Los cuatro enigmas del peronismo moderado

Sergio Berensztein
Sergio Berensztein PARA LA NACION
De cara a 2019, el justicialismo debe convertirse en una opción atractiva para el electorado, recuperando la institucionalidad y actualizando su propuesta
De cara a 2019, el justicialismo debe convertirse en una opción atractiva para el electorado, recuperando la institucionalidad y actualizando su propuesta Fuente: LA NACION - Crédito: Alfredo Sabat
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3 de agosto de 2018  

Ironías del destino: Cristina Fernández de Kirchner podría mantener la libertad gracias a Carlos Menem, quien apeló sus condenas en dos causas, la del pago de sobresueldos y la de las armas. El garante de sostener la doctrina de no someter al desafuero a ningún miembro del Senado hasta que no haya sentencia firme es Miguel Ángel Pichetto, que acaba de anunciar su voluntad de presentarse el año próximo en las elecciones presidenciales . Así, se completa la diversa cuadrilla de precandidatos integrada también por Juan Manuel Urtubey, José Manuel De la Sota, Sergio Massa y Felipe Solá, que encarará la ciclópea tarea de consolidar un espacio de centro electoralmente competitivo que recupere el apoyo de los sectores medios urbanos y rurales, ahuyentados por los desvaríos chavistas del kirchnerismo.

Algunos pretenden sumar a Roberto Lavagna, el peronista con mejor imagen, fuertes credenciales en materia económica y atractivo para un conjunto amplio de votantes. Otros empujan a Sergio Uñac, el ascendente gobernador sanjuanino. Callado y a distancia, observa el juego Florencio Randazzo. Una amenaza latente recorre los pasillos del poder: si el efecto tóxico del escándalo de los cuadernos se expande más allá del mundo K, en un contexto económico tan complejo, ¿será hora de que un candidato relativamente ajeno a la política llene el espacio vacío y desplace, o degluta, al decaído liderazgo actual?

El desafío consiste en capitalizar el desencanto de un núcleo creciente de ciudadanos con Cambiemos. Como expresó uno de sus principales dirigentes, la economía no les permitirá sumar votos, así que lo mejor que puede pasar es que no les reste: control de daños. Con el cristinismo mirándose en el espejo del PT brasileño, aunque con su líder por ahora al menos libre, el drama del peronismo moderado es que carece de candidatos atractivos. "En el medio de la crisis, un año es mucho tiempo... Veremos cómo se van ordenando los melones", me dijo un exgobernador norteño.

¿Podrá el peronismo aprovechar las oportunidades generadas por la crisis cambiaria, los errores sistemáticos del oficialismo y el amplio rechazo que sigue generando CFK y sus candidatos en casi todas las provincias? Para lograrlo, debe resolver al menos cuatro enigmas que manifiestan las debilidades estructurales acumuladas, y en algún sentido alimentadas, por la hasta no hace mucho principal fuerza política de la Argentina.

El primer escollo es la fragmentación. Desde el regreso de la democracia hubo tres elecciones polarizadas (1983, 1989 y 1995), otras tantas con un trinomio de candidatos importantes (1999, 2007 y 2015) y dos fragmentadas: la de 2003, donde los principales partidos se dividieron por tres, y la de 2011, donde la oposición se diluyó ante una Cristina arrolladora. Ante estos escenarios posibles, el peronismo moderado debería evitar una polarización K-anti K. Un juego para nada sencillo: Massa lo intentó con su "ancha avenida del medio", que terminó siendo un callejón sin salida. La hipótesis macrista de reducir todo al maniqueo "ella" contra "nosotros" a "pasado" versus "futuro" (aunque el presente del ajuste extremo no ofrece mucho horizonte para el optimismo) fuerza en el mismo polo a peronistas y kirchneristas.

¿Cómo resolver este intríngulis? Apostando a una fragmentación más o menos pareja, "en tercios": que la elección se resuelva en segunda vuelta, superando al kirchnerismo en octubre, mejor aun en las primarias de agosto (donde podría ser tentador para el electorado "gorila" sepultar las chances de Cristina). Es decir, el peronismo debe lograr en 2019 un modelo similar al que Cambiemos aplicó cuatro años antes: una oposición que, gradualmente, se consolida como la opción más factible a la continuidad del gobernante de turno. Tal vez un segmento del voto K "estratégico" prefiera la elegibilidad de un peronista racional a un "vamos por todo" del macrismo. Si eso falla y el peronismo solo alcanza el tercer puesto, puede intentar arbitrar el ballottage.

El segundo dilema es qué va a hacer Cristina y qué hacer con ella. Si actúa como de costumbre, mantendrá su ambigüedad hasta último momento. Pero tal vez pretenda, a pesar del fracaso de Lula o incluso de Sarkozy, que su potencial electoral amedrente a los jueces. El peronismo necesita a alguien que le pueda ganar a CFK y, al mismo tiempo, atraer al votante decepcionado con el oficialismo. En los 60, Augusto Timoteo Vandor propuso la fórmula "peronismo sin Perón": una suerte de partido laborista moderno para esa época para contener el conflicto social y evitar la tirria que el viejo líder generaba en el establishment. ¿Podrá surgir un Vandor 2.0 que facilite un "cristinismo sin Cristina"?

Los intendentes del Gran Buenos Aires, único distrito donde su imagen sigue relativamente alta, están preocupados por su suerte judicial. Sufrieron algún sofocón el año pasado y otro mal paso electoral los puede dejar en el vacío. Uno de ellos dijo: "Viene tomando decisiones electorales equivocadas desde 2013 y desde 2009 solo ganamos una vez", en referencia al irrepetible 2011.

Una alternativa complicada, pero no imposible, sería consolidar su poder en la provincia de Buenos Aires como candidata a la gobernación. "Si le ganás a Vidal es una trifecta: pierden ella, Macri y Larreta", se entusiasmaba un peronista bonaerense que supo sobrevivir en los meandros de la burocracia K. ¿Aceptaría acaso Cristina ser parte de una construcción con el peronismo donde estaría obligada a compartir el poder? Tal vez su situación penal acote su margen de maniobra. Y la provincia está fiscalmente más ordenada: Vidal revirtió, al menos en parte, la discriminación en la distribución de recursos fiscales a la que Cristina y su difunto marido la habían sometido para evitar el crecimiento de Scioli. Existe un riesgo no menor: si fuera electa gobernadora, perdería sus fueros parlamentarios. Un presidente peronista estaría muy tentado a aprovechar esa circunstancia. Y si Macri es reelecto, aún más. Su opción parece binaria: debe ir a todo o nada.

Los dilemas del peronismo moderado no terminan aquí: necesita recuperar la institucionalidad partidaria, que regresó a manos de José Luis Gioja, para reconstruir una fuerza con presencia territorial, sobre todo en las provincias donde no gobierna. O utilizar la aminorada estructura que conserva Massa. La clave es contar con una red nacional que permita instrumentar una campaña y una fiscalización efectivas.

Al mismo tiempo, es crucial que se conforme un equipo de comunicación digital capaz de competir con el sofisticado aparato electoral y tecnológico de Cambiemos. Muchos se ríen de los globos de colores, pero Mauricio Macri está invicto desde 2005 hasta la fecha. El financiamiento de la campaña tampoco será sencillo luego del escándalo de los aportes truchos: la novedad no fue la existencia de ese mecanismo, tan habitual en la política vernácula, sino que Cambiemos sucumbiera a la tentación de utilizarlo. Finalmente, el peronismo moderado necesita un profundo aggiornamiento en términos de propuestas: carece de ideas sugerentes en casi todas las áreas, incluyendo la económica o la reforma militar. Ni hablar de otros aspectos institucionales, como la lucha contra la corrupción.

Macri basó su campaña presidencial de 2015 en tres ejes: unir a los argentinos, eliminar la pobreza y luchar contra el narcotráfico. Solamente tiene para mostrar avances parciales en materia de seguridad. El peronismo podría intentar capitalizar los dos primeros si y solo si explica y revierte su peligrosa pasividad, excepto casos aislados, en el tercero.

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