Los colectivos porteños, entre los más baratos del mundo

31 de julio de 2018  • 00:01

El reciente aumento en las tarifas del transporte público en el área metropolitana provocó quejas de usuarios y críticas de la oposición política. Sin embargo, pese a ese incremento que llevará el boleto mínimo del colectivo de los actuales 10 pesos a 11 desde el 15 de agosto y a 13 a partir del 15 de octubre, los ómnibus de corta distancia de Buenos Aires siguen estando entre los más baratos del mundo, al tiempo que la tan esperada reducción de subsidios del Estado al transporte para bajar el déficit fiscal será mínima o nula.

Mientras el boleto más económico de colectivo en la Capital Federal pasará a costar dentro de dos semanas 11 pesos, en Montevideo cuesta actualmente una suma equivalente a los 26 pesos argentinos, en tanto que en Santiago de Chile y en San Pablo, Brasil, alcanza un valor cercano a los 28 pesos.

Las diferencias son mucho más notables con respecto a Europa, aunque en el viejo continente los niveles salariales suelen ser bastante más elevados que en la Argentina y los servicios de transporte público, de mayor calidad. En Barcelona, por ejemplo, un viaje sencillo en colectivo cuesta 2,20 euros, equivalentes a unos 74 pesos argentinos; en París, se ubica en 1,90 euros, unos 64 pesos. También en Moscú, el precio del boleto de colectivo y del subte es sensiblemente mayor que en la Argentina: cuesta 55 rublos, que representan unos 25 pesos.

En prácticamente todos los lugares mencionados hay tarifas sociales para quienes no pueden abonar esos valores o para determinados segmentos de la población. Por caso, en Montevideo, los jubilados pagan unos 10 pesos argentinos, y en Barcelona, los jóvenes que estudian y tienen menos de 25 años de edad pueden acceder a un pase para viajar sin limitaciones durante 90 días a razón de 35 euros (unos 1170 pesos) por mes.

Un dato llamativo pasa por la gran distancia que separa las tarifas que se pagan por un viaje en colectivo en la Capital y el Gran Buenos Aires de las que se abonan en muchos lugares del interior del país. Sólo en Resistencia, Chaco, y en Mar del Plata, el boleto mínimo está levemente por debajo de los actuales 10 pesos que cuesta el colectivo porteño. En Rosario, cuesta 14,80 pesos; en Córdoba supera los 15, mientras que en Bariloche y Neuquén no baja de 19 pesos.

No hace falta ser un experto en economía para entender que siempre alguien se hace cargo de lo que cuesta cualquier servicio público cuando este se ofrece por debajo de su costo normal. Si no es el consumidor quien lo paga, alguien lo hace por él. En el caso de la Argentina, el costo del transporte público, que no es cubierto por las tarifas, es subsidiado por el Estado nacional. Para 2018, esos subsidios fueron estimados en unos 90 mil millones de pesos, de los cuales 60 mil millones se destinarían a las líneas de colectivos y algo más de 20 mil millones a los trenes, además de unos 9 mil millones para los descuentos que se aplican en la red SUBE.

La novedad es que, a diferencia de lo que se esperaba al inicio de su mandato, hoy el gobierno de Mauricio Macri parece haber dejado de lado la idea de terminar con los subsidios al transporte en los primeros cuatro años de su gestión. Es que la última devaluación del peso y el aumento de los combustibles ha forzado a recalibrar las metas de reducción de los subsidios, para que el impacto de las subas en las tarifas no se sienta tanto sobre la población.

El desencanto que las encuestas muestran en la sociedad respecto del incumplimiento de los objetivos en materia de inflación y la consecuente caída del poder adquisitivo obraron en ese sentido.

La conclusión es que el malestar que provocará la suba de tarifas en el transporte de pasajeros en los próximos días permitirá en el mejor de los casos congelar el costo de los subsidios del Estado, pero no disminuirlos. La ilusión de ponerle fin a esos subsidios tendrá que esperar, al menos, varios años más. Y no son pocos, incluso dentro del oficialismo, los que piensan que ese día nunca llegará.