Una tribu de fanáticos de la poesía

Daniel Gigena
Daniel Gigena LA NACION
Fuente: Archivo
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3 de agosto de 2018  • 01:48

Desde hace un tiempo se exhiben como novedades de la época libros de poesía firmados por adolescentes. En mi imaginación, la poesía siempre había sido el género literario predilecto de los adolescentes, incluso de los adolescentes que no leen libros, y todavía estoy convencido de que la poesía es el género por el que los adolescentes primero conocen y después aman la literatura. El marketing editorial a veces me desconcierta.

Tal vez la novedad no es que los adolescentes escriban poemas sino que varias de las publicaciones actuales tienen su origen y centro de difusión en las redes sociales. En un recorrido insólito, los poemas migran de Instagram y Facebook a la edición impresa o el libro digital. Las tiradas de los libros de los poetas adolescentes superan a los de los poetas de otras generaciones y convocan a los lectores, que se presentan como fans, a toda clase de encuentros, festivales y lecturas públicas. Las costumbres de los fans obsesionados con un escritor se parecen a las de cualquier otro fan. Estos quieren leer todos sus libros (aunque muchas veces exista solo uno), esperan con impaciencia los nuevos, rastrean declaraciones en entrevistas de diarios y programas de radio y televisión. Un fan que se precie de tal incluso trabaja gratis para los ídolos, crea "fanpages" y milita la causa donde sea necesario.

Por más que se quiera creer en otra cosa, un fan y un ídolo no estarán nunca en pie de igualdad. Los fans son miles, múltiples, millones en algunos casos; el ídolo siempre será único para el seguidor. Parafraseando a Charly García (del que fui fan en algún momento), los seguidores van en tren, amontonados y anónimos, y el ídolo viaja en avión.

Una característica inalterable de los fans, aquellos de nuestra adolescencia y los actuales (que no son solo adolescentes) es la solemnidad. Cualquier broma o ironía o crítica acerca del ídolo en cuestión se vive como una ofensa personal por parte del fan. Décadas atrás, burlarse de un ídolo musical, literario, deportivo, religioso o político era ganarse la enemistad de un compañero de estudios, sino para siempre, al menos mientras le durara la devoción. Como teníamos un talante bromista, mi gran amiga del secundario y yo hacíamos un esfuerzo en ese sentido.

Cuando se nos había dado por imitar los gestos, las frases hechas y actitudes de un ídolo de la canción romántica de nuestros compañeros, los dos estuvimos a punto de ser condenados al ostracismo por los fans de uniforme escolar. Apenas éramos una minoría con deseos de divertirnos. Las letras de aquel cantante, aunque no su manera de vestir (a la que habíamos caracterizado de "amatambrada"), se parecen bastante a algunos de los poemas de los nuevos poetas adolescentes que, por algún motivo que ignoro, son en su mayoría de origen español. ¿Cuán grande es la confianza de las editoriales españolas en el gusto poético más allá del Atlántico?

Leo un poema en la página web de un Rimbaud ibérico: "amiga de este cuerpo/ me caminas/ como la noche/ y la noche/ me despierta en llamas". Después una líneas de otro joven poeta de la Madre Patria: "Mueres entre mi beso/ perezco yo en tu aire/ ¡si las lágrimas nos quedasen, regaríamos los campos!". La intensidad erótica es otro atributo que el buen ídolo sabe cultivar.

Camino unas cuadras hasta la estación del subte A para volver a casa y, de pasada, entro en la librería de usados que (de casualidad) queda cerca de la avenida Rivadavia. Saludo al amigo librero y voy directo hasta la mesa de libros coronada por un cartel que anuncia: "50 pesos". Entre los títulos de la editorial Sopena (con el texto a dos columnas) y las novelas policiales vestidas de negro por un diseñador astuto, hay un ejemplar que en la tapa tiene la imagen de una obra de Ana Tarsia. El libro es de Elizabeth Azcona Cranwell, autora de poemas y de cuentos, que falleció en los primeros años de este siglo. Publicado en 1977, la última página informa que la tirada de El reino intermitente fue de mil ejemplares. Abro el libro en una página cualquiera y leo como si fuera un oráculo la primera línea de un poema de tres versos: "De lo real, elige lo que menos te ampare". Acto seguido, busco un billete de 50 en los bolsillos. Voy a tener suerte al final de la tarde.

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