Así se sufren las temperaturas récord en cuatro continentes

La temperatura en todo el hemisferio norte alcanzó valores muy superiores a los esperables para el verano
La temperatura en todo el hemisferio norte alcanzó valores muy superiores a los esperables para el verano Crédito: Stephani Davidson/The New York Times
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1 de agosto de 2018  • 15:30

Prepárense para más: ese es el veredicto de los científicos expertos en clima en relación con las altas temperaturas históricas registradas en la primavera y el verano boreales de este año en zonas climáticas muy distintas.

Estados Unidos continental padeció este año el mes de mayo más caluroso y el tercer junio más caluroso de su historia. Japón fue golpeado por temperaturas récord que causaron la muerte de por lo menos 86 personas, algo que su agencia meteorológica abiertamente calificó como un "desastre". Mientras que estaciones climáticas registraron temperaturas máximas históricas en la frontera del Sahara y arriba del círculo polar ártico.

¿Se debió al cambio climático ? Los científicos del proyecto World Weather Attribution (atribución climática mundial) concluyeron en un estudio publicado el 27 de julio que la probabilidad de que se repita la de calor como la que actualmente tiene casi cociéndose al norte de Europa es "dos veces más alta hoy en día que si las actividades humanas no hubieran alterado el clima".

Aunque todavía no hay análisis sobre la atribución por otros episodios de calor récord de este año, los científicos dicen que hay pocas dudas respecto de que el incremento global de los gases de efecto invernadero provoque que las olas de calor sean más frecuentes y de mayor intensidad.

Elena Manaenkova, subsecretaria de la Organización Meteorológica Mundial, dijo que este año ya "se perfila como uno de los más calurosos registrados", y que el calor extremo observado hasta ahora no es sorprendente a la luz del cambio climático."No se trata de una posibilidad a futuro", dijo. "Está ocurriendo ahora".

¿Cómo fue estar en estos lugares dispares en estos días extremadamente calurosos? Les preguntamos a quienes viven ahí.

Argelia

Crédito: Stephani Davidson/The New York Times

A las 15:00 del 5 de julio, el primer jueves del mes, en la frontera del vasto Sahara, la ciudad petrolera argelina de Ouargla registró una máxima de 51 grados Celsius (124 Fahrenheit). Incluso para este caluroso país eso constituyó un récord, de acuerdo con el servicio meteorológico nacional de Argelia.

Abdelmalek Ibek Ag Sahli estaba trabajando en una planta petrolera en las afueras de Ouargla ese día. Él y el resto de su equipo habían escuchado que haría calor. Tenían que llegar al trabajo a las siete de la mañana, como parte de un turno normal de trabajo de doce horas.

"No podíamos mantener el ritmo", recuerda. "Era imposible hacer el trabajo. Estábamos en el infierno".

A las once de la mañana, él y sus colegas dejaron el trabajo.

Sin embargo, cuando regresaron a los dormitorios de trabajadores, las cosas no estaban mejor. No había energía eléctrica, así que no podían usar el aire acondicionado ni los ventiladores. Sumergió su mascada azul de algodón en agua, la exprimió y la amarró alrededor de su cabeza. Tomó agua. Se bañó cinco veces. "Al final del día tenía dolor de cabeza", contó a través del teléfono. "Estaba muy cansado".

Los habitantes más ancianos de Ouargla le contaron que nunca habían vivido un día tan caluroso.

Honk Kong

Crédito: Stephani Davidson/The New York Times

En esta ciudad de rascacielos en el extremo del mar de la China Meridional, las temperaturas se elevaron más allá de los 32 grados Celsius durante dieciséis días consecutivos en la segunda mitad de mayo.

Desde que Hong Kong comenzó a registrar sus temperatura en 1884, no se había prolongado por tanto tiempo en mayo ninguna ola de calor de tal intensidad.

En las piscinas había muchedumbres. Los aires acondicionados de todas las oficinas estaban encendidos. Aunque desde la mañana hasta la noche algunos de los trabajadores más esenciales de la ciudad hacían su trabajo a la intemperie; transportaban mercancías, vigilaban sitios en construcción o recogían la basura.

Una mañana abrasadora, una mujer de 55 años llamada Lin intentaba mover un carrito pese a que las agarraderas de metal estaban hirviendo. Lo empujaba por una calle muy transitada mientras miraba por encima de su hombro si se acercaban autos. Tenía que entregar vegetales frescos a los restaurantes del vecindario por la mañana y transportar basura en la noche. Algunos días le dolía la cabeza; otros vomitaba.

"Hace mucho calor y sudo mucho", dijo Lin, quien solo nos dio su nombre de pila antes de apurarse a hacer sus rondas. "Pero no tengo opción, debo ganarme el sustento".

Poon Siu-sing, un recolector de basura de 58 años, lanzaba bolsas de basura a una pila. El sudor hacía que la camisa se le pegara a la espalda. "Ya no siento nada", afirmó. "Soy un robot acostumbrado al calor del sol y a la lluvia".

Pakistán

Crédito: Stephani Davidson/The New York Times

Nawabshah está ubicada en el corazón de la región algodonera de Pakistán. Sin embargo, ninguna cantidad de algodón habría podido proporcionar comodidad el último día de abril, cuando las temperaturas se elevaron por arriba de los 50 grados Celsius. Fue una cifra récord, incluso dados los estándares de este lugar achicharrante.

Ese día las calles estuvieron desiertas, dijo un periodista del lugar llamado Zulfiqar Kaskheli. Los negocios no se molestaron en abrir. Los taxistas no salieron a la calle para evitar el sol resplandeciente.

Aun así, Riaz Soomro tuvo que peinar su vecindario en busca de un taxi que pudiera llevar a su padre de 62 años, que se encontraba mal, al hospital. Era la época del Ramadán, el mes sagrado del islam, por lo que la familia mantenía el ayuno. El padre se deshidrató y se desmayó.

El hospital del gobierno estaba lleno. En los pasillos había víctimas azotadas por el golpe de calor, como el padre de Soomro. Dijo que muchas de ellas habían estado trabajando a la intemperie como jornaleros.

Por toda la zona, los hospitales y las clínicas estaban repletos. No había suficientes camas ni suficiente personal médico. La electricidad estuvo fallando todo el día, lo que aumentaba el caos.

"Nos esforzamos todo lo posible por brindar tratamiento médico", dijo Raees Jamali, paramédico de Daur, un pueblo en las afueras de Nawabshah. "Pero, debido a la intensidad del calor, había un ajetreo inesperado y fue realmente difícil para nosotros lidiar con todos los pacientes".

Todos los días de esa semana, las máximas en Nawabshah no bajaron de los 45 grados Celsius, según AccuWeather.

Noruega

Crédito: Stephani Davidson/The New York Times

"¡Precaución! Les recordamos la prohibición total de fogatas y asados cerca del bosque y en las islas". Eso decía el mensaje de texto que los habitantes de Oslo recibieron por parte de los funcionarios de la ciudad una tarde de viernes en junio.

Este mayo fue el más caluroso en cien años; junio también fue caluroso. Para mediados de julio, un pueblo al sur de Oslo registró diecinueve días en que la temperatura se disparó a más de 30 grados Celsius, de acuerdo con MET Noruega.

Las lluvias primaverales fueron mínimas, lo que significó que el pasto se puso amarillo por lo seco y los granjeros tuvieron problemas para alimentar a su ganado. Los bosques se convirtieron en lugares de posible combustión. Los funcionarios de la ciudad prohibieron uno de los pasatiempos veraniegos más populares en Noruega: salir al bosque con una parrilla desechable.

"Como la gente no está acostumbrada a este calor, suelen dejar prendido la parrilla. Antes no pasaba nada", dijo Marianne Kjosnes, vocera del Departamento de Bomberos de Oslo. "Ahora, si una chispita cae al pasto da pie a un incendio forestal".En los parques públicos se ha prohibido hacer asados. Lo mismo en las islas del fiordo cercano. La página de Facebook del Departamento de Bomberos de Oslo ha estado difundiendo la noticia.

Per Evenson, un vigilante de incendios apostado en la torre de Linnekleppen, un monte rocoso al sureste de Oslo, contó once incendios forestales diferentes en un solo día a principios de julio. Por aquí y por allá, se alzaba humo blanco a la distancia. Para el 19 de julio, el departamento de protección civil tenía un registro de 1551 incendios forestales, más que la cantidad de incendios en todo 2016 y 2017. El departamento señaló que había veintidós helicópteros combatiendo simultáneamente los incendios.

También surgieron incendios descontrolados en Suecia. Además, un pueblo sueco ubicado un poco arriba del círculo polar ártico alcanzó una máxima histórica de más de 32,2 grados Celsius.

"Si esto es la nueva normalidad, es realmente alarmante", escribió en un correo electrónico Thina Margrethe Saltvedt, una analista de la industria energética que vive en Oslo.

Estados Unidos

Crédito: Stephani Davidson/The New York Times

Por lo menos Marina Zurkow tenía aire acondicionado.

Zurkow, una artista, ha enfocado su trabajo desde hace tiempo en el combate al cambio climático. Aun así se sorprendió cuando un día de clima extremo afectó de manera importante uno de sus proyectos.

El nombre de ese proyecto, diseñado para crear conciencia en las personas sobre el impacto del calentamiento global en la forma en que comemos, es "Making the Best of It" (sacando el mayor provecho). Era en parte broma y, en parte, algo en serio.

"Sí trata de sacar lo mejor de una situación mala", dijo, "pero también es un compromiso con hacer las cosas lo más deliciosas posible".

La parte más reciente de ese proyecto fue celebrar una cena en honor a una nueva era de clima seco y cálido en California. Menos comida mediterránea y más alimentos hechos al estilo del desierto de Mojave.

Los socios de Zurkow, dos chefs personales llamados Hank y Bean, prepararon una comida muy elaborada diseñada para hacer que sus comensales rumiaran el impacto del cambio climático. El menú incluía tortitas fritas de salvia, conejo relleno, pan sin levadura hecho de chapulines y gusanos, así como medusas. Muchísimas medusas.

¿Por qué medusas? Porque se consideran invasivas y por lo tanto abundantes, razonó Zurkow. Además, no tienen grasa y sí muchas proteínas. "El sueño alimenticio", añadió, también un poco en broma.

Habían planeado servir la cena al aire libre en el patio de una cocina experimental en el centro de Los Ángeles.

Pero la naturaleza tenía otros planes.

Ese día, el primer viernes de julio, un viento del Mojave sopló hacia el oeste y se detuvo, comprimido y extremadamente caliente, sobre Los Ángeles. El centro alcanzó una máxima de 42,2 grados Celsius. Hacía demasiado calor como para comer afuera.

"Incluso si hablás sobre el cambio climático, no podés torturar a los invitados", dijo Zurkow. "Tuvimos que servir la cena en la cocina".

(c) The New York Times. Somini Sengupta reportó desde Nueva York y Los Ángeles; Tiffany May, desde Hong Kong, y Zia ur-Rehman, desde Karachi, Pakistán.

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