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Grandes Esperanzas

"La mirada de los otros": Tras un duro anuncio, volvió a estudiar, superó la violencia y se animó a vivir

Carina Durn
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3 de agosto de 2018  • 00:00

Era septiembre del año 2000 cuando a Verónica le diagnosticaron lupus eritematoso sistémico. Por aquellos días ya no podía caminar a causa del dolor en los músculos y las extremidades, su cuerpo se hinchaba cada vez más y sus horas de sueño iban en aumento. Sus hijas, pilares irremplazables, eran quienes la ayudaban a movilizarse, algo que ya apenas sí quería hacer.

Para ella, sin embargo, la enfermedad no había llegado sola. "Mi vida era como la de tantas otras mujeres maltratadas que viven, vivieron o vivirán con su propio enemigo, esposo y padre de sus hijos, sin aceptarlo o sin darse cuenta por muchos años. Quizás hasta su muerte", confiesa tímidamente. "Este testimonio no debe ser muy diferente al de otras mujeres. El miedo a hacer algo o decir algo y sus consecuencias era lo que me paralizaba. Más aún si su ira implicaba involucrar a nuestras hijas. A mi modo de ver, mi resistencia ante la adversidad produjo en mí una severa enfermedad autoinmune".

Verónica pensó en denunciarlo varias veces, pero el terror a la represalia se impuso ante cada uno de los intentos. Lo cierto era que, por el rango de quien fuera su esposo, había una imagen familiar y honores que mantener, costara lo que costara, aunque detrás de la puerta se ocultara un ser destrozado en cuerpo y alma. "Por otro lado, ¿quién le hubiera creído a una mujer proveniente de un marido tan ejemplar?", se pregunta.

Aun así, y poco tiempo después del anuncio de su enfermedad, Verónica despertó con la convicción de que las cosas debían cambiar y que la transformación debía comenzar por ella. Y así, en el sentido inverso a los acontecimientos oscuros, mientras el día a día pasaba, ella decidió superarse a sí misma, a esa Verónica, abogada y docente, que batallaba por ser ella misma en medio de una guerra secreta. "Lo logré y fue el fruto de mucha perseverancia y fuerza de voluntad para luchar por mis anhelos personales, familiares y profesionales. Sin embargo, llegar allí fue un desafío casi imposible", afirma profundamente emocionada.

"Definitivamente, el cambio dependía solo de mí"
"Definitivamente, el cambio dependía solo de mí"

Estudiar, crecer, fortalecerse

Para Verónica fue tan difícil como enfrentar a mil demonios en un clima permanentemente huracanado. Pero la mañana del "clic", supo que no tenía más opción que darles pelea. "El primer tramo de la transformación llegó aquel septiembre del 2000, cuando me dijeron que debía comenzar un tratamiento quimioterápico muy costoso, por el cual mi marido me obligó a trabajar el doble para costearme mis remedios, pese a la orden de reposo absoluto. Para entonces, me habían diagnosticado pocos meses de vida si no actuaba rápidamente. Recuerdo aún el momento en que recibí el resultado de la biopsia de riñón, él estaba comprando su importante auto, sin dar interés alguno a mi salud. Definitivamente, el cambio dependía solo de mí", rememora.

Aquel caos indomable llevó a Verónica a tocar fondo por primera vez. Fue en ese instante en que comprendió que su enfermedad, autoinmune, autodestructiva con raíces genéticas, había detonado porque ya no podía sostener más las presiones y la violencia familiar. Pero fue justamente gracias a su tocar fondo, que en ella devino su resurgimiento como persona.

"Miré a mis hijas y por ellas saqué fuerzas de donde pude. Mi primer paso fue volver a estudiar, e hice la carrera docente para profesionales y fui becada para iniciar mis estudios de doctorado en derecho privado, algo que si no era inalcanzable para mí por mi situación económica. Pese a mi enfermedad y a estar bajo presión psicológica, redacté mi tesis doctoral y la defendí en el año 2006", cuenta con orgullo. "Ese crecimiento él lo vio muy mal y comenzó a aumentar sus humillaciones, a las cuales yo no respondía por temor a que me pegase o no me quisiera más. Todavía me quedaba mucho por entender".

Hacia la transformación definitiva

Los años pasaron y, a pesar de su fortaleza, Verónica comprendió que de aquella violencia ya no podía salir sola. Su dependencia emocional, contrastaban llamativamente con la pelea que le daba a su enfermedad y la excelencia que volcaba en su trabajo y estudio. Así, el año 2007 llegó para demostrarlo al extremo: su marido fue asignado a un nuevo destino de trabajo y con ese cambio, llegó una separación que sería definitiva. Ella entró en una gran depresión, lo que la llevó a un intento por no continuar con su vida. "Pero gracias a mis médicos y a mucha fe, en tres meses pude reinsertarme en mi trabajo de docencia universitaria y seguir creciendo profesionalmente", continúa con calma.

"Mi primer paso fue volver a estudiar"
"Mi primer paso fue volver a estudiar"

Para su resurgir, Verónica recurrió al recuerdo de su madre, quien fuera su maestra y ejemplo de grandeza. "Después del suicidio de mi padre cuando tenía cuatro años, y a pesar de los problemas económicos y de salud de mi madre, salimos adelante solitas", recuerda, "Ella siempre me inculcó que, en los peores momentos de la vida, indefectiblemente hay una luz al final del camino que aparece y a la que hay que atender. Siempre me demostró que todo se puede con perseverancia y fortaleza. Siendo viuda y con carencias, ella nunca dejó de perfeccionar su educación para darnos un mejor sustento, y me inculcó que la esperanza nunca hay que perderla, que jamás hay que bajar los brazos y que hay que tener mucha fe. Al final de su vida, la acompañé a cumplir su sueño de conocer la costa oeste de EEUU, con sus 80 años, en silla de ruedas. Sus enseñanzas me dejaron huella y gracias a ellas pude afrontar todo lo que sufrí".

Todo se logra con esfuerzo

Con esos recuerdos arraigados, un buen día la vida de Verónica giró hacia una existencia transformada. Después de haber caído, una y otra vez, y de depender en todos los sentidos posibles de otra persona, ella finalmente resurgió de entre las cenizas, triunfal. El estudio y el trabajo arduo sostenido aun en los peores días, dieron su mejor fruto y florecieron en su soledad. En su nueva versión, ella logró sostener económicamente su hogar sola, educar a sus hijas, viajar para conocer el mundo, pero, por sobre todo, crecer como persona.

En el año 2015, Verónica tuvo la certeza de que su transformación había sido definitiva cuando, tras un cuadro de meningitis y un brote lúpico, casi pierde la vida. Su hija la encontró inconsciente y gracias a una rápida intervención, una vez más tuvo la oportunidad volver a levantarse con más fuerzas que nunca. Los médicos quedaron impactados por una recuperación que esta vez creían improbable, por su entereza en el proceso y su coraje para seguir.

Una fortaleza heredada de su madre
Una fortaleza heredada de su madre

"Mis hijas y la violencia que ellas también habían sufrido fueron un motivo para levantarme cuando creí que nada valía la pena", afirma, " Sin embargo, con mi testimonio quiero transmitir que solo se puede salir de verdad fortaleciendo el amor propio y que, para ello, hay que compartir lo que nos pasa y pedir ayuda. Muchas veces me sentí cerca de la muerte, pero todos mis cambios y fortalezas surgieron a partir del no dar más. Entonces recurrí a ayuda psicológica y a las enseñanzas de mi infancia, que me inspiraron a crecer y mejorar. Mi primer logro, por ejemplo, uno alcanzado en plena situación de violencia, fue mi tesis doctoral, que me hizo sentir valorada y reconocida. Debemos salirnos del entorno viciado para encontrar la mirada de los otros. Personas que nos den otra entidad y que nos reconozcan como seres valiosos, algo que nos ayudará en el camino de la autoestima".

Hoy Verónica tiene dos libros publicados y varias investigaciones en su haber. Así mismo, gracias su notable ascenso en el ámbito académico, viaja por el mundo y expone en congresos internacionales.

"Gracias a mi historia aprendí que lo más importante es nunca perder la esperanza. A los que pasan por situaciones similares, quisiera decirles que todo tiene solución, menos la muerte; que nada es fácil en la vida, pero todo se logra con lucha, con esfuerzo y con no perder la fe, sea uno de la creencia que sea. Que no nos encontramos solos, aunque a veces se sienta así. Que aceptemos nuestros problemas, cualesquiera que sean y no nos ahoguemos en ellos. Que somos artífices de nuestra vida y que la podemos reconstruir o cambiar y ser felices en cada pequeño logro. Como, en mi caso, cuando conseguí estabilizar mi enfermedad y pude volver a caminar y sentir el aroma de las flores, el trinar de los pájaros y el viento en la cara. La vida es demasiado maravillosa como para perderla", concluye con una sonrisa.

Si tenés una historia propia, de algún familiar o conocido y la querés compartir, escribinos a GrandesEsperanzas@lanacion.com.ar

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