE MERRIT Y LAS MANOS ENTRELAZADAS

Después de saber el resultado de las elecciones, había una urgencia interna de hacer algo. Moverse, juntarse, sentirse unido a otros. En la escuela en la que trabajo, las maestras se reunieron, algunas lloraron, otras dijeron que no iban a permitir que los estudiantes sin papeles se sintieran atemorizados. Una sensación de gran desazón, de enorme orfandad nos llegaba a todos. Como maestros, como educadores, nos preguntábamos cómo torcer el mensaje que llegaba ahora desde el presidente de la nación. El mensaje de la supremacía blanca.

Muchas maestras dijeron que no lo nombrarían jamás y que nunca pondrían una foto de Trump en sus salones. Las que callaron en esa reunión no fueron muchas, pero era un grupo de silencio, porque ya no necesitaban hablar. Finalmente, después de tantos años, habían ganado. Lo que ellos llamaban la libertad a vivir en América, con armas, con odio, con desprecio, sin tener que fingir que queremos a todos, con absoluta honestidad: esa era estaba empezando.

Hay algo que muchos tuvimos siempre en claro y es que Trump no era una elección de política sino una elección de valores.

El 30 de junio pasado, hubo manifestaciones contra la política de Trump en 800 ciudades.
El 30 de junio pasado, hubo manifestaciones contra la política de Trump en 800 ciudades. Fuente: Archivo - Crédito: AP Photo/Rebecca Blackwel

La convocatoria llegó de un grupo llamado refusefascimsmo.org. Ese domingo, sola, con un cartel hecho a mano con una cartulina que encontré en la escuela, me tomé el subte para llegar a Oakland. Miles de personas, entre cinco mil y siete mil, se reunieron ese día, pacíficamente, frente al lago Merritt para abrazarse, darse aliento y decir: "No estamos solos y vamos a resistir".

La palabra RESISTENCIA se veía en carteles, en camisetas pintadas a mano, en las manos de los niños que marchaban con sus padres. Cuando llegó la tarde, mientras caía el sol, todos rodeamos el lago, dándonos las manos y gritando NO. Una intención, una decisión de vida.

Yo volví en el subte a mi casa, ya de noche, sola, con mi cartel doblado pensando que la pena de llegar tarde a la historia es mucha. Pero también sintiendo que tarde o temprano, tanta infamia desparramada por el mundo tenía que tocarnos los adentros. Se me llenaron los ojos de lágrimas y pensé en ese NO rotundo que dio la gente de mi país cuando se firmaron las leyes de Punto Final y Obediencia Debida.

Pensé en los pueblos y en sus destinos y traté de guardar el calor de esas manos para afrontar los días por venir.

LOS CAMPOS DE CONCENTRACIÓN

Desde hace dos años, el asombro no cesa y el horror recién comienza. La ley de tolerancia cero a la inmigración produce orgullo y aplausos en muchos seguidores. "Trump no es un charlatán, realmente va a llegar a las últimas consecuencias y las familias que exponen a sus chicos a cruzar la frontera ilegalmente, si quieren a sus hijos lo hubieran pensando antes", se escucha.

El canal de noticias Fox asegura que los miles de chicos separados de sus familia son actores, que lloran para las cámaras y que fingen dolor.

Una mujer de Irán, llorando, pidió que no acalláramos nuestras voces ante el abuso a los chicos. Una mujer norteamericana, llorando, dijo: "Tengo vergüenza de mi país, este no es el país que yo conozco y vamos a luchar hasta recuperarlo".

Para el el fascismo, los que creemos en la solidaridad, en la igualdad y en el respeto y cuidado al prójimo, pasamos a ser todos extranjeros. Por eso siento que el fascismo nos achica las fronteras. Nos deja en la orfandad de los sin tierra.

Siento que ante el fascismo desaparecen las fronteras territoriales y surgen las otras fronteras, esas que te marcan de qué lado sentís la vida.

Hace dos semanas, cuando las noticias de los campos de concentración en Texas llegaron a plena difusión, asistí a una noche de vigilia en San Carlos, California. La ciudad donde trabajo, donde tengo mis amigos, donde viven mis alumnos. Nos reunimos alrededor del City Hall, con velas. Éramos un grupo de ciento cincuenta personas, a la caída de la tarde.

Una mujer de Irán, llorando, pidió que no acalláramos nuestras voces ante el abuso a los chicos. Una mujer norteamericana, llorando, dijo: "Tengo vergüenza de mi país, este no es el país que yo conozco y vamos a luchar hasta recuperarlo".

Las buenas intenciones, los valores honestos, la lucha, todo está. Como argentina, estoy triste, no asombrada. En eso me diferencio con un norteamericano. Yo entiendo que ellos digan: "No puedo creer cómo en mi país está pasando esto". Yo los entiendo, pero no puedo olvidarme del Palacio de La Moneda bombardeado en Chile, de los campos de concentración en mi país, de la sonrisa de Kissinger, de las matanzas en Medio Oriente, de Palestina.

Todos los días me levanto, recuerdo las manos entrelazadas, salgo a la calle y sonrío y pienso que mientras siga el asombro, mientras la gente no se acostumbre a la normalización del fascismo, mientras nos movilicemos y no nos callemos ante la barbarie, hay esperanza. Porque como argentina, como ciudadana del mundo, creo que solamente hay algo que debería ser ilegal: el odio al semejante.

FAMILIES BELONG TOGETHER

De todas las marchas y protestas contra Trump, la del último día de junio tiene un clima diferente. Se habla de 2500 menores separados de sus padres, muchos de ellos desplazados sin paradero conocido. Algunos se sospecha que fueron trasladados durante la noche a Nueva York, se teme que hayan sido dados en adopción a familias de manera ilegal.

No es una marcha de protesta solamente, es una convocatoria para que la gente tome conciencia y actúe, se movilice y se eduque. Los voluntarios pasan con folletos que explican qué hacer si se ve una detención ilegal. Otros se ocupan de empadronar a la mayor cantidad de gente posible para las elecciones. Noviembre se ve cada día más como una urgencia para frenar lo que muchos norteamericanos llaman "la peor pesadilla".

Somos más de 20 mil personas frente al Civic Center en la ciudad de San Francisco. Una de las 800 ciudades que han convocado a movilizarse en todo el país, para demandar que los chicos sustraídos de sus padres, sean devueltos.

Una pancarta dice: "Nunca imaginé que iba a marchar para que saquen a criaturas de una jaula". Si una palabra pudiera elegirse para expresar el espíritu de esta marcha es "indignación". La comunidad judía progresista marca una presencia numerosa. Las mujeres musulmanas se muestran con sus carteles a pesar del riesgo. La sensación es de que la humanidad está en peligro.

En San Francisco, se reunieron más de 20 mil personas.
En San Francisco, se reunieron más de 20 mil personas. Fuente: Archivo - Crédito: Jim Wilson/The New York Times

Desde la plaza Dolores del Barrio Latino de la Mission llega una columna enorme que ha recorrido más de 30 cuadras antes llegar al Civic Center. Carteles, instrumentos de vientos y canciones, silbatos, todo sirve. Joan Baez toma el micrófono y dice: "Vamos a luchar con la ley y contra la ley cuando sea necesario, porque sabemos que deberemos recurrir a la desobediencia civil". Su inconfundible voz, en el día soleado, casi de verano, es una esperanza. Una caricia al dolor, un arma de lucha, otra vez ante la injusticia. "NO, NO, NO NOS MOVERÁN, como una roca firme junto al río, no nos moverán". Antes de irse, levanta el brazo y dice: "Nos vemos en la cárcel".

Se sabe de la gravedad de la situación de que esto no será fácil y que habrá vidas en peligro, pero también se sabe que la indiferencia no es la opción.

Si uno se conmueve y horroriza ante las noticias por la separación de los niños de sus padres, escuchar a una madre relatar cómo su hijito de 6 años fue arrancado de sus brazos y llevado a un campo de concentración, sin que ella pudiera evitarlo, paraliza. El agente de inmigración antes de usar la fuerza para sujetarla y arrebatarle el niño, le dijo: "sabías que te íbamos a sacar el niño, por qué lo expusiste a esto".

Ella cuenta su trágica historia y lleva 24 días sin saber dónde está su hijo. "Mami, no dejes que me lleven". Eso fue lo último escuchó.

EL DOLOR OCUPA EL AIRE

Un hombre sube y cuenta la última vez que vio a su padre antes de ser llevado a Auschwitz. "Las personas pensantes, estamos en contra de estas atrocidades y no nos sentimos viviendo en una democracia", me dice una mujer con la que converso. Cuando le cuento que soy de Argentina, me mira y agrega: "Bueno, ustedes saben, porque están las Madres y las Abuelas". Hablamos en inglés, pero nuestras miradas no necesitan traducción. Ante la injusticia no hay fronteras ni nacionalidades. Ante el abuso del poder, tampoco.

Nos vamos desconcentrando por la Market Street. Una calle poblada por el pis y la pobreza. Los centenares de homeless que viven allí en su mayoría son negros. Uno de ellos me ve pasar con mi hijo de la mano y me grita: "Salí de acá, puta de mierda". Lo miro y entiendo que para esta gente el horror empezó hace mucho tiempo, tanto tiempo que ellos ya no recuerdan cuándo. Y ya no les importa.

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