El tiempo envejece deprisa

Víctor Hugo Ghitta
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5 de agosto de 2018  

Es el fulgor de las palabras lo que a veces mueve a escribir una historia, tan solo eso, la vaga evocación que producen en quien oye o lee, un hilo de oro que seguimos a tientas, encandilados por esa sonoridad y avanzando penosamente por esa penumbra un tanto ominosa. Es de mañana cuando tomo el volumen de cuentos de Antonio Tabucchi que en estos días ha llegado a mis manos. Recorro el índice con la alegría con que nos reencontramos con un amigo entrañable. No hace mucho tiempo he leído Sostiene Pereira, y la historia se ha quedado conmigo de un modo empecinado. El último de los cinco libros que conforman esta colección de formas breves lleva el título de El tiempo envejece deprisa. Leo las primeras líneas por simple curiosidad, solo les echo un vistazo antes de dedicarme a resolver algunas cuestiones domésticas. Anota Tabucchi: "Le pregunté sobre aquellos tiempos en que éramos aún tan jóvenes, ingenuos, entusiastas, tontos, inexpertos. Algo de eso ha quedado, excepto la juventud, respondió". Un fogonazo en medio de la noche cerrada, o el cuerpo cayendo desde un peñasco al mar embravecido.

El tiempo envejece deprisa, eso tenemos.

Me siento a escribir con esa frase titilando en mi interior. De pronto recuerdo lo que pudo haber sido el principio de una promisoria carrera en la dirección de cine: una película breve rodada de manera precaria cuando era estudiante de periodismo y había recién empezado a ver películas de cierta ambición artística, algunas de ellas con largas secuencias mudas que eran extenuantes para quienes no eran parte de la cofradía de espectadores cinéfilos. Recuerdo a puro capricho, con esa despreocupación (¿esa libertad?) que tanto suele reclamarnos el psicoanalista cuando pide que digamos lo primero que nos viene a la mente, no importa que parezca una tontería, casi es mejor que lo parezca porque en esos pensamientos en apariencia insignificantes hay algo precioso, pepitas de oro en el fondo de un mar viscoso.

La película era un modesto trabajo colectivo, cuatro ensayitos audiovisuales que tenían como asunto el tiempo, o quizás el paso del tiempo, lento y minucioso. No la guardo conmigo, y lo lamento: me gustaría mirarla, pero no porque tenga el menor valor, sino porque en ella quizá encontrase los rastros de ciertas preguntas que habrían de acompañarme el resto de mi vida.

Hasta ese momento yo no había manifestado ningún interés particular en la arquitectura. Quién sabe qué me decidió a recorrer la ciudad con una pequeña cámara al hombro. De modo impensado, sin haberlo meditado en exceso, tomé muestras de algunas fachadas de edificios muy viejos en los que el tiempo había dejado sus marcas. Tenía una fuerte predilección por las construcciones derruidas, los vestigios de una época que empezaba a ser remota, los restos de un naufragio. Pero sobre todo sentía fascinación por el detalles de los materiales.

Años después, en las salas de los museos, volví a sentir una atracción parecida cuando me aproximé a un cuadro para mirar minuciosamente la pincelada de un artista. En esa rara y nueva intimidad con la materia, me fascinó el descubrimiento del lenguaje secreto del trazo, que es más denso en los románticos y se vuelve más ligero en los maestros de la luz del impresionismo. Me asomé a la superposición de las capas de color, al movimiento secreto de la pincelada, a las distintas porosidades de la textura, al juego de luces y sombras. Es una extraña forma de la ceguera, porque el cuadro desaparece y, apenas retiramos el velo que encubre esos pequeños misterios, alumbra un mundo mínimo lleno de sentido y en el que se insinúa el trabajo físico del artista: en la pincelada vemos su mano, el movimiento del brazo y, si nos dejamos llevar por el encantamiento, sentimos casi su respiración.

Los edificios desaparecían de mi vista, del mismo modo en que se pierde el sentido de una novela cuando concentramos la mirada en la letra y en sus maravillosos enigmas o como se esfuma la persona a la que amamos cuando nos perdemos en el dibujo secreto de su piel. En cambio, como si se tratase del hechizo de un prestidigitador, aparecían en los muros antiguos infinidad de detalles, la imperfección de la materia, que es a la vez su belleza, toda una vida secreta que a mis ojos hasta entonces les había sido vedada.

Eran esas marcas del tiempo las que llevaban a mi espíritu una extraña alegría. Algunos lo llaman nostalgia.

PLAYLIST Mientras escribí este texto escuché: Horowitz, The Poet, Vladimir Horowitz; Avant-dernières pensées, Erik Satie, Alexandre Tharaud

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