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Sin Kawhi Leonard, los Spurs no se refundan, se construyen como siempre

Ezequiel Fernández Moores
Gregg Popovich
Gregg Popovich Fuente: LA NACION
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31 de julio de 2018  • 23:59

Uno de los tantos portales que pide su permanencia en San Antonio Spurs equivocó una letra en el título. En lugar de "Manu Ginóbili", escribió "Many Ginóbili". Rápidos, los fans respondieron que exactamente eso es lo que precisan hoy los Spurs para mantenerse al tope: "Many Ginóbili" (Muchos Ginóbili). A sus flamantes 41 años, Ginóbili no anunció si seguirá una temporada más. Los Spurs lo precisan como nunca antes. Junto con Paty Mills y Marco Belinelli, Manu es el único que queda del plantel que inició la temporada de 2015 (el italiano acaba de regresar a la franquicia texana). Es un dato que, como escribió Harvey Araton en The New York Times, gráfica que los Spurs, después de haber vivido dos décadas "dentro de su propia cápsula", de ser acaso la franquicia más consistente en la historia del deporte de Estados Unidos, finalmente "sucumbieron al caos de la NBA". Por eso, más que a "many Ginóbili", los Spurs se aferran otra vez a Greg Popovich, su técnico desde 1996, que lleva 21 temporadas clasificándose a los playoff, cinco anillos incluidos. Ojalá lo escuchara la AFA que, otra vez, nos engaña hablando de "refundar" la selección, mientras se apresta a designar a un décimo DT en catorce años. "No es reconstrucción -dice Popovich-, sino construcción continua".

La crisis actual tiene posible fecha de fundación: 14 de mayo de 2017. Spurs ganaba por once puntos (76-55) en el tercer cuarto de su playoff ante Golden State Warriors y Kawhi Leonard, su estrella, cae lesionada. La imprudencia de Zaza Pachulia inició el camino de salida del jugador que los Spurs habían preparado para convertir en el nuevo Tim Duncan. Tras ese dolencia que lastimó el tobillo izquierdo de Kawhi sobrevino la lesión que detonó todo. Se conoció que le aparecieron molestias antes del arranque de la última temporada y desde allí no lograron recuperarlo. Después se supo que sufría por una tendinopatía en el cuádriceps derecho. Leonard, también cultor de un bajísimo perfil, estilo Spurs, comenzó a escuchar durante su larga convalecencia las sugerencias más ambiciosas de sus nuevos representantes, su tío Dennis Robertson y el agente Mitch Frankel. Cuentan que su ascenso a figura top de la NBA comenzó a chocar con la construcción de solidaridades colectivas, la gran trituradora de egos de los Spurs. Que decidió curarse por su cuenta y cortó casi todo diálogo con la franquicia y hasta con Popovich, que la última temporada pudo contar con él en apenas nueve partidos. Y que ni siquiera fue al estadio a alentar al equipo. Una actitud que -me cuentan desde San Antonio- le valió una reunión a puertas cerradas exigida por el resto de sus compañeros. Fue el 17 de marzo pasado, tras una alentadora y crucial victoria ante los Timberwolves. El equipo le preguntó con tono firme si podía contar con él para aspirar a un nuevo anillo.

Pero Leonard, 27 años, siete temporadas en los Spurs, dos veces mejor jugador defensivo de la NBA, y que ya con 22 mostró en 2014 nervios de acero para anular a un tal LeBron James, no terminó siendo el nuevo Duncan. Su inexpresividad era igual a la de Tim. Pero Duncan llegó a rebajarse su salario para que los Spurs pudieran reforzarse. La ambición de Kawhi fue otra. Y Spurs, fiel a su máxima de no retener a ningún jugador que no desee formar parte de la franquicia, terminó trasfiriéndolo a Toronto Raptors (¿paso previo para ir a los nuevos Lakers de LeBron James?) junto con Danny Green. La fábrica Spurs chocó con una estrella distinta. De tiempos distintos. La "camaradería" Spurs, recordó en un momento Ginóbili, incluye el pre y pospartido y el entretiempo. "Mi lesión fue cien veces peor", dijo a su vez Tony Parker, que estuvo ocho meses parado en 2017. El base francés de 36 años partió a Charlotte Hornets y también es otra baja clave. Diecisiete años con Spurs, cuarto máximo goleador histórico con 18.493 puntos, lejos del quinto (Ginóbili, 14.403). También él estrella de bajo perfil, Parker, como siempre, devolvió una vez con una sonrisa de compromiso una pregunta empalagosa en la que le decían que era el cuarto goleador europeo de la NBA. A los pocos metros, eso sí, Parker se dio vuelta y corrigió al periodista: "creo que soy el tercero". Bajo perfil, pero ganador. Bien Spurs.

"No miro hacia atrás", cortó Popovich días atrás la enésima pregunta sobre si estamos asistiendo al fin de la dinastía Spurs. A los 69 años, él tampoco es el mismo. Perdió a Erin, su esposa de cuatro décadas. Y se convirtió en crítico durísimo de Donald Trump. Lo llamó "cobarde desalmado, mentiroso patológico". Irritó a hinchas de Spurs que le promovieron un boicot. Lee Dresie, viejo entrenador, dijo en cambio que su amor por los Spurs y su confianza en "Pop" y en la nueva generación es como "La Paradoja de Teseo", la leyenda griega, el debate filosófico sobre si el barco ateniense seguía siendo el mismo victorioso de siempre, aún cuando sus piezas deterioradas fueran cambiándose con el tiempo una a otra. Confiado como siempre en sus propios jugadores, Popovich ya señaló al joven de 19 años Lonnie Walker IV como un futuro Ginóbili. Pero precisa como nunca a Manu. El argentino "terco", creativo y algo anárquico, pero siempre enfocado en la victoria colectiva. El jugador que le enseñó que, a veces, es mejor "cerrar la boca y no dar más instrucciones de la cuenta". Y "a admirar un poco más las cosas y no querer controlarlo todo". Creación y orden. Respetos mutuos. Y siempre volver a empezar.ß

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