Escenarios para Cristina después de los cuadernos

Eduardo Fidanza
Eduardo Fidanza PARA LA NACION
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4 de agosto de 2018  

A estas horas no se sabe qué curso tendrá en la Justicia la denuncia originada en la ejemplar investigación de los periodistas de la nacion, encabezados por Diego Cabot. Hasta ahora el juez ordenó allanamientos y la detención simultánea e inmediata de los sospechosos, entre los que se encuentran ex funcionarios, pero también importantes empresarios, lo que constituye una novedad en la Argentina, aproximando la escena al Lava Jato brasileño. La comparación con Brasil no concluye en la metodología del juez, sino que se extiende a la política y a las elecciones de 2019. La sombra de Lula, un exmandatario preso por corrupción que no obstante encabeza las preferencias para los comicios presidenciales brasileños de este año, se proyecta sobre Cristina Kirchner. Algunos pretenden que podría ocurrir aquí lo mismo que sucede en el país vecino.

Argumentos consistentes se han ofrecido, sin embargo, para distinguir la situación de estas dos figuras y la de sus naciones. Existen al menos cuatro diferencias. En primer lugar, la naturaleza del caso: Lula está doblemente sentenciado por un hecho acotado de dádivas; Cristina está sospechada de encabezar una vasta asociación ilícita que habría estafado al Estado por centenares de millones de dólares. Segundo, las justicias de la Argentina y Brasil exhiben una eficacia muy dispar ante la corrupción: mientras que en nuestro país los resultados son muy pobres, en el limítrofe se desarrolla un vasto, célebre e inédito proceso judicial contra la corrupción que ha llevado a la cárcel no solo a dirigentes políticos, sino también a funcionarios de distinto rango y a poderosos empresarios.

Las dos razones restantes que diferencian a Brasil y la Argentina no aluden a la esfera judicial, pero muestran la distancia entre ambas sociedades. Fueron señaladas por Andrés Malamud en una nota en esta página hace poco: el militarismo y la fuerza de movilización de las capas medias. Según el politólogo, el protagonismo de los uniformados se debe a que ellos tienen una valoración impensable para nosotros: se los considera garantes del orden antes que una amenaza autoritaria, en una sociedad con fuerte recelo entre las clases y alta criminalidad, donde la satisfacción con la democracia es apenas del 13%, según datos del Latinobarómetro. La mayor capacidad de movilización de la clase media completa el cuadro de diferencias: en Brasil el PT reconoció a los sectores bajos y canalizó sus demandas, pero su conciencia y organización dista de ser la que legó el peronismo en la Argentina. Ante esa falencia, las capas medias muestran mayor dinamismo.

Si estas razones fueran ciertas, Cristina quedaría desligada de Lula, librada a una suerte singular cuyo guion no está escrito. Ella provoca reacciones muy dispares entre los argentinos, que van desde la defensa tenaz hasta el más grande de los desprecios. Por lo demás, cumple con el perfil típico de los dirigentes peronistas: su popularidad aumenta a medida que se desciende en la escala socioeconómica. En promedio, posee una valoración demoscópica estable, de alrededor de un tercio de la población. Como se dice en la jerga de políticos y consultores: su "piso" y su "techo" son similares, lo que significa que si bien retiene una cantidad considerable de aprobación, y eventualmente de votos, no muestra capacidad para trascenderla.

A grandes trazos, el tercio de Cristina se compone de una base amplia de adherentes férreos que la apoyan por razones ideológicas y por reconocer su obra de gobierno. Este grupo cree que ella representa a las fuerzas productivas de la sociedad, a las que promovió durante su gestión y ahora defiende ante un "gobierno de los ricos". Además de eso, Cristina recoge a algunos desilusionados de Cambiemos, pero su ambulancia resulta poco atractiva e ineficaz porque ese contingente no quiere volver a sus brazos. Todavía aguarda respuestas de un gobierno que lo despechó con el ajuste.

Considerando estos antecedentes, pueden esbozarse tres escenarios para la expresidenta. El primero surge de la impotencia para aprovechar la crisis: a pesar de la erosión del oficialismo es difícil que logre la presidencia si se postulara, porque alzarse con los votos necesarios para alcanzarla no depende solo del malestar económico, sino de un vuelco improbable: que la votaran los que ya la sentenciaron, abandonándola en 2013. Esa torsión es aún menos factible después de los cuadernos, una obscenidad que ofende (y divierte) a la mayoría. Después del episodio pocos quieren una foto con ella.

Si no es posible disputar la presidencia, se le abre un segundo escenario: ir presa y victimizarse, con una diferencia clave respecto de Lula: estaría a la sombra, pero sin encabezar la carrera presidencial. El tercer escenario de Cristina depende del aún incierto peronismo racional: podría ser valorada en ese espacio si abdicara de su proyecto de poder, o segregada si insistiera en él. En síntesis, un futuro entre herbívoro, aislado y penitenciario, muy parecido a la decadencia.

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