Ningunos pajarones, los pájaros

Ariel Torres
Ariel Torres LA NACION
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1 de agosto de 2018  

Noté que algo raro pasaba cuando dos benteveos (esos que tienen como un antifaz negro, coronilla del mismo color y panza amarilla) empezaron a hacer guardia durante horas en el perímetro de mi jardín. Ningún ser vivo, excepto nosotros, hace cosas porque sí, y estos dos volátiles estaban tramando algo. Así que me detuve a observarlos. Estuvieron estudiando el jardín unos 10 minutos, y entonces, con el gracioso vuelo lento de estos tiránidos de canto perentorio y onomatopéyico, se lanzaron sobre las escudillas de mis perros y se llevaron, por turnos, una pieza de alimento balanceado. De vuelta en el perímetro, se pusieron a almorzar.

En algún momento hice ruido, y uno de mis perros, celoso vigilante de su sustento, salió de su casilla justo en el momento en que el escuadrón enmascarado atacaba de nuevo. Divisó los pájaros al instante y salió corriendo para atrapar a los bandidos, sin éxito. Los benteveos, perdido el botín, volvieron a su atalaya a aguardar el largo dormir del mediodía perruno.

Hace varios días se sumaron al convite dos gordas palomas, de cuya suerte no hay garantías, dada su bien conocida lentitud para despegar.

Pájaros. Tenemos montones de frases que los asocian con una inteligencia limitada. Pero de tontos no tienen ni una pluma.

En la galería que da al jardín tenemos tres luminarias. Cuando todavía no habíamos colocado las luces, había, pues, tres agujeros circulares en las placas de yeso. Unas golondrinas de ceja blanca hicieron nido en el de la derecha. Lógico, un sitio abrigado y listo para habitar. Es digno de verse cómo estas aves veloces y ágiles son capaces de llegar planeando a media altura, girar 90 grados y trepar como los aeroplanos de los acróbatas del aire, para terminar entrando -con ramita y todo- en un orificio de solo diez centímetros de diámetro.

Las ratonas, unos paseriformes muy comunes, muy pequeños y muy inquietos, fueron más respetuosas. O más previsoras, como se verá. En lugar de usar los orificios para las luminarias, picaron el yeso hasta que el agujero quedó a su gusto. Alguien me sugirió que las echara a patadas, que cómo iba a dejar que esos pájaros malditos me rompieran la galería, que la iban a llenar de agujeros.

-Sobre mi cadáver -respondí, sin más.

Ambas, las golondrinas y las ratonas tuvieron sus pichones, que en ocasiones debía rescatar, cuando se desplomaban, incapaces todavía de volar, y, ante la mirada atenta de sus padres, tutores o encargados, los regresaba a sus respectivos nidos.

Las golondrinas ya se han ido y, antes de instalar las luces, verifiqué que no hubiera nadie allí dentro. Las ratonas, que siguen en casa, conservan su vivienda. Ave criteriosa, la ratona, como anticipé.

Como no utilizo ninguna clase de insecticida, mi jardín está literalmente lleno de pájaros, que encuentran allí bichitos de toda índole. Como el césped es nativo, la variedad es (lo he comprobado) pródiga y suculenta. Cada ser vivo en este planeta cumple con una función. Hay un ave, por ejemplo, que se alimenta exclusivamente de los caracoles de la laguna; y no cualquiera, sino los de un género en particular, que acá llamamos caracol del Paraná.

Ahí lo tienen, sobre el perímetro, enorme, grave y de un hermoso gris oscuro con reflejos azules. Observa la laguna y busca. De pronto, se lanza al aire y emprende una refinada parábola, pasa rasante sobre el agua y vuelve al poste con un caracol en una de sus garras. Luego, como un gourmet parisino, pero con más gracia, parado sobre una sola pata, aunque sin perder ni el equilibrio ni la elegancia, extrae el molusco con el pico curvo y deja caer, indolente, el caparazón vacío sobre la orilla.

Se preguntarán qué tiene de inteligente un banquete cuyo menú ofrece un único platillo. Simple. Estos moluscos son tan invasivos y voraces que causan estragos allí donde se los introduce artificialmente. Aquí, por fortuna, tenemos al gran gavilán caracolero, que sabe lo que hace.

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