La paja en el ojo ajeno: un manifiesto contra los que leen

Nicolás Artusi
Nicolás Artusi PARA LA NACION
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5 de agosto de 2018  

Sea completamente sincero: ¿alguna vez pretendió estar familiarizado con un libro que ni siquiera abrió? Vamos, queda entre nosotros. "¿Se encontró participando en conversaciones sobre el capitán Ahab, Ofelia o Leopold Bloom sin haber leído realmente Moby Dick, Hamlet o Ulises?", pregunta la crítica cultural Mikita Brottman, y la respuesta no debería avergonzarlo: todos, aun los que amamos los libros y hemos leído mucho, nos jactamos de conocer aquellos que no leímos. Es que la lectura tiene buena prensa aunque haya grandes lectores que son malas personas o la vida real pueda parecer miserable en comparación con una novela. El "vicio solitario" es el tema de Contra la lectura, un provocador ensayo que despertó mucho interés hace diez años, cuando se publicó en inglés, y que ahora aparece en castellano: dedicado a "los lectores que no creen que los libros sean intocables", es una reflexión lúcida y profunda sobre el placer de leer.

Nacida en Inglaterra en 1966, Brottman es profesora de Literatura y en 2008 publicó The Solitary Vice, traducido como Contra la lectura, un libro que fue elegido ensayo del año por Publisher's Weekly y que plantea dos argumentos. El primero es que la lectura en sí misma no es necesariamente una actividad virtuosa: qué y cómo se lee marcan la diferencia; el segundo es que leer demasiado es algo posible aunque sea menos frecuente que no leer nada de nada, una queja de la época. En 167 páginas plagadas de referencias a libros y autores, ella intenta demoler el altar sagrado de la lectura: no es cierto que los libros no puedan subrayarse, ni que haya que leer los clásicos si son aburridos, ni que sea un pecado abandonar un libro a la mitad, ni que los libros nos hagan amar la vida o convertirnos en mejores personas.

Yo confieso: nunca leí el Ulises (sí, Moby Dick y Hamlet), pero en un viaje a Dublín me jacté de reconocer algunas de las calles por las que Leopold Bloom había andado. A usted le pregunto: ¿de qué libro que no leyó se considera un experto? Ahí donde los pesimistas se lamentan de que se lea menos que antes yo les diría: al contrario, se lee más. Se leen haikus en Twitter, epígrafes en Instagram, soliloquios en Facebook. "En el Antiguo Egipto, los eruditos debieron lamentar sin duda que los escribas modernos ya no leían tantos pergaminos como sus antepasados", compara Brottman. Como otras actividades de la vida, la lectura no es sagrada, sino profana y el que necesita leer (por gusto, por pasión o por manía) puede hacerlo en cualquier lado.

Según Brottman, el "vicio solitario" era el eufemismo victoriano más conocido para la masturbación. La lectura es como la masturbación: solitaria, nocturna, autodidacta, adictiva, excitante e imaginativa. "Antes del siglo XX existía la creencia generalizada de que los efectos de la masturbación eran perjudiciales hasta tal punto que se consideraba un hábito muy peligroso", escribe Brottman: "Lo creamos o no, antiguamente también se consideraba que leer era un vicio peligroso". No es casual que los dictadores se deleiten con quemas de libros y clausuras de bibliotecas: por eso, si lo siente como una autosatisfacción personal, ¡lea, que se acaba el mundo!

LISTAMANÍA

LOS CINCO LIBROS MÁS DIFÍCILES DE LEER

  • Ulises, de James Joyce. Según Goodreads, la red social de lectura, la narración de un día en la vida de Leopold Bloom es el libro más difícil por su cantidad de simbolismos y paralelismos retóricos.
  • Finnegans Wake, de James Joyce. Un mamotreto de 640 páginas con una gran parte de lenguaje inventado y que se tardó diecisiete años en escribir. Solo para audaces.
  • El ruido y la furia, de William Faulkner. Publicado en 1929 (y con influencias del Ulises), narra la decadencia de una familia del sur de EE.UU. en un complejo entramado histórico.
  • Moby Dick, de Herman Melville. En casi 900 páginas, la obsesión del capitán Ahab por cazar la ballena blanca y una reflexión sobre la voluntad, la locura y la amistad.
  • El arco iris de gravedad, de Thomas Pynchon. Otro que escribe largo: más de mil páginas y un sinfín de personajes para contar la fabricación de un cohete alemán a fines de la Segunda Guerra.

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