Muchos jefes, pocos líderes

Sergio Sinay
Sergio Sinay PARA LA NACION
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5 de agosto de 2018  

Fuente: LA NACION - Crédito: Enriquez

Quizá pocas veces se haya hablado tanto de liderazgo como en estos tiempos, y haya habido tanta crisis en la materia. Acaso se deba a que el liderazgo no se aprende a través de fórmulas, recetas ni técnicas, sino que se gesta en el interior de las personas, como parte de su identidad. El liderazgo se crea a partir de los propios recursos intelectuales y emocionales.

Con frecuencia, y a raíz de diferentes cuestiones, se cita la frase de Mahatma Gandhi que dice: "Tú debes ser el cambio que deseas ver en el mundo". Llevado al tema en cuestión, esto significa que la conducta y la acción resultan herramientas esenciales en un líder. Son ellas las que más inspiran a otros y las que mejor iluminan los caminos a seguir. El mismo Gandhi decía: "Cuida tus pensamientos porque serán palabras, cuida tus palabras porque serán acciones, cuida tus acciones porque serán costumbres, cuida tus costumbres porque serán carácter, y tu carácter será tu destino". Es importante recordarlo cuando abunda la confusión entre lo que es un líder y lo que es un jefe. El carácter, entendido como tal o como identidad, que cada uno exponga será la octava parte de un iceberg, la visible. Otras siete no se ven, y responden a la advertencia gandhiana. La diferencia entre jefes y líderes está emparentada con la que existe entre autoridad y autoritarismo. A quienes se destacan como líderes se les concede autoridad. Esta es producto directo del respeto que se ganan por sus conductas. En cambio, quienes solo se desempeñan como jefes, haciendo valer poder y mandatos, suelen imponerse por vías autoritarias. Así como autoridad y respeto marchan de la mano, también lo hacen el autoritarismo y el miedo. Pero unos y otros juegan en equipos distintos y a menudo obtienen resultados diferentes, aunque durante un tiempo breve los jefes autoritarios puedan pavonearse con triunfos fugaces.

Si bien mucho se habla hoy de trabajo en equipo, las prácticas y los resultados terminan por demostrar que, a la hora de la verdad, terminan por prevalecer las jefaturas por sobre los liderazgos. Ocurre en la política, en el deporte, en los negocios, en las organizaciones. Esto no solo impide el desarrollo de iniciativas que aporten diversidad y nuevas perspectivas, sino que contribuye a un soterrado (y a veces no tanto) malestar entre quienes antes que visiones inspiradoras reciben órdenes muchas veces perentorias. "La ineptitud emocional de los jefes consume tiempo, genera roces, desalienta la motivación y el compromiso, fomenta la hostilidad y la apatía", dice el divulgador científico Daniel Goleman en La práctica de la inteligencia emocional. Según él, "las competencias emocionales resultan especialmente importantes en el campo del liderazgo". Quien no las haya desarrollado difícilmente podrá demostrar empatía, compasión, comprensión. No tendrá capacidad de escucha. No sabrá convencer, se limitará a imponer.

En Mi filosofía del triunfo, el legendario basquetbolista Michael Jordan cuenta lo que aprendió sobre este tema. "Usted no será líder si solamente es el mejor jugador, el más inteligente de la clase o el más popular. Tampoco existe quien le otorgue ese título. Tiene que ganarse el respeto de quienes lo rodean predicando con el ejemplo. Debe ser consistente en su actividad, sin importar si hablamos de un entrenamiento de basquetbol, de una cita de negocios o de las relaciones con su familia".

Un líder no se hace con galones, con fuerza, con prepotencia, con marketing, con invocaciones al lugar jerárquico ni con manipulaciones psicopáticas. En su esencia, hay un profundo respeto hacia el otro, una visión trascendente, coherencia, vocación por la verdad y voluntad de sentido. Joyas preciosas en un mundo en el que escasean. Y que necesita líderes.

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