En honor a la brevedad: por qué hay inflación de palabras en los papers de economistas

Fuente: LA NACION
En las últimas cuatro décadas, la extensión de los estudios académicos creció un 200%, algo que está vinculado con una modificación del eje temático de los informes; un llamado a que los escritos sean más breves despertó un debate entre profesionales
Sebastián Campanario
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5 de agosto de 2018  

"Si tuviera más tiempo, hubiera escrito una carta más corta". La frase pertenece al matemático y filósofo francés Blaise Pascal, aunque con frecuencia se la mal atribuye a Mark Twain, Benjamin Franklin o Cicerón. Hace referencia a lo difícil que es a veces hacer honor a la brevedad en cualquier formato: es más trabajoso armar una charla estilo TED de ocho minutos que una presentación de media hora; o transmitir una idea compleja en una columna corta que hacerlo en un ensayo de varias páginas.

El mismo principio se verifica en los estudios académicos ( papers) de economía: en las últimas cuatro décadas, la extensión de los trabajos remitidos a los cinco principales journals de la profesión creció en promedio más de un 200% en tamaño. El dato surge de un trabajo que publicaron en 2014 los economistas David Card y Stefano Della Vigna, en el que analizaron nuevas políticas de límite de extensión para artículos que establecieron dos revistas especializadas, y que provocaron que muchos académicos mandaran sus textos a otras publicaciones que siguieron permitiendo papers largos. En una actualización a 2017, Della Vigna y Card comprobaron que la tendencia se había acentuado: el tamaño promedio de un aporte académico pasó de 16 páginas en 1970 a 50 páginas el año pasado.

Discusión vigente

Pero en los últimos días la discusión se reavivó porque el economista del MIT David Autor, uno de los principales estudiosos de los efectos de las nuevas tecnologías en el empleo, dijo públicamente que leer completo un estudio de 94 páginas sobre el salario mínimo equivalía a ser "aporreado hasta morir con una bate Nerf". La frase rebotó en blogs, como por ejemplo en el Marginal Revolution y en medios como The Wall Street Journal.

Autor -que estuvo en 2017 en la Argentina invitado por el Boletín Techint- tomó la posta en Twitter y siguió la discusión, que se extendió en el hashtag #ThePaperIsTooDamnedLong ("El estudio es malditamente largo"). "Yo también me declaro culpable de este pecado", tuiteó Autor, con humor.

Lo interesante es que la inflación de palabras que se disparó desde la década del 80 tiene que ver en parte con cambios estructurales en la producción de conocimiento en la economía (menos teoría y aportes puramente matemáticos, más investigaciones empíricas, más experimentos, más refinación a nivel de econometría) y también con malos incentivos en la selección de contenidos de los journals. Este último punto no es trivial: los profesores e investigadores de la ciencia de Adam Smith y Keynes se juegan su carrera en la cantidad y calidad de publicaciones y citas que logren.

Las primeras explicaciones en defensa de estas mayores extensiones tuvieron que ver con la necesidad de lograr mayor "robustez" en materia estadística, con más testeos que fortalezcan las conclusiones de una investigación. "Muchachos: papers más cortos no significan que sean menos robustos", respondió Autor. Para el profesor del MIT, todo este material puede ir a apéndices. En cambio él está preocupado por la "inflación core", el aumento de palabras en el cuerpo central del paper, que cada vez viene más explicado por citas a trabajos propios, "pagos a colegas" -citas que no vienen a cuento- y a un proceso cada vez más tortuoso de referís que, para justificar su rol, siempre sugieren "agregar" cosas y nunca quitar elementos en honor a una lectura más fluida. De ahí lo del "aporreo mortal con un bate Nerf", la marca de juguetes de goma para chicos.

Qué pasa en la Argentina

El movimiento temático verificado en las últimas cuatro décadas en estudios académicos de la profesión es un explicador central de este proceso inflacionario.

En las revistas especializadas, la cantidad de estudios teóricos (más cortos en promedio) caen en picada, mientras que los trabajos empíricos o experimentales, con "datos reales", están en pleno auge.

Lo mismo sucede con trabajos de frontera entre la economía y otras ciencias (como la economía del comportamiento, la neuroeconomía o la econofísica) que obligan a los académicos a invertir más espacio en supuestos y en explicaciones de temas en los que los economistas no son especialistas.

En la Argentina, los economistas Walter Cont, Mariana Marchionni y Alberto Porto relevaron años atrás "los temas económicos en las reuniones de la AAEP", la principal asociación del sector, que este año realizará sus jornadas anuales en la Universidad de La Plata del 14 al 16 de noviembre.

Los autores hallaron que a nivel local el cambio de agenda se dio paulatimanente en la década del 90. "En el capítulo del libro ya advertíamos que este fenómeno empezaba a notarse unos 25 años atrás, cuando comenzaron a perder terreno los temas macroeconómicos y a ganar espacio los trabajos de métodos cuantitativos, traccionados por los estudios econométricos (en buena medida, posibilitados por la disponibilidad de información y los desarrollos tecnológicos)", explica Cont a la nacion.

Aunque los autores no midieron específicamente la extensión promedio de los más de 100 trabajos que se presentan cada año, sí verificaron esta mutación de agenda que induce extensiones mayores.

Hace rato ya que la dinámica de formación de prestigio en la economía (la publicación de investigaciones en revistas de renombre y prestigio) viene siendo criticada por distintos motivos.

Dos años atrás, en un estudio publicado en el Journal of Economic Perspectives (que luego se convirtió en un libro corto), los académicos Joshua Ganz y George Sheperd se pusieron a indagar en rechazos sufridos e n journals de prestigio quienes lograron ser estrellas de la ciencia maldita. Y se encontraron con todo tipo de sorpresas.

Papers que hoy son clásicos de autores como Paul Samuelson, Paul Krugman, Franco Modigliani, Gary Becker, Robert Lucas o James Buchanan tuvieron un "no" como respuesta en varias publicaciones luego de ser enviados.

Para Gans y Shepherd, se trata de un esquema con muchos problemas de incentivos, con editores y referís aburridos, descuidados, que con frecuencia derivan este trabajo en alumnos de posgrado o doctorado "que creen que su misión pasa por hacer lo más miserable posible la vida de los autores".

Elegir... ¿al mejor?

A tal punto llega el descuido que un profesor de la Universidad de Estocolmo, Kimmo Ericksson, publicó tiempo atrás un paper muy divertido sobre "El efecto matemática sin sentido", para el cual consultó a 200 profesores y estudiantes avanzados sobre la calidad de dos estudios. En uno de ellos se incluían frases de otros trabajos, que no tenían nada que ver, y también ecuaciones sofisticadas sin ningún tipo de sentido. Los encuestados hicieron, de manera abrumadora, una mejor valoración de la investigación con falsas ecuaciones, porque parecía más robusta.

Su experimento tiene un antecedente famoso: en el año 1996, el físico y matemático Alan Sokal saltó a la celebridad cuando armó un trabajo deliberadamente opaco y no esencial y, para su sorpresa, terminó siendo publicado por un prestigioso journal de sociología ( Social Text).

Mientras tanto, a pesar de todas estas fallas detectadas en el sistema, para los economistas académicos sigue siendo central la chance de salir con letras de molde en una publicación bien considerada en la profesión.

¿Qué tan importante? Los economistas de la Universidad de Rotterdam, en los Países Bajos, Arthur Atterna, Werner Brouwer y Job Van Exel apelaron a una metodología muy usada en economía de la salud para determinar que los académicos de esta disciplina, a cambio de publicar en el American Economic Review, están dispuestos a "ceder", en promedio, medio dedo de su mano.

sebacampanario@gmail.com

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