srcset

Ideas

Zweig aún inspira a una Europa en crisis

Juan Pablo Bertazza
(0)
5 de agosto de 2018  

Es probable que Stefan Zweig hubiera visto con buenos ojos el desempeño de Europa en el campeonato del mundo y, más aún, que Francia lograra en su selección algo que hasta ahora no consiguió plasmar en su tejido social: la exitosa integración de los inmigrantes. Pero ya repuestos de la fiebre mundialista, las cosas parecen ser exactamente al revés: una Europa aún atravesada por el Brexit y otras divisiones, que no logra desactivar las bravuconadas de Donald Trump, sigue tomando como fuente de inspiración la figura de Zweig, que vivió la desintegración del Imperio austro-húngaro y la agonía de Europa con el advenimiento de la Segunda Guerra Mundial y decidió quitarse la vida poco después de contarla.

Además de conocer la gloria hasta la llegada del nazismo, encarnó desde siempre el humanismo europeo: una garantía de igualdad, libertad, ilustración y democracia. De alguna forma, Zweig tomó el legado antibélico de Berta von Suttner, la autora que inspiró a Alfred Nobel a hacer algo en pos de la paz tras haber inventado la dinamita. Luego de encontrarse con ella en París, Zweig definió a quien fue la primera ganadora del Premio Nobel de la Paz como "la magnífica y generosa Casandra de nuestra época". Aludía a que sus advertencias no siempre fueron escuchadas.

Hoy, 76 años después de su muerte, la figura de Zweig no deja de crecer. Hace unos días apareció un guión de Stanley Kubrick perdido durante más de seis décadas para adaptar al cine su novela Ardiente secreto. Y el hecho de que su obra pasara a dominio público en 2013 contribuyó a que todo lo que tenga que ver con Zweig, uno de los escritores de lengua alemana más traducidos y leídos del mundo, se convierta en oro: reediciones que se filtran en los rankings, adaptaciones de teatro que se estrenan y reestrenan de manera continua, ensayos, biografías, novelas y hasta historietas basadas en él superan los 100.000 ejemplares vendidos, mientras que la película Adiós a Europa (2016), de la realizadora alemana Maria Schrader, estrenada aquí hace unas semanas y que aún se puede ver en alguna sala porteña, ha hecho que el público europeo se rinda a sus pies.

Escena de Adiós a Europa, protagonizada por Josef Hader
Escena de Adiós a Europa, protagonizada por Josef Hader Crédito: X Filme Creative Poll

Pero, además, Zweig tiene el mérito de ser uno de los autores extranjeros favoritos de los franceses. En un dossier dedicado a él en 1997, los editores de Magazine Littéraire señaban que "mientras en los países germánicos no lo tienen tan en cuenta, en Francia es venerado como un clásico". No les faltaba razón: dieciséis años después de esa afirmación, Zweig ingresaría a la prestigiosa colección la Pléiade, reservada a unos pocos privilegiados.

Símbolo de un eurocentrismo sensato que le permitió ser crítico con los suyos y rescatar la integración social de países como Brasil, su pluma grave y sombría sigue brillando como emblema de ese contraste entre la edad de oro de una Europa que, según él (Walter Benjamin seguramente no pensaba lo mismo), encontró en el siglo XIX un progreso sin límites y luego, con las dos guerras mundiales, se hundió en la catástrofe.

Trailer del film de Maria Schrader

01:44
Video

De la cima del éxito al más cruel exilio, de coleccionar libros autografiados y manuscritos -una página del cuaderno de Leonardo o fragmentos de una traducción al latín hecha por Goethe a los nueve años, por ejemplo- a vivir a diez mil kilómetros de casa y despojado de sus libros, Zweig cultivó amistades que dan una pista de su trascendencia: Rilke, Freud (a quien definió maravillosamente como "un fanático de la verdad que, al mismo tiempo, era consciente de sus límites"), Thomas Mann, Franz Werfel, Ravel, Dalí, Bartók, Gorki (que escribió el prólogo de sus obras completas publicadas en Rusia), Toscanini, Romain Rolland ("la conciencia de Europa"), Gide y Rodin. A la mayoría solía recibirlos en su hogar de Salzburgo, tan cerca de la frontera que, a simple vista, podía verse la montaña de Berchtesgaden donde estaba la casa de Hitler, una pequeña alarma que, con los años, se transformaría en una pesadilla. De hecho, hay un dato cierto pero casi inverosímil: su texto de la ópera La mujer silenciosa agradó tanto al compositor de la música (Richard Strauss, a la sazón director de la Cámara de Música del Reich) que, contra todos los pronósticos, Strauss consiguió que el nombre judío de Zweig permaneciera en los créditos durante las tres funciones que tuvo la ópera, en 1935, aun cuando Hitler se negó a ir al estreno.

También bordea lo increíble una suerte de maldición. Dos de los más importantes actores de Alemania y un director que estaban adaptando sus obras de teatro murieron poco antes de los respectivos estrenos, y el propio Zweig tuvo que decir: "El lector comprenderá mis pocos ánimos para persistir en el arte dramático y el recelo que sentía cada vez que entregaba una nueva pieza a un teatro. El hecho de que los dos mejores actores de Alemania hubiesen muerto poco después de haber ensayado mis versos me volvió supersticioso, no me avergüenza confesarlo".

La literatura de Zweig tiene el don de la empatía y, a diferencia del ánimo vanguardista de algunos de sus contemporáneos, como Joyce, su obra se caracteriza por un tono simple, contundente, directo y casi intimista que atraviesa distintos temas muy entrañables a nuestra agenda: la aceleración imparable de la vida, las obsesiones casi patológicas, los dolores contenidos, los grandes tormentos, las pequeñas esperanzas y, sobre todo, la soledad extrema. Es la que sufren, por ejemplo, los personajes de Novela de ajedrez, en la que ese juego es la única herramienta que queda para luchar contra prisiones y presiones, o la protagonista de Carta de una desconocida, que luego de perder un hijo le confiesa a un hombre lo que sintió toda la vida por él.

Algunos lo tildan de nostálgico y sentimental, pero hay algo en su tono trágico aunque a la vez sutil, y en su interés por el nacimiento de las ideas, que hoy parece inspirar tanto un discurso político de Macron como un bestseller de Jojo Moyes.

En El mundo de ayer, tal vez su libro más conocido y una verdadera biblia en Europa, Zweig cuenta una anécdota que marcó para siempre su relación con el arte: cuando logra ingresar en uno de los talleres parisinos de Rodin, el maestro le termina mostrando su flamante obra: la escultura de una mujer. Ante la mirada atenta del visitante, Rodin usa una espátula para alisar primero el hombro de la figura y luego más y más partes de la pieza hasta que, media hora después, se quita la bata y se dispone a salir, "olvidándose completamente de mí, en aquellos momentos de máxima concentración no se acordaba de que un joven al que él mismo había invitado para mostrarle sus obras había permanecido todo el tiempo detrás de él, desconcertado, sin aliento e inmóvil como una de sus estatuas".

Ese es el tono que predomina en El mundo de ayer, una condensación perfecta de toda su obra, que oscila entre ficciones cortas y biografías de personalidades como María Antonieta, Magallanes, Montaigne, Freud, Erasmo de Róterdam, Américo Vespucio y Balzac, entre otros. Escrita entre 1941 y 1942 y publicada en forma póstuma, El mundo de ayer es algo así como el réquiem de una época. Agobiado por la expansión de los totalitarismos, Zweig terminaría por suicidarse junto con su segunda esposa el 22 de febrero de 1944 en Petrópolis, Brasil (adonde se había mudado pocos meses antes), tan solo un día después de enviar a su editor el manuscrito del libro.

Justamente en los últimos momentos de su vida se centra la película Adiós a Europa, que tiene aciertos como la buena actuación de Josef Hader o la forma sutil de mostrar el suicidio, pero que resulta un poco aburrida por la extensión de sus escenas y su estética de documental. Si hay un film que logró dar con el espíritu de Zweig es El Gran Hotel Budapest (2014), donde Wes Anderson hace algo similar a lo que hizo Todd Haynes con Bob Dylan en I'm Not There (2007): contar la vida de un artista a partir de las distintas perspectivas que otorga el entramado de sus gestos, enigmas y creaciones. Eso es lo que, sin lugar a dudas, consigue la exquisita metáfora de aquel hotel en decadencia y esa conmovedora descripción final sobre su viejo conserje: "Su mundo había desaparecido mucho antes de que él llegara, pero sostuvo la ilusión con una gracia sorprendente".

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.

Usa gratis la aplicación de LA NACION, ¿Querés descargala?